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Placeres y penas de ser librero

Por María Esther Vázquez

Domingo 06 de abril de 2003

Alrededor de una mesa me encuentro con Esther Weissmann, a quien todo el mundo llama Chiche, la dueña de la librería en que nos reunimos, La Barca, en Scalabrini Ortiz; con Héctor Yánover, el cordobés-poeta de Norte, la librería de la avenida Las Heras, y con Fernando Pérez Morales, de la Boutique de San Isidro, en la calle Chacabuco. Weissmann y Pérez Morales llevan veinte años como libreros; Yánover, cincuenta. A los tres les pregunto qué público entra hoy en una librería. Yánover se apresura a contestar: "De cada tres personas que entran en la librería, una es hombre. Trabajo con el barrio; así que a lo largo del tiempo he atendido a las abuelas, a las hijas y a las nietas y si Dios me da licencia, atenderé a las hijas de las nietas". Esther Weissmann: la avenida Las Heras -estoy a veinte metros- funciona como un río en un pueblito. La gente que vive cruzando hacia a Santa Fe no viene. Sin embargo, como de este lado funcionan un supermercado y gran variedad de negocios, muchos cruzan y entonces entran en la librería porque es el camino obligado. Tengo todo tipo de gente y clientela fija, y desde que dejé el local de Cabello y me mudé a Scalabrini Ortiz recibo mucha gente de paso.

Fernando Pérez Morales: Mi librería, que también es de barrio, en el centro de San Isidro, depende de las mujeres, que en los últimos tiempos no sólo compran para ellas sino también para los hombres. Y el hecho de que no sea sólo librería sino, además, un espacio donde se dan cursos, charlas, presentaciones hace que haya un público diferente para cada cosa.

M. E. V.: En estos últimos veinte años, ¿ha cambiado el panorama de la librería?

Pérez Morales, Weissmann y Yánover
Pérez Morales, Weissmann y Yánover. Foto: Maxi Amena

E. W.: Hay mucho más trabajo administrativo; parte contable que no tiene nada que ver con los libros y que roba muchas horas.

H. Y.: Para los lectores, no cambió nada. Yo me manejo con lectores, con gente que lee en serio y muy pocos best sellers. El trabajo sí; ha ido cambiando por las crisis económicas que asuelan a la Argentina cada tanto. Me acuerdo de la devaluación conocida como "el Rodrigazo". Me llamaron a las nueve de la mañana de Sudamericana para decirme: "a partir de ahora nuestros libros valen un 100% más". Una hora después volvieron a insistir: "Desde ahora valen un 100% más". "Bueno -les dije- ya sé, me llamaron a las nueve." "No, no entendés: Ayer valía uno; hoy, a las nueve, dos, y ahora, cuatro."

F. P. M.: En estos veinte años el acceso a las computadoras ha cambiado básicamente la vida del librero. Antes él era el único referente; sabía si estaba el libro y dónde. Hoy, el stock te lo marca la computadora. Además, hay que tener un manejo administrativo férreo y saber de sistemas, si no el negocio se pincha, por más que tengas gran amor al oficio. Mi público se compone, por una parte, de lectores selectos; por otra de best sellers. Atiendo a los dos igual.

M. E. V.: ¿Tienen dificultades con las grandes cadenas de librerías de los shopings?

E. W.: Las editoriales le dan mucha más importancia (esto es una tendencia mundial) y por lo tanto les mandan enormes cantidades de libros y a las pequeñas librerías independientes, muy pocos. Por ejemplo, de un libro interesante me mandan tres ejemplares y se venden en seguida. A lo mejor ocurre que las grandes librerías carecen de personas que puedan señalar la importancia de ese libro; en consecuencia venden muy poco y quedan las pilas sobre las mesas. Entonces, el cliente llega a la pequeña librería de su barrio, donde siempre se surtió, y el libro se acabó; así se crea la imagen de que en las pequeñas librerías no se puede comprar. Yo he perdido una enorme cantidad de clientes por ese motivo. Y si pido reposición me dicen que no quedan porque todos los libros los han repartido en esas librerías. Pero suele ocurrir que tengo un libro en consignación y, de pronto, lo necesitan para esa otra librería, me llaman y me lo piden de vuelta.

F. P. M.: No le tengo miedo a las grandes librerías; le tengo miedo a que las editoriales no me den a mí lo que le pueden dar a los grupos de poder. Yo trato de estimular mi librería en las carencias de esos grupos: atención personalizada, saber el nombre del cliente, conocer sus gustos desde que es chico hasta que se casa y te trae a la mujer.

H. Y.: Una librería es un foco de civilización; atendida por alguien que tiene un compromiso con los libros, que lee y le gusta lo que hace, es importantísima para barrios y ciudades chicas del interior. Las otras son negocios y no tiene nada que ver una cosa con otra. Pero lo espantoso es -como dicen ustedes- cuando las editoriales comienzan a privilegiar sólo a las cadenas y desatienden a las librerías pequeñas, y eso está ocurriendo. De un tiraje de tres mil ejemplares, el 80 % va a las cadenas y el 20 al resto. Eso se relaciona con que ser editor es un trabajo difícil, no es de lo más redituable, y el hecho de que la Argentina haya ido perdiendo sus grupos editoriales independientes y todos sean extranjeros y grandes cadenas hace que, a quienes los administran, sólo les importa el número. El libro merece otra atención.

M. E. V.: El librero que podía aconsejar porque leía, ¿es una especie en extinción?

E. W.: Sí. En las grandes cadenas los empleados sólo saben manejar una computadora. Hoy un desconocido, si no tiene una gran promoción y si el librero no lo aconseja, aunque sea muy bueno, no se vende. Tiene que ganar un concurso o crear un escándalo.

H. Y.: En los últimos dos años han cerrado 200 librerías pequeñas de esa gente que amaba lo que hacía.

F. P. M.: Por otra parte, hay un grupo de grandes editoriales que se juntaron no para vender más libros o crear colecciones argentinas sino para apretar económicamente. A partir de la última crisis, cambiaron las condiciones de pago de un día para el otro. Y lo pudimos soportar quienes teníamos un mínimo resto.

H. Y.: El librero -como acaba de decir mi colega- tiene quince días para pagar el libro. (Y si no le pagás a uno, los demás te cierran la cuenta.) El contrasentido es que el autor sigue cobrando dos veces por año. Hay un evidente desprecio por el autor.

M. E. V.: Y no hablemos de los poetas.

H. Y.: Cuando un escritor nacional se presenta con un libro, lo rechazan inmediatamente.

F. P. M.: La excepción la conforman pequeñas editoriales de resistencia, como Beatriz Viterbo o Adriana Hidalgo o...

M. E. V.: O Victoria Ocampo, que acabamos de fundar con un concurso de cuentos. Si hoy, sabiendo todo esto, volvieran a empezar, ¿pondrían una librería?

Los tres al unísono: ¡Ah, sí!

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