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El Vaticano por dentro

Revista

El Estado más pequeño del mundo es minúsculo en extensión, pero inmenso en influencia. Una región de algo menos de siete cuadras de lado en la que el Papa es rey

 
 

Un territorio de 0,44 km2 y una población de 1000 almas son cifras pueblerinas. Pero también, contra lo que indica toda lógica, pueden ser las dimensiones de un Estado, a condición de que ese Estado sea el más pequeño y peculiar del planeta. 

El tamaño de Ciudad del Vaticano -minúsculo en extensión e inmenso en influencia- es sólo la peculiaridad más visible de un territorio que se identifica con la figura del Papa y su misión religiosa, pero que también debe cumplir funciones de carne y hueso.

La superposición de lo espiritual y de lo temporal es la clave de su originalidad y para eso deben distinguirse dos términos: la Santa Sede es la dirección suprema de la Iglesia Católica (la curia, las congregaciones y el Papa, no entendido como persona física) y el Vaticano es el Estado, del cual la Santa Sede, en la figura del Sumo Pontífice, es el ente soberano. 

El Stato della Città del Vaticano (su nombre completo) existe, tal cual se lo conoce hoy, desde 1929. Hacía al menos un milenio que los papas se habían instalado en el monte Vaticano. Allí, en los años 64 o 67, en tiempo de Nerón y en el circo romano que existía en el lugar, había sido crucificado y enterrado el primero de ellos, San Pedro. Durante siglos el papado fue poderoso y afecto a las batallas. Pero en 1870, cuando Italia se unificó bajo la bandera del emperador Vittorio Emmanuelle II, un Saboya, perdió el control de los Estados Pontificios. Durante más de medio siglo quedó confinado, con un status ambiguo, dentro de la muralla leonina construida en el siglo IX para defenderse de los sarracenos y que aún hoy rodea al Vaticano. "La cuestión romana" -como se denominó el conflicto- fue zanjada durante el reinado de Pío XI, cuando se firmó el Tratado de Letrán, con el gobierno del fascista Benito Mussolini.

Las negociaciones diplomáticas fueron largas y sinuosas, pero le heredaron las primeras curiosidades físicas a este Estado peculiar. Por un lado, fue el propio Pío XI el que prefirió que la superficie del Vaticano no fuera superior (según se estima por cuestiones presupuestarias y de mantenimiento) y aceptó que 16 edificios -algunas iglesias históricas, algunos colegios, la residencia veraniega de Castelgandolfo- fueran considerados posesiones extraterritoriales, con un rango similar al de las embajadas. Dentro de las fronteras quedaron la magnífica Basílica de San Pedro, los museos y jardines vaticanos, el edificio de gobierno y la residencia papal, los edificios de la curia y otros comunes. La estrechez territorial da lugar a algunas contradicciones: la Plaza San Pedro, abrazada por la elipsis de columnas diseñada por Bernini, es parte del territorio vaticano, pero la seguridad en ella está a cargo de la policía italiana y no de la Guardia Suiza, las fuerzas vaticanas. También es el único Estado en el mundo que posee un edificio a caballo entre dos Estados: a la sala de audiencias pontificias se ingresa sólo desde el Vaticano, pero el grueso de la construcción está en suelo romano.

Ciudadanos vaticanos

Fuera de estas peculiaridades limítrofes, la vida del Estado vaticano está regida por una breve constitución que establece una monarquía electiva en la que sólo puede ser soberano un sacerdote católico. Elegido por sus pares cardenales, el Papa reúne las soberanías espiritual y temporal, y conserva la totalidad de los poderes Legislativo, Ejecutivo y Judicial, aunque en la práctica delega los atributos del poder en una secretaría de Estado y la curia cardenalicia.

El Vaticano es así la última monarquía absoluta de Occidente y esta característica tiene consecuencias directas sobre su vida cotidiana. No existen partidos políticos ni Parlamento. Fronteras adentro, todos los inmuebles pertenecen al Estado. La totalidad de los trabajadores -ya sean religiosos o laicos- son sus empleados, aunque la gran mayoría no vive en él. Y todas sus actividades económicas están perfectamente centralizadas. El financiamiento de este Estado también es singular: la primera fuente de dinero fue la indemnización que Italia le otorgó por el Pacto de Letrán (1750 millones de liras de la época), que fue distribuida en inversiones accionarias en bancos y empresas de todo el mundo. A ese dinero se le suman otros recursos, desde las donaciones hasta la industria de los souvenirs, que ayudan a mantener el Estado en funcionamiento y conservar las reservas estimadas en unos 11.000 millones de dólares.

