Si usted es una persona con dificultades visuales, navegue el sitio desde aquí
lanacion.com | Las noticias que importan y los temas que interesan

A los 62 años: graba, toca en el exterior y prepara su presentación en Cosquín

Jaime Torres, el del charango

Espectáculos

Así, de modo tan sencillo y humilde como su forma de ser, se llama su último disco, lanzado en un período de gran actividad

Por   | LA NACION

Jaime Torres, el del charango. Así lo nombraron, desde siempre, en los rancheríos del norte argentino y así le decían los técnicos londinenses en su ultimo recital en el Barbican Center, que se la pasaban pidiéndole vino y hojas de coca.

Rostro colla, rasguidos alegres de música criolla argentina. Por ellos conocen a ese hombrecito de un metro cincuenta, que porta el alma de la América india en ese pequeño instrumento de diez cuerdas, que en sus manos cobró una voz diferente.

"Yo no aprendí en ningún conservatorio. Los paisanos del campo, los hombres anónimos, me enseñaron todo lo que sé", reconoce el maestro del charango, que disimula sus 62 años jugando al fútbol, manteniéndose en actividad -será una de las atracciones principales de Cosquín- y sacando un disco con un repertorio renovado, tras cinco años sin editar nada, que llamó "Jaime Torres, el del charango".

El "charanguero", como le gusta definirse, es mucho más de lo que soñaba su padre, un ebanista boliviano que le transmitió el cariño por una tierra desconocida. "Mirá el amor que le tenía a esta tierra que una vez me contó que cuando fue a pelear en la guerra del Chaco, de pronto sintió una ráfaga de ametralladoras, se quedó helado, y lo único que pensó es que no iba a poder conocer este país", cuenta el músico norteño.

Sus padres se conocieron en La Paz (Bolivia). En la radio, Eduardo Torres y Pastora Moyano escuchaban las bondades de un país abierto a la inmigración y se terminaron afincando en Tucumán. Jaime nació en esa provincia, el 21 de septiembre de 1938, pero tres meses después la familia Torres llegó a Buenos Aires.

"Vivíamos en un conventillo pobre de 25 de Mayo y Viamonte. El Río de la Plata es lo primero que vi. Crecí entre calabreses que me habían cambiado el nombre por Raúl, porque decían que Jaime era nombre de judío. Mis papás balbuceaban entre ellos el quechua y vivían en medio del olor a picante de la comida".

Mauro Nuñez, un artista boliviano que pintaba, esculpía y tallaba, fue su primer maestro cuando tenía cinco años. "El fue uno de los que me enseñó los secretos del charango. Nuñez era el primero en componer cosas sobre y para el charango. Todos los chicos jóvenes se tendrían que fijar en él si quieren tener un panorama más amplio de este instrumento".

En ese momento, las inquietudes del pequeño Jaime Torres iban más allá. "Lo único que quería era que el charango sonara en cualquier parte, pero que tuviera una trascendencia mayor que acompañar carnavalitos en una banda folklórica", reconoce el músico.

Hoy por hoy, está en la búsqueda de una síntesis que amalgame todos esos sonidos con los que experimentó con el charango. "Queríamos lograr el sonido de esos conjuntitos bien criollos que se arman en el interior, en los que cada uno agarra un instrumento y puede hacer zambas, chacareras, carnavalitos y temas populares, como en los bailes", reconoce Torres.

Pero siempre tiene nuevas inquietudes. "La idea es demostrar todas las posibilidades del charango con la quena, con el sikus, con un acordeón o con un piano, con un estilo y otro. Hoy vas a cualquier parte y podés escuchar esa conjunción. Lo hermoso es que nadie sabe de dónde viene, pero algo tuve que ver con eso".

Don Eduardo Torres le construyó casi todos los charangos que sigue usando en la actualidad. "El y mi madre fueron los únicos que me apoyaron cuando decidí tocar el charango. En ese momento era inimaginable que alguien se pudiera dedicar a esto".

En tiempos impensables para que la cultura andina viajara en primera clase, Jaime Torres dio varias veces la vuelta al mundo, solo, en conjuntos, acompañando a la troupe de la célebre "Misa criolla", llegando a países remotos como Japón, la ex URSS o Indonesia, sorprendiendo con la pureza de esos ritmos andinos.

"Si hablás del indio y no lo traés a un escenario y no es el indio el que habla, ¿qué estamos diciendo? Por eso el otro día le decía a Tomás Lipán, que es un gran cantor y un gran tipo, que él haga lo que tiene que hacer. ¿Acaso Ariel Ramírez va a explicar lo que es la música de Purmamarca? Es él quien tiene que representar a su gente. Nadie más lo puede hacer."

