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Adivina, adivinador

Opinión

Por Alicia Dujovne Ortiz
Para LA NACION

PARIS
Todo sucedió como de costumbre. Las familias se pelearon más que durante todo el transcurso del año debido a la obligación de quererse como nunca durante las Fiestas; los niños recibieron regalos similares a los que reciben durante todo el año, pero aureolados por el resplandor navideño; miles de gansos alimentados a la fuerza con un embudo en la garganta para arruinarles el hígado produjeron la exquisita cirrosis llamada foie gras , y miles de pinitos fueron cortados o desplantados en su más tierna infancia para servir de adornos. Y, como después de cada Navidad, esa masacre de los inocentes disfrazada con luces terminó por mostrar su rostro verdadero: calles nevadas cubiertas de cadáveres de jóvenes pinos, ya despojados de sus brillantes atavíos, como un velorio del angelito que por fin desnudara su tristeza profunda. Dicho lo cual, deberé agregar que amo las fiestas de fin de año, exactamente igual que cualquiera, vale decir, temiéndolas por su cualidad de reveladoras de la soledad, deseándolas porque la esperanza de que esta vez sean distintas nunca se pierde, y dividida entre el deseo de derrochar cariño y esa sensación de vacío que sólo ellas provocan.

Hasta aquí, como decía, todo igual. Sin embargo, estas Fiestas parisinas (las primeras desde mi segunda partida del país donde la Navidad se festeja sudando a chorros), tuvieron una característica especial: estaba lo que podía hacerse y lo que no se podía. Como frente a toda prohibición o a todo peligro, no faltó, por supuesto, quien lo hiciera de todos modos, aunque consciente de su coraje, lo cual teñía su acción de un elemento nuevo. No es lo mismo hacer algo porque sí que hacerlo pese a todo. Me refiero al simple gesto de ir a celebrar Nochebuena y Año Nuevo en los Campos Elíseos descorchando el champagne junto con miles de alegres desconocidos. Este año la multitud se había pasado la voz: recorrer la ciudad a lo ancho y a lo largo, en todos los barrios, en los múltiples centros de los que se compone París, sí. Ir a los Campos, no.

El río de luz en el que cada año se convierte esa avenida desde la Place de la Concorde hasta el Arco de Triunfo estuvo allí, sin embargo. Bertrand Delano‘, el alcalde de París, no iba a dejar pasar la oportunidad de evidenciar su ánimo festivo. El último representante del socialismo en el poder tenía que mostrar su presencia, después del atentado que sufrió durante la Noche Blanca, la fiesta del 6 de octubre pasado, que él había organizado y que casi le cuesta la vida.

Esa noche de octubre, Delano‘ inauguró, entre muchas otras exposiciones artísticas de avanzada, una curiosa experiencia debida al escultor argentino Pablo García Reinoso. Por debajo de la cúpula de las Galeries Lafayette, nuestro compatriota había instalado un inmenso globo del tamaño de la cúpula. Había una cola de varias cuadras para entrar. Los visitantes subían la escalerita de a uno para meter la cabeza por un espacio estrecho y espiar hacia adentro. Al salir, todos tenían un aire desconcertado, como de preguntarse si habrían entendido, o si estarían personalmente incluidos en esa tomadura de pelo general. En el interior del globo no había nada.

Vida vacua y absurda

Después de la inauguración del gran vacío, Delano‘ abrió las puertas de la Mairie, el magnífico palacio del siglo XVII junto al Sena. Por primera vez en la historia (o al menos queda lindo decirlo así), los salones brillantemente iluminados recibieron sin la menor discriminación a una exaltada multitud. Demasiado exaltada. No quiero pasar por bruja, pero la muchedumbre me aterró. Mientras otro artista argentino, Alberto Newman, tocaba el piano en uno de los salones dorados, un muchacho árabe se abalanzó a apuñalar al sonriente Delano‘. Cuando lo interrogaron, el agresor declaró que él era musulmán y que su religión no toleraba la homosexualidad de la que el alcalde de París jamás ha hecho un misterio.