Un Estado tan sui géneris sólo puede tener ciudadanos sui géneris, y obtener la ciudadanía vaticana no es tarea simple. Todos los que viven dentro de sus fronteras son ciudadanos del Estado y fuera de él los nuncios y los integrantes del cuerpo diplomático distribuido por el mundo. Pero nacer en el Vaticano no es condición suficiente. Por cierto, los partos no son comunes y son escasísimas las familias que habitan allí. Sólo algunos empleados civiles o algunos guardias instalados en pequeños departamentos. Pero en el caso de que alguno de ellos tuviera un hijo se le concederá la ciudadanía con una salvedad: sólo podrá usufructuarla hasta la mayoría de edad. Luego deberá optar por la ciudadanía de sus padres. La razón es simple: con sus dimensiones, el Vaticano no puede darse el lujo de crecer demográficamente.

La vida cotidiana

Enclavado en el corazón de Roma, podría sospecharse que su condición de Estado es una simple formalidad y que, en lo relativo a la vida cotidiana, su dependencia de Italia es absoluta. Pero el Vaticano no se limita a su estandarte blanco y amarillo o a la simple organización de la Iglesia Católica.

Aunque abroquelado alrededor de su soberano para que éste pueda cumplir con su misión, el Estado posee lo que muchos otros: tiene correo propio (y su consiguiente emisión de sellos), una emisora de radio (creada por el premio Nobel Guglielmo Marconi e instalada en una vieja torre de los jardines), su diario (L´Osservatore Romano), su propia TV (el Centro Televisivo Vaticano), un sistema telefónico autónomo y su propio banco (reformado tras el escándalo, en 1981, del Banco Ambrosiano). También es el único con cajeros bilingües, en italiano y en. latín. Todo dentro de su territorio.

Más allá del colorido de los millares de turistas que transitan la plaza y la Basílica, en el microestado trabaja una gran cantidad de personas (se calcula la cifra en 4000) que se entregan a sus plegarias o a labores más mundanas. No se trata sólo de religiosos de variada jerarquía, sino también de laicos. La telefónica, por ejemplo, tiene treinta empleados sin ninguna vinculación religiosa y la radio emplea a 200 periodistas de variado origen lingüístico. Como corresponde a un Estado, el trabajo está precisamente reglamentado. Existen claras políticas laborales en materia de ausencia por enfermedad o maternidad, un reglamento que fija 36 horas laborables por semana y treinta días de vacaciones. Como contraparte se les exige un estricto código de confidencialidad y tienen vedado hacer declaraciones sin el correspondiente permiso. Estas regulaciones no impiden a veces reclamos terrenales, como cuando en 1993 el Vaticano soportó la primera huelga de empleados en demanda de aumentos salariales.

Los oficios pintorescos también abundan. Los que cargan con una responsabilidad única suelen ser los conservadores, entregados a reparar y mantener en estado la ingente cantidad de obras de los Museos Vaticanos: tesoros que van desde piezas arqueológicas hasta la inigualable colección de obras renacentistas, consecuencia del mecenazgo de los diversos pontífices a través de los siglos. Lo mismo ocurre con la colección de manuscritos de los Archivos Secretos Vaticanos.

Entre los trabajos más tradicionales del territorio se encuentra el de los Sampietrini. Ataviados con sus mamelucos azules, son los encargados de mantener la limpieza de la Basílica de San Pedro y de sus altares y monumentos. Los Sampietrini son una institución y se entiende por qué: el trabajo requiere un saber que se ha transmitido de generación en generación desde que se reconstruyó el templo en los siglos XVI y XVII.

De todos los empleados, sin embargo, los más visibles son los integrantes de la Guardia Suiza. Según la leyenda (hoy considerada apócrifa), los uniformes renacentistas fueron diseñadas por Miguel Angel. Su complejo uniforme, sin contar los tradicionales cascos y el calzado, consta de 154 piezas separadas que, en conjunto, pesan módicos 3,5 kilogramos. La Guardia Suiza suele ser considerada el ejército permanente más pequeño del mundo y es el único que existe hoy en el Estado. Su servicio se remonta al siglo XVI y su fama a la defensa papal durante el saqueo de Roma en 1527.

