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Patoruzú, un héroe sospechoso

La popular historieta, que se inició en la década del treinta, es un buen muestrario de los defectos nacionales

Domingo 10 de noviembre de 2002

¿Es nuestro fracaso mera responsabilidad de un conjunto extendido pero limitado de políticos corruptos e ineficientes o, por el contrario, es la proyección de ciertos defectos que contaminan a la gran mayoría de los argentinos? La rotunda pero tranquilizadora sentencia: "Que se vayan todos", apunta en la primera dirección: una purga de políticos tradicionales nos pondría otra vez en carrera. Pero si la verdadera explicación es la segunda, si el mal está enraizado y ramificado -como pareció insinuar el presidente Batlle-, la solución es menos sencilla. Un error en el diagnóstico podría condenarnos para siempre a ser una de esas entidades ínfimas de las que hablaron, no sin dolorosa impertinencia, Tietmeyer y Lula.

En los siglos VIII y IX, el Imperio Romano de Oriente se enfrascó en un debate religioso que se conoce como la querella iconoclasta. A juicio de quienes defendían las imágenes pintadas o talladas de Cristo, de su madre y de los santos, estas representaciones permitían poner al alcance del vulgo las verdades reveladas. Las reproducciones sobre tabla o en paneles de mosaico, expuestas en lugares públicos, en las iglesias y aun en domicilios particulares, ejercían una suerte de transferencia mediática, de modo que se fuera articulando un menú iconográfico al alcance de todos.

En las sociedades contemporáneas, el empobrecimiento simbólico-religioso se ha visto compensado por un cúmulo de imágenes populares que captan deseos y temores latentes en las masas, pero al mismo tiempo apuntan a moldear esas conciencias sociales, como una pedagogía paternalista y secreta. Los personajes de historieta, por su penetración masiva y subrepticia, constituyen sin duda iconos eficaces de nuestro tiempo. Ni hablar del influjo que operaban cuando aún no había llegado la televisión. "Se trata -sostiene Umberto Eco- de la identificación entre... una imagen y una suma de finalidad, ya consciente, ya inconsciente, de forma que se realice una unidad entre imágenes y aspiraciones." Imágenes que revelan y al mismo tiempo insuflan fuerza a ciertas aspiraciones colectivas.

Sospecho que hay motivaciones muy íntimas, que residen en los turbulentos traspatios de nuestro inconsciente, que llevaron a Patoruzú a ser un personaje arquetípico para varias generaciones de argentinos. Por lo pronto, voy a llamar la atención sobre dos matices muy evidentes. Uno: nace en 1930, con el primer golpe de Estado, al que festeja desde las páginas de La Razón, y se esfuma con el fin de siglo, es decir que abarca exactamente los setenta años de la decadencia argentina. Dos: es un estanciero millonario que deja sus campos en manos de adláteres más o menos chambones, como la Chacha o Ñancul, y se dedica a peripecias quijotescas y beneficencias, es decir que en él se resume, hacia atrás, toda la Argentina opulenta de Roca y Pellegrini (que produjo granos y cueros para exportar y acumuló capital) y, hacia delante, toda la Argentina dispendiosa y peronista, que se abocó a derrochar lo acumulado. Los argentinos tenían un claro proyecto: gastar todo lo que se había atesorado entre 1860 y 1930, y en los siguientes setenta años lo consumaron a la perfección. En esta búsqueda, Patoruzú encarnaba vicariamente esa glotonería atropellada. No por nada, en 1937, Mallea publicó Historia de una pasión argentina , obra premonitoria y agónica. Y hay por fin otro elemento que quizá sea lateral, pero no por ello menos relevante: Patoruzú se transformó en una producción industrial, y llegó en los años cincuenta y sesenta a vender trescientos mil ejemplares por semana, lo que obliga a inferir que se trata de un producto que, dirigido a lectores desprevenidos e inmaduros, adquirió la potencia de un ataque químico.

