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Ivan Rutkauskas: pequeño gran pianista

A los 13 años, es la nueva maravilla de la música argentina. En diálogo con la Revista, habla de sus sueños, cargados de candor e infinita frescura
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29 de junio de 2003  

Imagina que tiene que ser un tanto formal y por eso da la mano al periodista, pero ésta es blanda como un molusco; y todo, en él, es de una ternura demoledora. De su pasión favorita puede hablar con aplomo, pero el rubor le sube a la cara como accionado por un mecanismo fotoeléctrico cuando se le pregunta por cosas de la vida. Está justo en el tránsito entre los juguetes y el despertar de la pubertad. Sabe que todavía puede hacerse el niño cuando le conviene, pero ejerce una tímida ironía sobre su propia condición de ex infante cuando, ante cualquier pregunta que reclama una respuesta amplia, se limita a afirmar ti, como si el único sí que tuviera sentido fuera la tonalidad menor que organiza la sonata de Franz Liszt.

Se ríe con encantadora facilidad y muchas cosas, todavía, le parecen demasiado inmediatas como para tener que explicarlas. Entre ellas, su inusitado talento para tocar el piano, un don que viene puliendo, con la inestimable ayuda de su maestro Antonio De Raco, desde hace más de seis años, cuando sólo tenía 8 y un jurado de la Fundación Banco Mayo creyó en él para otorgarle una beca de perfeccionamiento que disparó lo que a esta altura ya es una carrera artística.

Los afortunados que el miércoles 4 de junio último asistieron en el teatro Gran Rex a uno de los habituales Conciertos del mediodía del Mozarteum Argentino presenciaron la confirmación de ese porvenir lujoso. Al borde de los 14 años, el talentoso Iván Rutkauskas confirmó con creces el crédito abierto en 1997 por aquel jurado, y también el apoyo que desde entonces le brindan fundaciones como El Sonido y el Tiempo y, sobre todo, el Mozarteum.

Iván nació en Temperley el 22 de julio de 1989, de abuelos lituanos -que le dieron el apellido- y bisabuelos españoles y suizo franceses, por la vía materna. Pero la música no le vino desde la remota Lituania ni desde el corazón ibérico ni desde la idílica Suiza. La encontraron sus padres, Roberto Rutkauskas (de 65 años) y Noemí Silva (de 46) en el noble ejercicio del canto. Y, de un modo involuntario, según afirma la madre, la hicieron circular en la familia como el aire elemental de un microclima espontáneo.

Una tarde en que el sol restaña amablemente los rigores del frío, en el departamento que Jeannette Arata de Erize tiene unos pisos más arriba de las oficinas del Mozarteum Argentino, Iván conversa con la Revista con la misma mezcla de frescura y pudoroso respeto con que es capaz de acometer la Sonata en si menor de Liszt o un concierto de Chopin. Allí, entre tesoros del arte de todo tiempo y lugar, acompañado atentamente por su madre y varias integrantes del Mozarteum, el pequeño gran pianista despliega su graciosa parquedad, hecha de timidez y, quizá, de la sorpresa de comprobar que su talento pueda ser tema de una entrevista.

Iván asegura que creció entre pentagramas y que comenzó a tocar el violín y el piano desde una edad en que su memoria se disuelve en los palotes. "El piano es casi como mi cama: me despierto, y él está ahí; me voy a acostar, y él sigue a mi lado -dice-. Antes tocaba el violín, también; pero, cuando tenía unos 6 años, elegí el piano; porque con el violín podía hacer una nota por vez, en cambio con el piano tenía armonías y un montón de otras posibilidades."

Que la música y el piano sean algo tan esencial en su vida puede ser un pequeño problema a la hora de intentar hacer que Iván reflexione sobre los misterios de una y otro. El dice que no piensa mucho en el sentido de la música ni en los desafíos que propone esa caja maravillosa hecha de cuerdas, martillos, teclas y pedales.