Está compuesto por un centenar de efectivos y la mayoría habita cuarteles o viviendas dentro de la ciudad. Para revistar en la Guardia Suiza las condiciones son estrictas: ser originario de algún cantón suizo, católico, soltero en el momento de ingreso y prestar un juramento que obliga a dar la vida por el pontífice.

Aunque su aspecto induce a verlos como elementos decorativos, los miembros están rigurosamente entrenados. No sólo dominan el uso de instrumentos tradicionales como la espada o la alabarda. También son expertos en el uso de armas modernas y en artes marciales. Firmes y hieráticos, son el símbolo de un Estado que depende de Dios, pero no puede evitar, humano al fin de cuentas, tener los pies sobre la tierra.

  • Para saber más:

www.vaticano.va
www.radiovaticano.org
www.nationalgeographic.com

Juan Pablo II, según la mirada de su fotógrafo

Arturo Mari tuvo pasión por la fotografía desde niño, pero en marzo de 1956, cuando tenía 16 años, lo contraron en el Osservatore Romano como fotógrafo. Al día siguiente, le encargaron fotografiar al papa Pío XII. Trabajó con él durante tres años y luego con sus sucesores. En un documental de National Geographic que se emitirá en la Argentina el martes y el sábado próximos este hombre, que conoce mucho acerca de la intimidad del sumo pontífice Juan Pablo II, contará sus experiencias. Algunas de ellas se reproducen en esta entrevista.

-¿Quién fue el papa más fotogénico al que retrató?

-Sin ninguna duda fue Juan Pablo II. Pero es comprensible, cada pontífice debe ser visto en el contexto de su época: Pío XII fue el papa de los años de posguerra, un papa que nunca salió del Vaticano y al que nunca se vio. La época actual es la de las comunicaciones y por lo tanto Juan Pablo II es el Papa de la comunicación. Como creyente, le puedo decir que el Espíritu Santo lo eligió, porque era el hombre indicado para la época. Esta no es solamente mi opinión, es algo que se ha corroborado en sus veintitrés años de papado. Juan Pablo II le ha dado nueva vida y vigor al fervor religioso, las vocaciones han aumentado y, sobre todo, la importancia del papel político internacional del Papa ha crecido enormemente.

-¿El Papa alguna vez pide una foto?

-Lo último en la mente del Papa son las fotografías. Ni siquiera nota si estoy presente o no. Yo soy el que, con la experiencia de tantos años, sé cuándo se producirá una expresión o un gesto determinado. Es muy elocuente, incluso cuando está en silencio. Para darle un ejemplo, durante la visita a Tierra Santa, en la Gruta de la Natividad, una mirada suya fue suficiente para indicar a su séquito que quería que lo dejasen solo para meditar en paz. Me quedé un poco más que los demás para tomar un par de fotografías. Fue uno de esos momentos mágicos en los que el rostro del Papa expresó todo su carisma y su inmensa devoción.

-¿Estaba con el Papa cuando atentaron contra su vida?

-Estaba con él, como siempre; fue un momento terrible. ¿Quién hubiese dicho que algo así podría suceder? Cuando le dispararon, yo estaba a un metro y medio de él, vi y oí todo. No gritó, sólo murmuró: "Santa Madre, ayúdame".

-Desde un punto de vista estrictamente profesional, ¿qué implica ser el fotógrafo papal?

-Mi deber es elegir el momento perfecto para captar la imagen del Santo Padre. Y no es fácil. Tengo un privilegio enorme, tengo más oportunidades que cualquiera para captar momentos íntimos.

- ¿Alguna vez descansa el Papa?

-Para el Papa no existe lo que se llama descanso. Para él, rezar es descansar. Todavía trabaja al mismo ritmo frenético de hace veinte años. Soy veinte años menor que él y sin embargo, honestamente, hay veces que no puedo seguirle el tren. Yo puedo estar agotado, pero él sigue trabajando y viendo gente, siempre activo, siempre presente. En cuanto a su trabajo, para usar una metáfora, describiría su escritorio como el embudo por el que pasan todos los problemas del mundo. Y él encuentra tiempo para cada uno de esos problemas y una solución para todos. .

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