La ley y la discrecionalidad

En Maus, de Spiegelman, está sin duda la Alemania conflictuada de posguerra, que procesa interminablemente el fenómeno nazi. En Asterix y en Tintín está la Francia un poco pagada de sí misma y reaccionaria, que resiste en el elixir de sus tradiciones culturales. En Milo Manara está todo el erotismo de los italianos. En Dragon Ball, el espíritu combativo de los japoneses que, ya sea en Pearl Harbor o saliendo con sus portafolios a vender por el mundo, liberan su agresividad competitiva. En Superman y en Batman, qué duda cabe, anidan los rasgos esenciales del imperio.

Pero, al fin y al cabo, ¿no compartían Batman y Patoruzú las condiciones de superhéroes con grandes poderes físicos y de millonarios excéntricos que no trabajaban? Efectivamente, pero había también cruciales diferencias. Dejemos de lado que Patoruzú no necesitaba de disfraces y era físicamente poco atractivo, y centrémonos en las diversidades que desempeñan un papel culminante en la relación imagen-aspiración de la que habla Eco. Que estuviera flanqueado por un tirifilo completamente inmoral y chanta como Isidoro no es trivial. Que fuera chauvinista, tampoco. Ya formulamos una advertencia sobre su incontinencia despilfarradora. Pero hay un hecho más central: el jusnaturalismo.

En lugar de combatir contra los que violaban la ley y el derecho de propiedad -como Batman, que era una suerte de parapolicial-, luchaba contra el mal, lo que exige preguntarse qué es esta entidad llamada el mal. En el caso de la ley no existen mayores dudas, está escrita. El mal en cambio es una noción lábil, escurridiza, no hay un oráculo que se pueda ir a confrontar y que nos dé una respuesta. Por ende, el mal se definía por la escala de valores de Patoruzú (que a veces, pero sólo a veces, coincidía con la ley). Embestía contra un personaje porque les pagaba poco a sus obreros y, convencido de que auspiciaba el bien, lo obligaba a firmar escrituras bajo coacción con el fin de traspasar los bienes a los obreros que, según él, estaban siendo explotados. Esto, que parece inocente, transmite un concepto opuesto al de las democracias capitalistas. La ley podrá gustarnos o no, pero balancea las preferencias que surgen de la dinámica social. ¿Desde qué posición podía recriminar moralmente por el bajo salario, o por lo que fuera, cuando él tenía con Isidoro un nefasto play boy , un vividor, una relación neurótica de compinche por la cual le indultaba los pliegues más escandalosos? Pero la beneficencia misma que practicaba el indio es un concepto anticapitalista. Un estanciero debe quedarse en sus campos a cuidar su hacienda y trabajar con afán de lucro, para recrear el capital, generar trabajo y así pagar más impuestos -que finalmente irán al bienestar social-; no dejar la empresa a la deriva para dedicarse a tareas que atañen al Estado. Me dirán que el Estado no las cumple. Pues bien, ésta es nuestra tragedia: que cada cual no hace lo suyo, que el estanciero se vuelca a la acción social sin estar dotado de información sobre las prioridades y el Estado a ser empresario sin la necesaria vocación. No se trata de ensañarnos con Patoruzú, ni mucho menos con la caridad, sino de alertar sobre los efectos deletéreos de una metodología particularmente irracional.

El Batman atildado, que se junta con un personaje como Robin, medroso pero representativo del estándar del lector medio, y que es un soldado de la ley, es paradigmático del american way of life . Cuando Patoruzú se junta con un vago sin escrúpulos, cuando es un militante activo de sus preferencias éticas, aun contra la ley, es emblemático de estas siete décadas argentinas de irresponsabilidad. Norma y ruptura, lo legislado y "lo justo", civilización y barbarie, se entremezclaron y canibalizaron continuamente. ¿Qué son si no los golpes de Estado o los constantes atropellos al derecho de propiedad, practicados siempre en nombre de "la justicia" o "el bien común"?

Ser aventureros como Isidoro, Avivato, Falluteli, Cureta o el Dr. Piccafeces, o jusnaturalistas como Patoruzú, que es otra forma aún más inquietante de ser aventureros, es nuestra desgracia. Cada político que emerge a la superficie no es más que la representación platónica, la proyección, de los millones de Isidoros y Patoruzús que subyacen en el ancho anonimato. La dificultad en reconocer estas debilidades y rectificarlas es lo que obtura, a mi juicio, nuestro despegue como país.

Por Marcelo Gioffré Para LA NACION

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