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La caída del voto bronca: elecciones 2003

Las últimas encuestas y la opinión de analistas coinciden en indicar que en la primera vuelta de los próximos comicios presidenciales los votos en blanco y anulados descenderán a sus niveles históricos revirtiendo la tendencia de las elecciones pasadas

Domingo 16 de febrero de 2003

En la capa subcutánea de la política -jefes de campaña, consultores, encuestadores, operadores, proveedores de servicios proselitistas, gente, en fin, que se siente más en temporada que el dueño de un balneario- el pronóstico coincide: el voto bronca está en baja. Muchos creen que ya no será lo que fue. Y todos recuerdan que fue temerario.

El voto universal, secreto y obligatorio nació en el año del naufragio del Titanic, de modo que es nonagenario. Y la bronca, según el diccionario, una “manifestación colectiva y ruidosa de desagrado”, es por lo menos tan antigua como el poder. Pero el matrimonio voto-bronca sólo se consumó cuando una explosiva combinación de no concurrencia a votar con voto negativo (blancos, nulos e impugnados) rompió hábitos políticos, descerrajó a mansalva la formidable crisis de representatividad sobre el sistema electoral y preludió el derrumbe de un presidente que en su hora de gloria ni siquiera había necesitado de una segunda vuelta para encumbrarse.

En los comicios de hace apenas 16 meses, cada uno de los componentes del tríptico hostil -el no voto, el voto en blanco y los nulos o impugnados- resultó el más alto de los últimos 20 años.

No es que ahora se crea que la bronca se esfumó como si hubiera sido un arrebato evanescente. Hay una ley del comportamiento electoral que los estudiosos tienen incorporada a su disco rígido: en las presidenciales la rebeldía antisistema es menor que en las legislativas. Aumenta el deseo de ir a votar y baja el voto en blanco (siempre que ningún partido de masas, claro, lo propicie). En palabras de la politicóloga Delia Ferreyra Rubio, la cuestión es simple: “La gente quizá no tiene una percepción de cómo la puede afectar la conformación del Parlamento, pero sí percibe cómo la afecta el Presidente”.

Una versión más callejera del fenómeno la puede ofrecer Enrique Rodríguez, que como apoderado de la fórmula Rodríguez Saá-Posse está acostumbrado a leer encuestas y palpar ambientes. “El voto bronca se va a reducir a la mitad de lo que fue en 2001”. Rodríguez lo dice con el tono firme y grave que usa un cirujano en la salida del quirófano cuando les palmea la espalda a los familiares del paciente. La salud institucional, el futuro de la República, la democracia, siempre afligen a la capa subcutánea de la política. Aunque la mentalidad de quienes se dedican a faenas proselitistas se fije también -no es difícil de creer- en la aritmética: hay acaso tantos potenciales desertores del voto bronca como huérfanos de candidato propio.

“Lamentablemente no creo que esa gente tenga mucha simpatía por nosotros, porque la mayoría había sido antes votante de la Alianza”, dice Ana María Mosso, miembro del comando de campaña de Carlos Menem, donde también hay convicción de que el voto bronca va a disminuir en abril. “Si usted me apura y me pide un número le diría que el fenómeno se va a reducir a la mitad”, dice Mosso, sin que el cronista le hubiera mencionado la misma estimación hecha por la competencia. “La gente -interpreta esta ex diputada mendocina- tiene la sensación de que el no haber participado también nos llevó a este desastre del último año”.

Alrededor de Elisa Carrió se piensa parecido. Graciela Ocaña lo expresa así: “Gran parte se dio cuenta de que no ir a votar, el voto Clemente y todo eso había sido muy lindo, pero fue noticia de un día; al día siguiente se vio que asumían aquellos a quienes se había querido castigar”. Por eso y porque ahora se elige presidente, piensa Ocaña, el voto bronca “sin duda va a bajar”.

