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Una enriquecedora experiencia musical

Miércoles 04 de junio de 2003

Concierto de la Orquesta Sinfónica Nacional. Director: Mario Benzecry. Solista: Raquel Boldorini. Programa: "Tango a Telemann", de Oscar Gullace, Concierto N° 3, en Do menor, para piano y orquesta, Op. 37, de Ludwig van Beethoven y Concierto para orquesta (1954), de Witold Lutoslawski. Organizado por la Secretaría de Cultura. Presidencia de la Nación. Auditorio de Belgrano. Nuestra opinión: muy bueno

En primer lugar se escuchó una simpática, agradable y sencilla composición bien armonizada de Oscar Gullace, denominada "Tango a Telemann", seguramente escrita con la idea de rendirle un homenaje al formidable compositor barroco. Sin embargo, no fue posible reconocer alguna connotación vinculante con Georg Philipp, representante del tardío barroco.

De inmediato se recibió la primera grata sorpresa de la noche, al escuchar una excelente versión del tercer concierto para piano y orquesta de Ludwig van Beethoven, acaso el más equilibrado de los conciertos escritos por el creador alemán, incluyendo aquel de su juventud reconstruido por Willy Hess en 1949 y que no forma parte del quinteto habitual en esta especialidad.

Benzecry saluda de la mano de Boldorini; detrás, la orquesta
Benzecry saluda de la mano de Boldorini; detrás, la orquesta. Foto: LA NACION / Maxie Amena

La introducción orquestal permitió apreciar que Mario Benzecry ofrecía una mirada ajustada a la más genuina tradición germana para encuadrar el lenguaje beethoveniano, a partir de una dinámica mesurada y de redonda densidad sonora.

Nobleza interpretativa

Cuando la distinguida pianista y pedagoga uruguaya Raquel Boldorini comenzó a dialogar con la orquesta, no quedó duda del encuentro de una perfecta coincidencia espiritual con el director así como el reconocimiento de aptitudes pianísticas de primer orden, a partir de un touch bien matizado, una articulación clara y precisa y una soltura propia de quien conoce a fondo la obra.

Toda la calidad poética de la composición fue presentada con nobleza y profundidad, en especial cuando se escuchó esa cumbre refinada y cálida que es el largo central, que la pianista tradujo con un fraseo verdaderamente cautivante, o cuando la orquesta y la pianista encararon la energía del rondó final, acertando en el dinamismo pintoresco y brillante de la danza alla zíngara causante, al concluir, de una cálida ovación por parte del numeroso público presente.

El segundo plato fuerte de la noche fue la ejecución del "Concierto para orquesta" (1945) del notable compositor polaco Witol Lutolslawski, acaso uno de los más importantes creadores de la música de su país y del siglo XX, después de la era de Karol Szymanowski, que comparte con un ramillete de significativos colegas integrado por Andzej Panufnik, Casimires Serocki, Stanislaw Skrowaczewski, este último eminente director de orquesta bien conocido en nuestro país, Wodzimierz Kotonski, Tadeus Baird, Henryk Gorecki y Krzyztof Penderecki.

Fue sorprendente que el programa de mano sólo exhibiera impreso un comentario sobre Oscar Gullace y el tango inicial, razón por la cual el público no se informó, aunque más no sea someramente, de las características del "Concierto para orquesta", ejemplo concreto del interés del autor por las texturas y la sonoridad en el terreno sinfónico.

Lenguaje fascinante

Es conocido que Lutoslawski estuvo envuelto en la corriente estética musical de la indeterminación, en la influencia del folklore y de muchas de las propuestas de Bela Bartók, y que su "Concierto para orquesta" es anterior a sus incursiones por el método dodecafónico, que abandonó pronto, como también de los procedimientos aleatorios.

Entonces la composición, subdividida en cuatro partes, es portadora de un lenguaje fascinante, riquísimo en sus matices, en la orquestación y en la enorme variedad de ritmos y efectos, para lo cual apela a la utilización de todos los recursos de la orquesta moderna, incluyendo las transparencias de una celesta en el escurridizo vivace del capricho nocturno y arioso, que también es en varios tramos poético y misterioso, en todo momento rico en el uso de las armonías más diversas.

La audición se constituyó en una experiencia enriquecedora. Se apreció una noble y profesional colaboración por parte de la orquesta, quedó claro que Mario Benzecry transitaba el desarrollo de la composición con absoluta convicción y conocimiento y que el público, indudablemente magnetizado por el lenguaje de Lutoslawski, prestaba llamativa receptividad y atención.

El impactante sinfonismo de la composición, la que se debería ubicar en un plano de igualdad con grandes obras de Prokofiev y Shostakovich culminó en el allegro giusto de inusitada intensidad. Bronces, maderas, cuerdas y un sector de percusión amplio y variado llegó a una de las más altas cimas posibles del sonido orquestal, pero todo fue ejecutado con criterio de buen equilibrio y hasta el límite justo para no transformarse en un ruido molesto.

Por el contrario, esta presentación de la Orquesta Sinfónica Nacional, fue una fiesta sonora que a nuestro juicio debería ser presentada en una nueva oportunidad. El cálido y prolongado aplauso a Benzecry y a los integrantes de la orquesta fue un detalle para tener en cuenta, porque una vez más se ha demostrado que existe un público interesado en conocer obras significativas, aun las que pertenecen a nuestro tiempo.

Juan Carlos Montero

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