Y, a la hora de hablar de estilos o compositores favoritos, Iván responde con una suerte de carpe diem estético: "Por ahora, creo que las obras que voy estudiando con el maestro De Raco están bien. Además, a mí me pasa que, cuando toco una pieza, en ese momento me parece la mejor del mundo. Después empiezo a estudiar otra obra y me digo: No, esto es realmente lo mejor, no hay con qué darle . Me parece que cada compositor tiene lo suyo, y a su vez, le faltan cosas que están en la música de otros compositores".

Esa extraña y pasmosa naturalidad suele ser una aliada a la hora de enfrentar jurados, competir con otros intérpretes y tolerar la escucha, a veces insidiosa, de la audiencia. Es evidente que Iván no finge ni exagera cuando dice que el día en que obtuvo la beca de la Fundación Banco Mayo no tuvo nada de particular: "Yo ese día fui y toqué, creo que como en cualquier otro lado. Normal. No me parece que esas situaciones sean feas ni demasiado difíciles. Toqué como me había enseñado a tocar el maestro De Raco, sin pensar en otra cosa. Y, por suerte, creo que salió bien. Yo toco porque me gusta mucho hacerlo, y cada obra que aprendo es un placer nuevo".

Tal vez sea un error intentar que Iván reflexione y se comprometa ante palabras abstractas como música, vocación o trayectoria artística. Porque, para él, todas esas palabras se condensan felizmente en un nombre propio, el del notable pianista y maestro Antonio De Raco. Cuando se le menciona al Maestro , como él lo llama con un amor y un respeto que rozan la adoración, sus ojos claros se iluminan y su rostro redondo y lunar se abre en una sonrisa más franca que nunca.

Y si uno le pregunta por un modelo de pianista, será él quien no dude en mencionarlo: "El es el mejor. En todos los aspectos. Como músico es único, y también como persona es increíble. Me enseñó todo, todo lo que sé hasta ahora".

Noemí Silva, que escucha la entrevista con la inocultable inquietud de una madre, se acerca para acotar con voz tenue: "Podría decirse que Iván tenía un talento indudable, pero quien se encargó de formar ese talento, de organizarlo para hacerlo crecer, fue el maestro De Raco".

Iván no siente como un sacrificio el dedicarse por entero a la música, ni cree que esa actividad lo aleje del fluir de la vida. Aunque es consciente de que ya ha tomado decisiones que no son habituales -"Ahora estoy cursando libre el secundario", comenta-, dice que no se siente muy diferente, ni mucho menos solo: "Tengo varios amigos que hice en las clases de De Raco; mis amigos del barrio, en Temperley, con los que nos vemos y jugamos cada vez que puedo, y un montón de amigos nuevos que hice hace poco durante una gira por el interior".

Como buen hijo de sus padres, y buen hermano de sus hermanos, Iván desconoce mejores pasatiempos que la propia música.

Eso sí, su idea de la música parece estar ubicada, por ahora, entre el barroco y el posromanticismo europeos, es decir, dentro del repertorio característico de un pianista. Ignora prolijamente el jazz y se ríe a carcajadas si uno esboza la sospecha de que pueda gustarle algo como Bandana o el rock.

Asegura, también, que la natación le parece "buenísima, aunque sólo pude dedicarme bastante a nadar este último verano".

Y, como alguien que pasa horas ante el teclado y ya comenzó a experimentar el frenesí deambulatorio de las giras, encuentra en la lectura una forma portátil y autoadministrable del placer: "Sobre todo, García Márquez. Ahora estoy leyendo otra vez Relato de un náufrago . Y también me gustaron mucho Cien años de soledad y Noticia de un secuestro ".

De las vidas muchas veces breves y casi siempre intensas de los grandes músicos, en cambio, se ha ido enterando a través del propio ejercicio de la música.

Sabe de los padecimientos de Schubert o Beethoven y comenta con picardía "el hecho por lo menos curioso de que los hijos de Wagner tuviesen los ojos sospechosamente iguales a los de Brahms".