De modo que Delano‘ no podía dejar los Campos Elíseos a oscuras para estas Fiestas. Cuantas más lamparitas blancas dibujaran una a una la línea de las ramas, más demostraría él que ninguna agresión fundamentalista (en realidad, el atacante era un desequilibrado al que esa noche le faltó la dosis de calmante) lograría apagarlo. Pero, como suele ocurrir, la iluminación a giorno logró el efecto inverso: bajo el intenso resplandor, la soledad, el vacío de la avenida donde todos los años corre tanto champagne y éste, tan poco, impresionaban más. Los Campos Elíseos se habían convertido en el dedo acusador que señalaba el itinerario del miedo: algo así como lo inverso de la estela de la estrella que a los Reyes Magos les anunció el Nacimiento. Una inmensa mayoría de parisienses (los turistas habían ido en alegre montón porque, como ellos están contentos, siempre piensan que no puede pasarles nada) había optado por la abstención, considerando que entre sus pronósticos siniestros, la bomba de medianoche en ese sitio exacto ganaba por varias cabezas. En segundo lugar venían las vidrieras de las citadas Galerías con sus muñecos animados, paseo infantil infaltable de cada Navidad. Y la Torre Eiffel, justo detrás, en esta jerarquía del mal virtual que entronizaba a Osama ben Laden en un poder real.

Adivina, adivinador: ¿cuándo y dónde tendrá lugar el próximo atentado? Pregunta raras veces formulada pero a la que su misma ausencia designa, así como la ausencia de gente designó el temor en los Campos Elíseos. No se trata de una ansiedad que impida vivir, porque la vida, imperiosa y cuyo único objetivo es el de proseguir su camino, enceguece a propósito. No impide, pues, vivir, pero está ahí como un trasfondo permanente que alude a una novedosa fragilidad dentro del mundo rico. Europa siempre ha temido la guerra a partir de la de 1914-1918. Pero la guerra queda lejos, aunque los que marchan al frente sean los propios hijos, Este miedo, en cambio, es cercano, depositado en lugares por los que uno normalmente pasa. Un miedo que ya en sí mismo representa el triunfo del fundamentalismo, al que el mundo occidental intenta penetrar a través de la incógnita suscitada por el aborrecimiento que él le tiene.

"¿Cuándo y dónde tendrá lugar el próximo atentado?" resulta así el interrogante que conlleva preguntas esenciales sobre "ellos" y sobre "nosotros". El sitio donde nos ataquen simboliza el modo en que "ellos" nos ven, lo que, en cierta manera, es lo que somos. El odio tiene una percepción tanto o más aguda que la del amor: el que me odia me conoce. Así, por ejemplo, los palestinos conocen a los israelíes cuando dicen que éstos aman la vida y que eso terminará por volverlos vulnerables frente a su propia exaltación del martirio y la muerte. El desprecio de un Ben Laden hacia nuestras costumbres "impuras" aparece en la elección del atentado: el centro mismo del dinero mundial, o una discoteca lujosa. A partir de allí sabemos lo que el fanático musulmán piensa a nuestro respecto. No descorchar el champagne en los Campos Elíseos significa haber interiorizado su mirada, y nuestro miedo tiene que ver con sabernos mirados.

Confieso que yo también me sentí tonta cuando saqué la cabeza del mirador del globo de García Reinoso. Mi cara debe de haber reflejado el mismo desconcierto que la de todos. ¿Por qué no había nada por adentro? ¿Por qué crear la expectativa de lo que sólo contenía la vacuidad? El arte nos da respuestas que revelan el misterio sin descubrirlo del todo. Pero todo estaba en ese globo vacío que la multitud habituada a una cultura de imágenes pugnaba por ver. Todo, vale decir, también la posibilidad de la agresión cuyo germen aquella noche contenía. ¿Habrá imaginado el artista el paralelismo entre su globo representativo de nuestra vacua existencia y la noche de Año Nuevo con su arteria sin nadie y, en el medio de ambos, el terror de morir? Uno se siente tonto cuando prevé, y tonto cuando no lo ha previsto y sucede. En otras palabras, uno se siente tonto al comprender que "ellos" se burlan de "nosotros", de nuestra vida, admitámoslo, al menos tan absurda como la suya. ¿No será que ese ojo despiadado puede servirnos de espejo?

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