Siempre incentivó el encuentro entre músicos, como cuando creó el Tantanakuy, en 1975, junto al poeta salteño Jaime Dávalos. Quizá la presencia del charanguista tomó demasiado protagonismo para algunos, y fue criticado. "La pretensión siempre fue que los pastores, los agricultores, los collas, se sintieran orgullosos de su cultura, de lo que tocaban y producían. ¿Sabés cuántos músicos aparecieron después o se animaron a tocar nuestra música?", pregunta Torres.

También fue resistido cuando tuvo que tocar en el Teatro Colón, en varias ocasiones. Allí estrenó una suite dirigida por Gerardo Gandini, en los años 90. "Eran los cerrados de siempre, que no podían ver un charango mezclado con la gente de la clásica. Lástima que eso no quedó grabado, porque ahora se deben de estar arrepintiendo de que el Kronos Cuartet grabe música popular. Lo que pasa es que los creadores siempre están adelantados un segundo al resto", dice.

Siempre se sintió más cómodo junto a su gente. "Me interesa la música del mundo y tocar en otros escenarios, pero cuando estoy en la montaña, la Puna o el Altiplano soy nada más que una sola oreja -explica el charanguista-. Sinceramente, en muchos casos salgo más conmovido de esos lugares que de los teatros."

Esos amigos del alma

"Recuerdo fiestas de charango en Sucre o Potosí donde me he embebido, embriagado con todo eso, con la música, la chicha y el pisco. Son momentos increíbles y sentís que la tierra está temblando", dice con ese tono susurrado de la Puna.

Lo mismo siente cuando comparte un vino con amigos. "El vino tomado solo no tiene gracia, porque en realidad es una excusa para juntarse con los que uno quiere. Por eso, extraño a Jaime Dávalos. Era un tipo de una bohemia increíble, que contenía la música, la buena literatura y la discusión. También me acuerdo del Negro Carella, con el que compartíamos muchas cosas: el gusto por el vino, el fútbol y el peronismo... pero al lamento de los ausentes, la alegría de los presentes", señala el instrumentista.

El músico no coincide con los prejuicios. Se sube al escenario con Bersuit Vergarabat o el Perro Santillán, le pone el charango a Divididos o puede compartir una sesión de folklore dance con DJ Sucker "Me encanta que un tipo como el Pelado Cordera, de otra generación, se enoje porque no pude estar en su último disco o que Zucker me llame por teléfono para ver si nos encontramos", cuenta el compositor.

En este último tiempo disfruta mucho de la mezcla con otros géneros y generaciones. "A uno no le van a cambiar el trote, pero se aprende mucho con otra gente. A quién le importa la discusión de los ortodoxos del folklore, si el rock es nacional o no. Lo lindo es que un tipo como Mollo descubra que puede cantar una zamba."

Jaime Torres, el del charango. Ese que apenas cierra los ojos y apoya el charango sobre su hombro descubre todo un mundo ancestral, el de los cerros coloridos, el de la soledad puneña de los pastores o el ritmo alegre de los carnavales y las sikureadas, el de las cholitas en el mercado. "Eso es lo que yo viví. Por eso, cuando veo a una cholita a la salida de un mercado les digo a mis hijos que no se olviden de que venimos de ahí. Y me duele cuando se discrimina a los hermanos bolivianos, cuando en realidad cada vez que ellos te extienden la mano no es para pedirte algo, sino para ofrecerte un producto de la tierra."

Todo ese orgullo y reivindicación de su cultura es lo que transmite el instrumentista. "El charango está para mucho más. Pero algo hicimos en todos estos años. Cuando yo me decidí por este querido instrumento no había referentes visibles, muy poco material recopilado y casi nada de arreglos. Hoy, por lo menos, están los registros, el trabajo de los escenarios... aunque me queda pendiente una bibliografía", reconoce.

No se considera un maestro, sino un iniciador, o el primero en sacar el charango del anonimato. "Todavía hoy me considero un charanguero , el resultado del saber popular. Así que no puedo ser un maestro -asegura-. Aprendo y seguiré aprendiendo de otros. Para mí no hay una academia del charango, ni en Japón, ni en Londres, ni en Buenos Aires, ni en Bolivia. Todo está en el campo, que conserva ese misterio ancestral y una magia hermosa." .

TEMAS DE HOYColoquio de IDEAEl brote de ébolaElecciones en BrasilEstado Islámico