Y si de pasiones propias se trata, Iván admite, con el rostro encendido en la tonalidad del tomate, que aún no tiene novia.

Se confiesa hincha de River, pero sin mucho énfasis, como si admitiera que es más fácil responder positivamente a esa pregunta que tener que explicar la extravagancia, al menos en la Argentina, de tener 13 años y no sentir interés por el fútbol.

Vegetariano desde siempre porque su familia también lo es, Iván dice que jamás sintió curiosidad por el gusto de la carne y que no hay ningún postre que lo vuelva más loco que un pasaje de Mozart.

Hay una envidiable acti-tud seráfica en Iván que parece situarlo ante las cosas que le van pasando como si siempre fuesen lo mejor que pudiese ocurrir.

Le gusta lo que hace y cómo se va desplegando en su vida flamante; y, en ese sentido, no se pone ansioso por el proceso de su formación, no hay obras o aspectos de la música que quisiera encarar y le son retaceados. Lo abruma un poco pensar en cómo será su vida de adulto o tal vez le parece aún demasiado lejana: pero piensa que es poco menos que imposible que vaya a transcurrir lejos del piano.

Mientras se prepara para el un nuevo recital donde hoy mismo interpretará nada menos que el Concierto Nº 20 , de Mozart, asegura que ese futuro tendrá lugar "en la Argentina, obvio; aunque tenga que viajar mucho, creo que siempre voy a volver acá".

¿Por amor al país? Hace una pausa antes de pronunciar el último homenaje: "Sí, pero también porque acá está el mejor maestro y pianista del mundo: Antonio De Raco".

Música en los genes

Iván Rutkauskas es el benjamín de una familia donde los sonidos florecen con alegre constancia: su padre, Roberto (de 65 años), es cantante y tiene un hijo de un matrimonio anterior que hoy se desempeña como concertino en una orquesta de Francfort, Alemania. Su madre, Noemí Silva (de 46), también es cantante.

Y sus dos hermanos mayores, Roberto (de 23) y Amarilis (de 17) son violinistas. Roberto toca en la Sinfónica Nacional e integra un cuarteto de cuerdas. Amarilis toca en la Orquesta de Lanús y en la Orquesta Académica.

Los tres hijos llegaron a la música, según cuenta Noemí, no como una obligación impuesta por los padres, sino por espontánea inclinación, como un juego al que se entregaban con entusiasmo. "Para Iván, la música es algo tan elemental y necesario como respirar", dice Noemí. Y basta ver a su hijo para creerle.

Concierto

Iván Rutkauskas tocará esta tarde, en el marco del Festival Mozart, organizado por su maestro Antonio De Raco, el Concierto Número 20, de Mozart.

La cita es en el Museo Nacional de Bellas Artes, a las 17.30.

Breve, pero intensa

Así ha sido hasta ahora la carrera musical de Iván. Comenzó a estudiar con Antonio De Raco con la ayuda de una beca Antorchas. En 1997 fue becado por la Fundación Banco Mayo, al ganar el Primer Premio (categoría infantil en piano) del Concurso Banco Mayo. En 1998, interpretó el Concierto Nº 5 en Fa mayor de Bach, con la Orquesta Banco Mayo, dirigida por Mario Benzecry. Durante 1998/99, fue becado por el Mozarteum Argentino y obtuvo una mención especial en el Concurso Internacional de Jóvenes Músicos en Córdoba (1998). En 1999, tocó el Concierto Nº 1 de Beethoven junto a la Orquesta Sinfónica de la Policía Federal.

En 2001, obtuvo una beca del Fondo Nacional de las Artes y ganó el concurso de El Sonido y el Tiempo con el que le fue otorgada una beca para un concurso y un concierto en Italia. En 2002, recibió una clase magistral de Daniel Barenboim en el Colón y participó del Festival Martha Argerich. Actualmente recibe la beca Jeannette Arata de Erize del Mozarteum Argentino.

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