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Cuerpos desmembrados

Arte

Alejada de los temas formales, la escultura remite a traumáticas historias autobiográficas

El panorama internacional de la escultura muestra un abanico generoso de tendencias. En un registro no exhaustivo de las opciones más destacadas se pueden señalar: la apropiación y la simulación (Jeff Koons, Haim Steinbach), el énfasis en lo psíquico (Louise Bourgeois, Robert Gober), la atención al cuerpo (Kiki Smith), el cuerpo posorgánico o poshumano (Charles Ray), el realismo "más verdadero que la naturaleza" (Katarina Fritsch), la nueva escultura británica (Tony Cragg), el Young British Art (Damien Hirst, los hermanos Chapman).

En este vasto repertorio de alternativas, una de las más sugestivas es la que apela al sujeto íntimo, a la realidad psicológica, a las posiciones existenciales. La "escultura psicobiográfica", línea que reúne a creadores de generaciones tan diversas como Gober y Bourgeois, se concentra en los afectos vividos por el propio artista y en sus derivaciones traumáticas (en griego "trauma" significa "herida").

Las esculturas e instalaciones de Robert Gober (Wallinford, Connecticut, 1954) están llenas de huellas del trauma: alusiones a su propia infancia, al "hogar feliz" y a la opresión sexual. Los mingitorios y los lavabos que expone en la década del ochenta hablan de sus experiencias tempranas en relación con la higiene y la socialización (el pasaje de lo sucio a lo limpio). Los objetos están realizados artesanalmente (madera, yeso y pintura) y en ningún caso son presentaciones de artefactos manufacturados (como el ready made). También las cunas y los parques para niños que realizó en la misma etapa remiten al sustrato psicológico y autobiográfico del artista.

Hacia fines de la misma década Gober comenzó a trabajar en unas esculturas realistas (modeladas en cera), como la famosa parte inferior de una pierna apoyada en el piso, surgiendo de un muro, vestida con pantalón, medias y zapatos auténticos. Entre el pantalón y la media se ve parte de la piel con vello de verdad. En ocasiones, las piernas, desnudas, están provistas de velas, como si fueran altares de extrañas ceremonias, o están llenas de "desagües" de plástico. Estas obras no sólo remiten a una cultura construida sobre la violencia y la exclusión a partir de la diferencia; aluden también a lo abyecto, ya que hacen emerger en el espectador el miedo a la destrucción y a la muerte.

Obsesiones

Louise Bourgeois (París, 1911), escultora formada en academias parisinas, luego de su casamiento con el historiador del arte norteamericano Robert Goldwater, en 1938, se radicó en Nueva York. Comenzó a exponer en 1945, pero recién hacia fines de los años ochenta fue reconocida como una de las más importantes y reveladoras artistas del siglo XX.

La obra de Bourgeois, según sus propias afirmaciones, está construida en torno de una especie de mito fundador: el adulterio de su padre, que introdujo a su amante, una joven institutriz inglesa, en la casa familiar. Esa atmósfera de mentiras, traiciones y reproches marcó para siempre a la escultora, que concibió su obra como una actividad terapéutica. Quería "liquidar el pasado", como afirmó alguna vez. Para ella se trataba de recrear los traumas infantiles y conjurar el temor; precisaba excavar en la memoria y en las propias obsesiones. Entre sus primeras obras psicobiográficas están los dibujos y las pinturas de la serie Femme-maison (Mujer-casa), que expuso en 1947. Con alguna influencia del surrealismo, desarrolló la curiosa iconografía de las casas encaramadas en lo alto de los cuerpos de mujer, ocupando el lugar de las cabezas.

Desde 1949 Bourgeois se consagró plenamente a la escultura, intensificando las componentes autobiográficas. En 1964 presentó, en una galería de Nueva York, un conjunto de obras de pequeño formato, de látex, de apariencia orgánica poco agradable, con sugestivas concavidades y convexidades que remiten al cuerpo humano. En los años setenta y principios de los ochenta trabajó en unas esculturas de cuerpos desmembrados, con reminiscencias de venus paleolíticas, en ocasiones con la ambigüedad de los cuerpos hermafroditas. Todo remitía a la fertilidad y lo voluptuoso.

La últimas décadas -cuando Bourgeois alcanzó notable reconocimiento internacional- fueron propicias para que creara grandes instalaciones, llenas de símbolos que se tornaron arquetipos, como la araña (figura de su madre, que era restauradora de tapices) y el cuerpo masculino fragmentado, que aludía a su padre. En el museo Guggenheim de Bilbao, no muy lejos del gigantesco Puppy de Jeff Koons, se encuentra instalada una araña de diez metros de altura, con larguísimas patas, construida por Bourgeois en bronce, acero y mármol (titulada "Mamá").

En la muestra individual de Madrid, en 2002, cuando había pasado los 90 años de edad, Bourgeois presentó una serie de cabezas realizadas en material blando (distintos tipos de telas y tejidos), colocadas sobre pedestales de acero. Una cabeza negra, fabricada con tejido grueso de suéter, de aspecto rugoso, representa a la muerte. Otra cabeza, "Regresión" (2001), hecha con trozos de telas claras, con remiendos y zurcidos, parece aludir a un pasado del que se sobrevive con inevitables "arreglos" o "reparaciones".

Desde la década del ochenta la escultura -en primer término la nueva escultura británica- supera su propia tradición formal para relacionarse con el mundo cotidiano, con la escena afectiva y con los antiguos recuerdos de la infancia. El interés por el contenido, el concepto y los símbolos reprimidos desplaza el predominio de la forma, del material y de la técnica. Gober y Bourgeois coincidieron con ese giro autobiográfico desde la evocación de lo real a través del cuerpo violado o del sujeto traumático. .

Por Jorge López Anaya Para LA NACION
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