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La visión de la Biblia sobre la paz

Opinión

Por Abraham Skorka
Para LA NACION

Todo tiempo es propicio para reflexionar acerca del concepto de paz, más aún cuando una nueva guerra se cierne sobre la humanidad. Desde los albores de las distintas civilizaciones el hombre acuñó el término de paz en los variados léxicos y, sin embargo, sólo durante relativamente pocos períodos de su historia supo el ser humano de un tiempo que pueda calificarse de pacífico.

La agresividad que lleva a la violencia destructiva del individuo para con su prójimo y a la de una nación contra otra fue tema preocupante de las mentes más brillantes que bregaron por el enaltecimiento de lo humano.

Cuando una institución muy prestigiosa de su tiempo le propuso a Einstein elegir una personalidad para mantener con ella un intercambio epistolar referente a un tema central e inquietante de su elección, el tema fue la agresividad humana, plasmada en la guerra, y el elegido fue Freud.

Al igual que en los múltiples aspectos de la existencia, también en éste resulta enriquecedor buscar en la Biblia, con el fin de encontrar sus mensajes e ideas al respecto.

La paz, desde el punto de vista bíblico, es un ideal difícil de alcanzar. Cuando Dios ilustra a Moisés acerca de cómo debe invocársele para que bendiga al pueblo, termina la formula diciendo: "Que ponga en ti la paz" (Números, 6:26). La culminación de los esfuerzos espirituales que el hombre de bien se empeña por alcanzar es la paz, y es tan complejo su logro que sólo mediante la bendición de Dios puede alcanzarse de algún modo.

De acuerdo con el segundo capítulo del libro del profeta Isaías y con el cuarto de Miqueas, cuando el hombre llegue a la verdadera paz serán los "tiempos postreros", el fin de su deambular histórico entre sus pasiones destructivas que lo atan a la miseria, por un lado, y sus potenciales creativos y espirituales, que saben elevarlo por encima de todas las otras criaturas, por el otro.

En dicha visión profética, todos los pueblos se dirigen a Sión para rendirle pleitesía al Dios bíblico, aquel cuya esencia es absolutamente espiritual y a quien se honra obrando con justicia y misericordia. Se busca Su presencia mediante el amor (Deuteronomio, 6:4). Dios se revelará premiando entonces a las naciones que habrán alcanzado la paz, pues "transformarán sus espadas en rejas de arado y sus lanzas en hoces, no alzará espada pueblo contra pueblo ni se adiestrarán más para la guerra".

De donde se deduce que mientras haya preparativos bélicos, mientras subsistan los prejuicios y la intolerancia de una nación contra otra, mientras no se haya hecho un real esfuerzo por cambiar sustancialmente los códigos de relación entre las gentes y entre los pueblos, sólo se puede hablar de un tiempo de no beligerancia, pero no de paz.

El otro como demonio

El punto crítico frente al cual se encuentra en estos momentos la humanidad es la resultante de su indiferencia ante un sinfín de injusticias y masacres que ininterrumpidamente se vienen cometiendo, muchas veces invocando sublimes argumentos, y siempre inspiradas en aquellas bajas pasiones que llevan al individuo en creerse más que otro y a ver en este otro un diabólico enemigo o una plaga que debe ser exterminada.

La paz verdadera es otra cosa.

Un muy significativo relato de los sabios del Talmud cuenta que Dios antes de crear al hombre les reveló sus planes a los ángeles, con el fin de escuchar su opinión al respecto. El ángel de la Piedad dijo: que sea creado el hombre, ya que sabe ser piadoso. El de la Verdad dijo: que no sea creado, ya que esta colmado de mentiras. El de la Justicia dijo: que sea creado, pues tiene la capacidad de ser justo. El de la Paz dijo: que no sea creado, pues está lleno de cizaña. Dios enterró entonces al ángel de la Verdad y creó al hombre. Ante el clamor de los demás ángeles, desenterró luego a la Verdad.

Se preguntaron rabinos que vivieron después de quienes compusieron el relato: ¿por qué Dios tuvo que enterrar a la Verdad? ¿Por qué no enterró a la Paz, que también se había opuesto a la creación del hombre? La respuesta es: porque la paz sin verdad no es paz.

En el capítulo 11 de Isaías también se avizora un tiempo de paz y armonía universal. El profeta lo describe diciendo que en aquel tiempo "morará el lobo con el cordero, y el leopardo con el cabrito yacerán, el becerro y el león y la bestia doméstica andarán juntos, y un niño los pastoreará, y el león, como el buey, comerá heno...

¿Cómo interpretar estos versículos? Si lo hacemos en forma literal significa que hay un componente agresivo en la constitución de la naturaleza, que incluye al hombre, y que sólo cuando sea sustancialmente trocado se alcanzará una realidad de paz. Tal como el león y el leopardo seguirán siendo depredadores, el hombre seguirá siendo destructivo. La otra posibilidad exegética es entender los versículos en forma totalmente metafórica, de donde se infiere que el hombre en su constitución biológica y espiritual presente es capaz de construir una realidad de paz.

Maimónides, el gran filósofo y codificador judío del siglo XII, sentenció sobre la base de fuentes talmúdicas que la interpretación metafórica es la que debe considerarse, pues en "los tiempos postreros" nada en la naturaleza habrá de cambiar. Sólo el hombre habrá alcanzado, mediante sus propios esfuerzos, un grado de espiritualidad superior.

