Si usted es una persona con dificultades visuales, navegue el sitio desde aquí

Beethoven en Belgrano

Domingo 13 de abril de 2003

Música sinfónica vocal. Missa Solemnis, Op. 123, de Ludwig van Beethoven. Orquesta Sinfónica Nacional. Coro Polifónico Nacional, preparado por Carlos López Puccio. Cantantes solistas: Soledad de la Rosa (soprano), Alejandra Malvino (mezzosoprano), Gabriel Renaud (tenor) y Oscar Chiappapietra (bajo). Dirección y concertación: Pedro Ignacio Calderón. Auditorio de Belgrano. Nuestra opinión: bueno

Fue un acontecimiento de trascendencia haber podido escuchar nuevamente en una sala de conciertos de Buenos Aires, la Misa Solemne, Op. 123, de Ludwig van Beethoven que no se ofrecía desde hace más de quince años.

Para quien escribe este breve comentario se conservaba más nítidamente el recuerdo de aquella monumental versión dirigida con maestría por el gran maestro Karl Bšhm en el Teatro Colón, al frente de los cuerpos artísticos de la institución y las voces inolvidables de la soprano Christel Goltz, nuestra entrañable Ruzena Horakova, el tenor Anton Dermota y el bajo Kurt Bšhme.

Vista general del escenario con todos los protagonistas de la "Misa Solemne", de Ludwig van Beethoven
Vista general del escenario con todos los protagonistas de la "Misa Solemne", de Ludwig van Beethoven. Foto: Maxi Amena

Seguramente para el público de menor edad sean más válidas las referencia posteriores y la experiencia de apreciar la obra en vivo --ningún sistema de reproducción del sonido por más fiel que sea conlleva la sensación y el placer de escuchar a los intérpretes en el aquí y el ahora del presente- volverá a quedar como un hecho artístico significativo que, afortunadamente, ha de reiterarse en diferentes escenarios.

Una obra de tamaña complejidad requiere un trabajo de preparación muy intenso y prolongado, razón por la cual resulta lógico y razonable ofrecer varias funciones, no solamente para aprovechar el esfuerzo, sino también para favorecer y contribuir a una mayor difusión.

Una cumbre del autor

En la Misa Solemne, Beethoven plasma una composición vigorosa y por momentos esplendorosa, con la alternancia de un episodio musical que bien puede considerarse entre las cumbres de su creación, el Benedictus, de inspiración conmovedora, atmósfera musical transparente, etérea, donde el violín concertino -fue excelente el desempeño de Luis Roggero- borda una hermosa línea de melodías que se entrelazan con las voces del coro.

Asimismo, resulta válido que, cuando el coro proclama su fe en el Credo, o en el Sanctus, se dibujen los sentimientos religiosos del autor y se vislumbre, a través de un cosmos de sonidos, a un autor que formula su creencia en el espíritu del hombre y en la divinidad del proceso creador.

No es posible aquí profundizar un análisis de la composición, sólo recordar pensamientos de algunos eruditos en la materia, como por ejemplo que Beethoven mimetizó una interpretación libre del texto de la Iglesia con su éxtasis indomable, pero con un resultado de una aparente liturgia de significado universal.

Pedro Ignacio Calderón fue el responsable de una versión perfectamente encuadrada en el estilo del Beethoven de las postrimerías de su vida, tiempo también de haber estado creando su genio la Novena Sinfonía. El director, recientemente y con justicia reconocido como ciudadano ilustre, logró gracias a su autoridad intelectual y experiencia, un aceptable rendimiento de la orquesta y del coro, preparado con la sabiduría de Carlos López Puccio.

Sin embargo, Calderón no pudo evitar que los numerosos pasajes vibrantes y expansivos en la intensidad de volumen se tornaran agigantados y excesivos, con poca variedad de planos y matices, en tanto sí logró admirablemente bien regulados los momentos calmos con detalles camerísticos.

En relación a los solistas, dejando de lado la evidencia de que Beethoven no fue precisamente un entendido en el manejo de la voz humana, se advirtió un llamativo desnivel en las condiciones vocales de cada uno de ellos, siendo excelentes las actuaciones de las voces femeninas.

En primer termino cabe mencionar la sobriedad del canto de la mezzosoprano Alejandra Malvino, impecable en la aplicación de una sólida escuela de emisión, buena articulación y segura musicalidad.

Del mismo modo fue positivo el canto de la soprano Soledad de la Rosa, en una nueva demostración de la excelencia de sus condiciones vocales, entre la que se destaca su diáfano y bello timbre al que no le falta un color cautivante, en especial al abordar la zona alta del registro que, además, parece sumamente amplio.

El punto de mayor debilidad surgió de las intervenciones del tenor Gabriel Renaud al que, de todos modos, se le reconoce experiencia y muy buena predisposición para mantenerse en un plano de corrección y recato y de Oscar Schiapapietra, reaparición que provoca beneplácito porque se trata de un artista al que se tenía prematuramente ausente de la escena, pero que se enfrentó a la exigencia de una voz de bajo profundo que él no posee.

Pausa inoportuna

No fue acertado hacer un intervalo antes del Sanctus que cortó la concentración auditiva justamente en el momento previo a lo mejor de la composición, que por otra parte no estuvo anunciado en el programa de mano, y que tampoco mencionó la participación de la organista Adelma Gómez en una obra que agrega el color del gran instrumento en pasajes de profunda intensidad.

El público colmó el Auditorio de Belgrano y por fortuna, recibió el esfuerzo realizado con un sostenido aplauso, sin descartar que buena parte de él estuviera brindado al inmortal creador alemán.

Juan Carlos Montero

Te puede interesar