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Más cerca de Argelia que de otro Vietnam

Por Roberto Russell Para LA NACION

Viernes 28 de marzo de 2003

La guerra iniciada por Estados Unidos contra Irak no admite explicaciones reduccionistas. La más difundida en estos días es que Washington sólo busca el petróleo iraquí. Varios factores se han combinado para instalarnos en la situación peligrosa e incierta que hoy enfrentamos.

Entre ellos destacan la abrumadora disparidad de poder entre Estados Unidos y otras potencias, el impacto del 11 de septiembre en el gobierno y la sociedad estadounidenses y el hecho de que la Casa Blanca esté ocupada por una singular e inquietante asociación de conservadores triunfalistas.

La disparidad de poder es una consecuencia directa del cambio que produjo en el sistema internacional la caída del imperio soviético. Por su parte, el 11 de septiembre puso un término temporario a las resistencias existentes en la sociedad estadounidense a aportar dinero y sangre propias en guerras externas.

Así, posibilitó liberar las contenidas ansias imperiales de los halcones que integran la administración Bush, a las que han sumado una sorprendente "determinación evangélica" para redimir y transformar a enemigos y adversarios. Nada menos que una reconfiguración del orden mundial empleando secuencialmente el poder militar y el de los valores y principios propios. Este es el punto de partida del diseño que han trazado para remodelar Medio Oriente, la primera zona del mundo en la que están aplicando su nueva doctrina.

Aunque no totalmente compartido por todos los miembros de la administración Bush, pero sí por el presidente, este plan se sustenta en la disposición a usar el poder sin precedente de Estados Unidos para prevenir ataques enemigos, cambiar regímenes hostiles y promover la reforma política gradual de los países árabes moderados. El modelo que los inspira es la democratización forzosa de Japón luego de la Segunda Guerra Mundial.

El proyecto puede parecer ilusorio e ingenuo. Puede ser visto también como un ropaje que oculta un voraz apetito político y económico. Asimismo, podría interpretarse como una voluntad genuina de extender la democracia en el mundo, tanto por conveniencia como por razones morales.

Una operación imperial

Por cierto, el propósito de esta misión merece un profundo debate. En cambio, el método elegido para alcanzarla no resiste mayor discusión. Más que como una acción orientada a modelar un nuevo mundo, la guerra contra Irak huele a una clásica operación imperial que va a contramano de la mejor historia de Occidente y de los avances logrados en la segunda mitad del siglo XX en materia de institucionalización del orden mundial.

Para llevarla a cabo se ha violado la legalidad internacional, asestado un fuerte golpe a la ONU y vulnerado principios y valores que constituyen el fundamento de la civilización occidental. Es, por lo tanto, un retroceso y no un avance hacia un orden más justo, democrático y seguro. Acaso sea también una embrionaria expresión de desmesura que podría derivar en sobreextensión imperial.

Irak no será un nuevo Vietnam para Estados Unidos, pero puede ser su Argelia globalizada. Lamentablemente para el mundo, la reacción árabe contra la ocupación militar estadounidense de Irak, a diferencia de la resistencia argelina contra Francia, no se limitará a las fronteras de ese país. El terrorismo que probablemente ayude a incubar contribuirá a agrandar el lado oscuro de la globalización.

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