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Africa como un lugar común

Por Omar Evequoz Para LA NACION

Martes 17 de diciembre de 2002

Se ha vuelto lugar común en ciertos ámbitos de la opinión pública comparar la crisis por la que atraviesa la Argentina con el Africa.

Desde que la Argentina ocupa la primera posición en el ranking de deudas externas incobrables, desplazando así a Nigeria, y desde que muchos se dieron cuenta de que en el Chaco la gente pasa hambre al igual que en Uganda, las comparaciones no han dejado de multiplicarse. Parecería que se ha descubierto un nuevo concepto para explicar el deterioro: la "africanización" de la Argentina.

Ante un aluvión semejante de comparaciones, surge una pregunta: ¿a qué se refieren cuando comparan realidades no sólo diferentes, sino particularmente ignoradas? Más concretamente: ¿qué se conoce en la Argentina sobre Africa, y sobre qué elementos se basan estas analogías?

Por motivos de índole histórica y política, los vínculos entre la Argentina y los distintos países africanos se han ido transformando en escasos y esporádicos. Pese a que son muchos los que saben que hubo descendientes de esclavos traídos de Africa y que muchos de ellos tuvieron un rol protagónico en la historia del país, el significado del concepto Africa se encuentra hoy atrapado por una pesada carga ideológica. Incluso para muchos estudiosos contemporáneos, interesados en las migraciones, los cultos afro y hasta en los componentes africanos del tango, Africa tiene un sentido muy particular.

Este sentido, inculcado a partir de una escasa atención en las escuelas, se ha ido alimentando especialmente a partir de los medios masivos de comunicación. No se trata de un fenómeno exclusivo de la Argentina: en muchos países, Africa ocupa el lugar de la miseria, la pobreza y las endémicas guerras tribales. Difícilmente haya espacio entre los párrafos sensacionalistas para explicar la compleja genealogía de algunos problemas africanos. Por cierto, no son pocos los que han dedicado sus vidas a combatir las diferentes versiones del racismo, incluso aquellas disfrazadas de políticamente correctas. Lamentablemente, el éxito de esta lucha es parcial. La generalización, en el caso del discurso de algunos periodistas, es funcional a las formas más primitivas del evolucionismo decimonónico, un paradigma que aunque obsoleto y errado no deja de tener peso entre algunas corrientes de la psicología genética, en versiones de la historia comparada y en determinados ámbitos del servicio diplomático.

Para el caso de la Argentina, a esto se suman dos problemas: un pretendido mito que, en lo fundamental, sostiene que en la Argentina no hay discriminación racial hacia el negro, y un espeluznante desconocimiento de la compleja realidad africana. Estos dos problemas operan para construir lo que los cientistas sociales llaman "esencialismo". Así, habría una esencia africana que sirve de resumen sobre "cómo es el africano". Es sobre esta idea construida de Africa, probablemente, que muchos opinológos hablan.

Tomemos por ejemplo, el discurso recientemente publicado nada menos que en la primera plana del diario LA NACION, el cual -es necesario destacar- no es más que un ejemplo entre tantos otros. Lo sorprendente es el titular: "Entre la miseria africana y la indiferencia feudal". En la nota sobre los niveles de desnutrición infantil, el autor se refiere a la capital de la provincia de Tucumán como un ámbito sumido "bajo la sombra de un insoportable tendal de moscas", donde los empleados públicos recorren las calles "para abrir las bolsas de basura" y donde "los niños mueren de hambre" (como en Africa, cabría agregar). Falta la consabida correlación que para muchos une la miseria con el calor del trópico y la vagancia.

Lejos de querer discutir estas impresiones, pues nadie duda de que los periodistas suelen manejarse a partir de aquello que impresiona, como el empirismo clásico, nos interesa preguntar: ¿a qué Africa se refieren? ¿Al Marrakesh, al pujante y salvaje capitalismo de Johannesburgo? Tal vez quieran decir: "Una aldea rural en Mali", o "las afueras de una capital distrital en las islas de Cabo Verde". Pues para la geografía, todo ello entra bajo la categoría "Africa".

La generalización se realiza a partir de una imagen fosilizada de Africa, esencialmente miserable. Como si no existiese la diversidad, y como si la miseria en sí fuese un atributo de la africanidad. O como si en Africa no hubiese países que, como Mozambique, presentan índices de crecimiento que muchos economistas locales mirarían con asombro.

No hace falta comparar

Pero lo particularmente lamentable es la incapacidad de asumir la propia forma de la miseria. Si es miseria, la comparación se tiene que realizar, de ser posible, con Marte. La miseria en la Argentina es tan absurda como políticamente motivada, fruto de una historia de ocultamientos y desigualdades. Seguramente las complicidades internacionales hayan sido buenas aliadas de la cleptocracia vernácula, pero no se trata de buscar culpables fáciles o conspiraciones diabólicas.

Mas bien convendría empezar por comprender cómo nos construimos a nosotros mismos. Probablemente esta percepción de la propia sociedad también se asiente en aquel mecanismo esencial: el de una Argentina europea que parece haber descubierto en diciembre de 2001 las bases de su propia miseria. Definitivamente, la miseria argentina existe desde hace tiempo y bajo múltiples formas. Y no es necesario compararla con Africa para entender su historia.

El autor es cónsul de la República de Mozambique.

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