Rosendo Fraga, uno de los analistas más consultados del establishment , cree que ahora es más probable que el voto bronca baje no sólo porque viene una presidencial sino también por la oferta de figuras antagónicas. Sus mediciones marcan una paradoja sugestiva. Seis de cada diez personas le dicen que van a votar por alguno de los candidatos que se presentaron y cuatro de cada diez se enrolan en el pelotón de los que piensan votar en blanco, votar no saben por quién, anular el voto o no votar. “Si el 66 por ciento sigue apoyando que se vayan todos y el voto bronca potencial es sólo el 40 por ciento -razona Fraga-, uno de cada cuatro votantes está en una contradicción, ya que vota por alguno de los candidatos que se han presentado aunque simultáneamente reclama una renovación total de la política”. ¿Y entonces? La explicación viene por el lado de la teoría del mal menor, asunto familiar para multitudes de votantes expertos.

La segunda vuelta

“Alguien puede estar reclamando una renovación total de la política -sigue Fraga-, pero a lo mejor termina votando por Carrió para impedir que gane Menem, o a la inversa”. Un aporte más de este analista: si el voto positivo crece el 27 de abril, es probable que baje nuevamente en la segunda vuelta y si para entonces el voto positivo estuviera entre 60 y 65 por ciento, el presidente ganador sería elegido sólo por un tercio del padrón, lo cual podría llevar a que la oposición tildara al gobierno de legal pero no legítimo.

Imaginar la segunda vuelta, en realidad, es una tarea aún más ardua, porque de eso en la Argentina -pese a que el ballottage devino tan famoso como el Follies Bergère- nunca hubo. Claro, también cabría decir que todo simulacro sobre las presidenciales 2003 puede resultar un acertijo si se confirma que por primera vez en sus 58 años y a tres décadas de la muerte de su líder, el peronismo se presentará dividido.

Analía del Franco, de la consultora Analogías, no hace distinción entre primera y segunda vuelta, pero comulga con la idea general de que el voto bronca “se va a ir achicando a medida que avance la campaña y ya no será un boom como en 2001”. Cuenta que en sus mediciones de opinión pública el voto bronca “es muy sensible: cuando los candidatos se pelean, sube”. También cita la teoría del mal menor. “Pienso que va a haber menos voto enamorado y más voto de rechazo a otro candidato”.

La encuesta de Ipsos-Mora y Araujo publicada el domingo 26 del mes último por LA NACION indica que ese mes el nivel de indecisos, que en diciembre era del 14,3 por ciento, descendió al 8,1 por ciento y el de los que dicen que votarán en blanco, anularán su voto o no votarán es del 7,2 por ciento. Por cierto 7,2 es una marca relativamente baja. En junio último la misma empresa registraba para ese ítem 14,1 por ciento.

El tríptico del voto bronca, por cierto, está sujeto a la ambigüedad del verano más volátil que haya existido en materia de reglas de juego electorales. “Voto bronca es una categoría refugio”, opina el consultor Eduardo Lauzán. A mayor indefinición, también más voto bronca, lo cual explicaría el achicamiento registrado en enero por Ipsos-Mora y Araujo en coincidencia con una menor nubosidad para verles la cara a los candidatos.

Ausentismo

Quien hable con Enrique Zuleta Puceiro escuchará una descripción levemente distinta de lo más probable. “Va a haber un cambio cualitativo importante. El voto nulo va a bajar en forma notable respecto de 2001 y el voto en blanco, que hoy está alto, seguramente va a disminuir”. A Zuleta no le gusta seguir hablando de voto bronca. “Hoy no hay una rabia hacia el sistema; existe un proceso económico con expectativas de mejoría. Va a crecer, en cambio, la abstención activa”. En buen romance, eso significa que muchos partidarios de la feta de salame esta vez no irán a votar.

“De verificarse un alto abstencionismo -reflexiona Alejandro Tullio, director nacional electoral- pondría en crisis ya no a los partidos políticos sino a todas las instancias de representación social que reclamaron elecciones anticipadas”.

