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"Vamos, que yo quiero salir al balcón"

Por Paola Juárez De la Redacción de LA NACION

Lunes 26 de mayo de 2003

Florencia Kirchner jugaba en el sillón presidencial. De golpe se abrió la puerta y entró su papá, el Presidente. Néstor Kirchner, con la banda arrugada, estaba eufórico. Había tomado juramento a sus ministros y comenzaba a vivir los primeros minutos de distensión en la intimidad del despacho presidencial, luego de un día agitado.

"¿Cómo estuve? ¿Les gustó el discurso? ¿Salió todo bien?", preguntaba el Presidente mientras repartía abrazos a ministros y a amigos. Quería conocer la opinión sobre el mensaje que había dado dos horas antes frente a la Asamblea Legislativa, en el Congreso. Su madre, María Ostoic, lo esperaba sonriente en el despacho. El se acercó y le dio un beso.

Cristina Kirchner, la primera dama, no se despegaba de su esposo. El vicepresidente, Daniel Scioli, y su esposa, Karina Rabolini, también saludaban a todos. Un mozo le alcanzó al Presidente, que no soltaba el bastón de mando, un vaso con agua mineral. Respiró hondo, bebió un trago y volvió a instalarse en su rostro la sonrisa.

LA NACION fue testigo de los primeros momentos del Presidente en la Casa Rosada y lo acompañó durante el saludo que dirigió desde el balcón, frente a la Plaza de Mayo. Kirchner estaba radiante, eufórico. Pero cuando salió al balcón y vio a la gente en la Plaza de Mayo se emocionó.

No le importaban la banda arrugada y su saco cruzado siempre abierto que, por estar mal acomodado, le dejaba por momentos una manga más larga que la otra. Se sentía el optimismo. El Presidente dijo varias veces: "Tenemos una gran responsabilidad".

Roberto Lavagna, ministro de Economía, miraba desde un costado la escena de los dos matrimonios felices. Iban llegando más ministros a un despacho casi lleno. En un sillón más grande, Eduardo Camaño (presidente de la Cámara de Diputados), José Luis Gioja (presidente provisional del Senado), Sergio Acevedo (titular de la SIDE) y Aníbal Fernández (ministro del Interior) conversaban distendidos sobre la asunción de Kirchner.

Al ministro de Defensa, José Pampuro, varios le hicieron la misma broma: "Y vos que pensabas que ibas a tener un ministerio tranquilo", le decían con relación al profundo cambio en las Fuerzas Armadas con el que comienza el gobierno kirchnerista.

En otro costado del despacho presidencial, el hijo del Presidente, Máximo (siempre con su novia, tomados de la mano), miraba sin decir nada la situación que estaba viviendo. Con absoluto bajo perfil siguió a su padre detrás del enjambre de custodios, ministros y colaboradores en el que quedó atrapado Kirchner cada vez que entró y salió de su despacho.

El comentario de todos era la ruptura del protocolo que hizo el Presidente antes de ingresar en la Casa Rosada, cuando saludó a la gente en la Plaza de Mayo y, por el caos generado, recibió un golpe en la frente y ni siquiera pudo cumplir con el ritual de entraba en la Casa Rosada con su esposa.

Subió las escaleras entre apretujones, la primera dama iba adelante, y cuando llegó por primera vez a su despacho tuvieron que curarle la herida. Llegó al Salón Blanco para tomar juramento a sus ministros con un apósito en la frente. Siempre sonriente y haciendo su típico gesto: los puños cerrados y los brazos en alto que usa al tiempo que dice "fuerza".

Emoción

La salida al balcón de la Casa Rosada no estaba prevista porque desde que se convirtió en presidente electo Kirchner nunca dijo si iba o no a utilizarlo. La decisión la tomó en el despacho, después de la jura de sus ministros y de un rato de festejo en la intimidad.

Estaba entre sus familiares y colaboradores cuando el Presidente dijo: "Vamos, quiero ir al balcón a saludar a la gente". En ese instante algunos lo miraron como preguntándose si era en serio que se asomaría. "No hay duda, vamos al balcón", dijo Kirchner. La primera dama caminaba despacio. "Estoy muy emocionado", dijo el Presidente a LA NACION.

Caminaba despacio, quería saludar a todo el mundo. Oscar Parrilli, amigo hace años y secretario general de la Presidencia, le decía: "Qué tranquilo que estás". Lavagna, con su actitud medida de siempre, pensó que ya se iban al Tedéum cuando un asesor de Kirchner afirmó: "Mire, Roberto, que vamos al balcón y una parte importante de ese balcón es suya".

Cuando se asomó con su esposa, Scioli y Karina Rabolini, se le llenaron los ojos de lágrimas; abrazó a su mujer y a su hija. A un costado, su mano derecha y jefe de Gabinete, Alberto Fernández, miraba la plaza impactado. "No puedo creer que estemos acá", dijo.

Alicia Kirchner, hermana del Presidente y ministra de Desarrollo Social, se quedó sin voz por la emoción. Julio de Vido saludaba a sus amigos de Santa Cruz, que lo vitoreaban.

"Esto me partió el corazón", dijo el Presidente. Disfrutó diez minutos a pura emoción custodiado siempre por Miguel Núñez, su vocero. No quería irse, pero le avisaron que había que ir al Tedéum. En la intimidad del balcón, ministros y colaboradores de confianza corearon con la gente: "Olé, olé, olé, Lupo, Lupo..." Kirchner estaba conmovido, igual que su esposa.

Otra vez hubo un caos y estalló un vidrio de una de las puertas que da al balcón. Kirchner seguía exultante. Volvió unos minutos al despacho, donde todavía no había podido probar el sillón que será suyo durante los próximos cuatro años y siete meses.

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