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Homenaje a Ginastera

Domingo 25 de mayo de 2003

Miembros de la Orquesta Sinfónica Nacional con la dirección de Pedro Ignacio Calderón y el Cuarteto de Cuerdas Buenos Aires. Programa: Cuarteto de cuerdas Op. 20, N° 1 y Cantata "Bomarzo", Op. 32, para narrador, barítono y orquesta, de Alberto Ginastera. Dirección escénica: Eduardo Rodríguez Arguibel, Asistente cinematográfico: Jorge Zanada. Iluminación: Alfredo Morelli. Dirección de Arte: Sergio Massa. Narrador: Gustavo Garzón (actor). Solista vocal: Ricardo Yost (barítono). Organizado por al Fundación Kinor. Teatro Cervantes. Nuestra opinión: bueno

Resulta justo y natural que durante la actual temporada musical se le rinda homenaje a Alberto Ginastera, una de las grandes figuras de la música nacional, con motivo de cumplirse el vigésimo aniversario de su fallecimiento.

De ahí que debe considerarse como un hecho positivo que la Fundación Kinor incluyera en su temporada este homenaje, con el atractivo de ofrecer una de sus grandes obras para cuarteto de cuerdas y la cantata "Bomarzo", que no se escuchaba desde la primera audición en la Argentina -. La obra se había estrenado mundialmente en Washington, en 1964, con dirección de Walter Hendl, llevado a cabo por la Orquesta Sinfónica Nacional conducida por Maurice Le Roux, con la intervención del actor Luis Medina Castro, como relator, y el recordado cantante argentino Víctor de Narké, como solista vocal.

Gustavo Garzón y Ricardo Yost
Gustavo Garzón y Ricardo Yost. Foto: Fabián Marelli

Fue algo sorprendente que la sala del Cervantes no se viera colmada en esta oportunidad, teniendo en cuenta la significación del acontecimiento.Claro que como justificación se podría esgrimir que se trataba de un concierto en el que se escucharían dos obras de Ginastera, no precisamente encuadradas en su primer estilo de corte nacionalista objetivo y por lo tanto menos accesibles, como son todas sus obras posteriores, a la comprensión del público mayoritario.

Experiencia valiosa

Si bien la atracción recaía en la cantata ofrecida por primera vez con escenificación, en este caso dirigida por Eduardo Rodríguez Arguibel -con más razón porque en pocos días se representará en el Teatro Colón la ópera inspirada en la novela de Manuel Mujica Lainez-, escuchar el Cuarteto Op. 20, N° 1, en una muy buena versión del Cuarteto de Cuerdas Buenos Aires, resultó una experiencia valiosa porque ahí, como ocurre con las "Variaciones concertantes", se escucha una evolución del lenguaje musical que se dirige por el camino de la dodecafonía, método que se puso de moda en los compositores de ese momento, pero que en el caso de Ginastera no significó cortar con la creación de atmósferas de neto corte argentino.

Entonces escuchar el cuarteto a través de una versión bien preparada se transformó en un momento de indagación, clarificación y encuentro con los méritos de un creador de fuste que en esta obra impacta por su lenguaje de rica vitalidad y contundencia, plena de contrastantes ritmos y tensa emotividad, al modo de obras de Bela Bartok.

La ejecución a cargo del grupo conformado por Haydée Seibert-Francia y Cecilia Barraquero (violines), Marcela Magín (viola) y Edgardo Zollhofer (violoncello) fue impecable. Desde el "allegro violento ed agitato" inicial, pasando por el "vivacísimo", imprime una dinámica incisiva y una bien logrado carácter de suspenso a pesar de la gran velocidad del ritmo. El tercer tiempo "Calmo e poético", tiene forma de lied y permite el lucimiento de cada uno de los instrumentos en forma individual para concluir en una esfumatura. El "allegremente rustico" final con muchas cuerdas al aire, fue vertido con alto nivel de brillantez por parte del conjunto.

La cantata "Bomarzo", que fue representada en la segunda parte, cuenta episodios históricos relativos a la familia de Pier Francesco Orsini, duque de Bomarzo, al lugar de la aldea cercana a la Roma del siglo XVI. El texto de Manuel Mujica Lainez tuvo en el actor Gustavo Garzón y en el barítono Ricardo Yost a dos intérpretes de enorme solvencia profesional, en tanto que la tenue iluminación, las proyecciones en el fondo del escenario, contribuyeron a crear la atmósfera ideal para la comprensión de las seis partes en que se divide la obra.

La versión musical -Ginastera apela a una orquesta relativamente reducida, pero con un buen sector de percusión- fue dirigida con solvencia e indudable conocimiento del lenguaje por Pedro Ignacio Calderón, que afortunadamente encontró en el conjunto instrumental atentos colaboradores con los que pudo dar con las transparencias, las amalgamas de timbres y rugosidades que propone la orquestación que, dicho sea de paso, es una de las grandes virtudes del autor nacional en el manejo de los recursos sonoros.

Sólo un detalle accidental creó cierta zozobra, cuando el micrófono de Garzón produjo algunos ruidos y disminución del volumen de su propia voz que pudieron parecer un agregado de efecto escrito por Ginastera, pero que en realidad fue sólo un detalle molesto pasajero, pero suficiente para reforzar la opinión de que en el teatro de prosa y en las salas de conciertos y de ópera, los micrófonos son un arma de doble filo que en lo posible no deberían ser utilizados nunca.

Juan Carlos Montero

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