En rigor, anticipar elecciones es más propio de los sistemas parlamentarios donde se buscan mayorías para formar gobierno, pero la Argentina colapsada, ya se sabe, buscó cauces poco convencionales para muchos de sus problemas. Bien podría incluirse en la serie de cauces poco convencionales el mismísimo voto bronca, una apuesta mayor que el clásico voto en blanco previsto por las normas para desahogar a los votantes quejosos. El voto bronca estalló en una elección legislativa y determinó que millones de argentinos no eligieran a sus representantes.

El vértigo de la historia posterior soslayó el esfuerzo de decenas de exégetas puestos a descifrar “el mensaje de las urnas”, entre ellos, en pleno cenit de irritación colectiva, año 2001, el presidente Fernando de la Rúa, quien horas después del escrutinio, es decir, semanas antes de que él cayera, interpretó: “Los votos en blanco y anulados nos imponen hacer la reforma política”. Alusión a la reforma hasta hoy trunca.

La verdad es que, si es por interpretar, la dirigencia habría ganado tiempo observando lo que ya insinuaban las elecciones legislativas de 1997. ¡Hace seis años! El Partido Justicialista había sacado para diputados aproximadamente seis millones cien mil votos, la Alianza había debutado con seis millones cien mil votos y la suma del voto en blanco, el voto nulo y los no votantes daba, vaya casualidad, seis millones cien mil. Entonces no se habló demasiado del virtual triple empate porque un tercio del país pujaba para que el menemismo siguiera, otro tercio se esmeraba para que el menemismo se extinguiera y muy pocos reparaban que había un tercer tercio. Un tercio que combinaba múltiples lenguajes y decía muchas cosas juntas -cabía presumir- poco corteses.

En la época en que los votos y las botas se alternaban, el voto en blanco ya había evacuado al disconforme activo. Las eternas proscripciones -entre 1946 y 1973 casi no hubo elecciones libres- lo convirtieron para el peronismo en un lacerante instrumento de protesta, también una herramienta de deslegitimación del sistema. Como camuflaje del voto peronista, el voto en blanco llegó a ganar una elección, la de constituyentes de 1957, con 24,3 por ciento.

El voto nulo, en cambio, tradicionalmente fue bajo y por eso el 9,1 por ciento del 2001 fue el componente más estremecedor del voto bronca.

En cuanto al ausentismo, la media osciló, a partir de la segunda presidencia de Yrigoyen, entre el 15 y 20 por ciento, incluidos los dementes, presos, inundados, enfermos, viajeros, entre otras subcategorías implícitas de ausentes forzados, más la subcategoría de mayores de 70 años, incitados por la no obligatoriedad. Siempre se mezclaron en ese 15 o 20 por ciento algunos apáticos y rebeldes pasivos, pero aún hoy el Ministerio del Interior carece de estudios destinados a separar la paja del trigo. Cualesquiera fueran sus motivaciones, todos saben que por más que el voto sea obligatorio, por no votar el Estado argentino jamás persiguió a nadie ni se tomó el trabajo de multar a cientos de miles de infractores.

Pensar que hace dos años no se aparecieron en las mesas electorales en las que se las esperaban 6.777.624 almas (el 27,2 por ciento) sugiere algún desajuste, tanto como los cuatro millones que sí fueron pero, inclinados en favor del voto en blanco y el voto anulado, consiguieron un segundo puesto y ninguna banca.

A partir de 1983, la concurrencia a votar en presidenciales, siempre superior al 80 por ciento cae a un promedio de 76,7 por ciento para las elecciones intermedias, de acuerdo con datos del Centro de Estudios Nueva Mayoría. En 2001 la marca que asustó fue de aproximadamente 73 por ciento.

En todo caso, 10.743.470 personas no son un grupo para despreciar y menos si se los mira desde el comando de campaña de un candidato a presidente. No es la población de Suecia ni la de Austria ni la de la República Checa ni la de Cuba, todas ellas de ese orden: son los argentinos que en la última elección no votaron o pusieron un voto negativo y que a esta hora están pensando -o palpitando- qué harán dentro de diez domingos.

Por Pablo Mendelevich

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