Todos los esfuerzos presentes por la no beligerancia son meritorios. Salvar una sola vida, enseña el Talmud interpretando el relato bíblico de la creación, equivale a salvar una humanidad entera. Pero comprometerse con la paz implica mucho más.

De acuerdo con el citado capitulo 11 de Isaías, en la realidad ideal de paz descripta reinará un rey que obrará con justicia y rectitud en el pueblo de Israel, un ungido, el Mesías. Hace miles de años se espera la llegada del Mesías. ¿Qué es lo que lo retiene?

Martín Buber, al final de su ensayo "El judaísmo y los judíos" (1909), relata una anécdota que contiene un esbozo de respuesta a la pregunta formulada. Dice el filósofo: "Cuando era niño leí un viejo cuento judío que no pude entender. Decía no más que esto: fuera de los pórticos de Roma se halla sentado un mendigo leproso, esperando. El es el Mesías. Después de haberlo leído me acerqué a un anciano y le pregunté: ¿A quién está esperando el Mesías? El anciano me dio una respuesta que no comprendí en aquel momento sino sólo mucho tiempo después: ƒl te espera a ti".

Y Dios bendecirá a sus criaturas con la paz. © LA NACION

NO tiene que resultarnos incómodo ni debemos sentir temor de ser tildados de reiterativos cuando sostenemos, con total convicción, que es necesario iniciar una cruzada en favor de la recuperación de los valores de nuestra sociedad. Es inmensa la mayoría que percibe con acierto que el país vive una crisis general de valores en la familia, en la sociedad, en la política, en la cultura.

Hoy los valores se respetan cada vez menos. Se privilegia la audacia y no la inteligencia. Se desalienta el esfuerzo del trabajo al premiarse más el favor. Se prefiere la materia al espíritu, se posterga la educación y la cultura, siendo su espacio desplazado por la muchas veces deformante televisión. En realidad, sin valores la sociedad queda amenazada de extinción, la niñez queda expuesta, los jóvenes se desorientan, las familias se deshacen y la sociedad se vuelve corrupta.

En las últimas décadas las dirigencias económicas, políticas, sociales, gremiales, culturales, militares y hasta religiosas han sufrido –por acción u omisión– una subversión de los valores que siempre las distinguieron. Es como si el país hubiese perdido el norte, y con ello la serenidad y el criterio para juzgar.

Nos hemos deslizado a una situación en la que vidas, honras y prestigios son destruidos sin clemencia. La corrupción generalizada, carreras profesionales truncadas, vida familiar perturbada, enfrentamientos inútiles, desazón general y juventud desesperanzada son parte de la cosecha que estamos obteniendo por la pérdida, lenta pero constante, de los valores más elementales.

La ausencia de valores éticos y constructivos ha causado a los argentinos verdaderos estragos. Tanto es así que los saboteadores reales del progreso han sido aquellos funcionarios que llegaron al poder sin estar preparados o dispuestos a pagar el dichoso "costo político" que constituía la adopción de reformas significativas en el estilo de gobernar y en la legislación existente. No favorecieron el cese del clientelismo político ni la eficacia de la Justicia.

En otras palabras, aun a sabiendas de las fallas de la administración pública, no decidieron hacer los cambios necesarios para que sus gobiernos funcionasen como debieron haberlo hecho, ya que temían perder sus privilegios o ceder el poder a grupos más honestos y preparados. En el fondo, esta actitud representa el triunfo de la mediocridad y el ventajismo sobre el mérito y la justicia, dos valores esenciales para que prospere cualquier democracia.

¿Todo es igual?

Hoy se impone la necesidad de recuperar nuestros valores cívicos, culturales, éticos y morales, religiosos y sociales. Aunque haya cosas que cambian con el tiempo o encuentran su expresión de modos diversos, conforme a las circunstancias, los valores en sí mismos son eternos, y la preservación así fuera de uno solo propicia la conservación de los demás.

Por ello, cualquier acción, por mínima que parezca, que cada quien llega a efectuar constituirá un aporte efectivo en pos de esa recuperación. La práctica de la honestidad, del respeto por la palabra empeñada, de la solidaridad, de la cortesía y la cordialidad, de la vida en familia; el cuidado por cumplir las propias obligaciones religiosas, la lealtad, el respeto a la autoridad, el estricto acatamiento de la ley y tantos otros modos de actuar con rectitud deberían ser las prácticas comunes.

Y pueden serlo si todos nos proponemos, desde la posición que tengamos, tan sólo comenzar a intentarlo. Meditar sobre ello, reparar en los benéficos efectos que la recuperación de los valores tendría en el cumplimiento de las propias metas individuales y en la prosperidad tanto individual como colectiva, así como en sus efectos sobre la paz social, es hoy por hoy una necesidad si queremos construir un país mas grande, justo y solidario.

Mientras no resolvamos nuestra crisis de valores individual y nuestras acciones sean incongruentes seguiremos viviendo en un mundo donde "es lo mismo ser derecho que traidor, ignorante, sabio, chorro, generoso, estafador", en el que "todo es igual, nada es mejor, lo mismo un burro que un gran profesor". ¿O podemos cambiar?

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