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Tevez: en la gloria, con sangre de potrero

Con fantasía y gol, tuvo una actuación consagratoria en la Copa. "Boca tiene bien ganado este premio", dijo

Jueves 03 de julio de 2003

SAN PABLO (De nuestros enviados especiales).- Magia en el Morumbí. Carlos Tevez saca de la galera la jugada más impredecible, como anoche, que volvió a anotarse en la red. Dibuja garabatos sobre el verde césped. Las piernas rivales parecen serruchos, pero no lo pueden agarrar. Allí va. Bocetea planos de arquitectura. Diagonal por acá, filete por allá. Y es gacela. Juega con desfachatez porque es un pibe y tiene el potrero en la sangre. No pudo Santos. Los brazos se alzan al cielo, extenuados y agradecidos, sedientos de gloria. Hay fiesta ajena en el imponente Morumbí. De abrazos sordos y lágrimas saladas. Boca es otra vez campeón de América y no hay derecho de admisión para la locura.

"Lo merecíamos. Nadie demostró ser mejor que Boca. El grupo se tiene bien ganado este premio porque lo buscó con humildad y sacrificio. Me hubiese gustado ganar el torneo local, pero es mejor ser campeón de todo un continente", dice el muchacho de la magia boquense.

Tevez parece dispuesto a escribir otra fábula de ensueño: la saga del pibe humilde que termina como crack. Como Maradona y Riquelme, comienza a forjar sus cualidades de ídolo xeneize. "Todavía me falta para ser como esos monstruos. Espero parecerme a ellos un poquito algún día..."

Q picardia: la Copa Libertadores vio momentos brillantes de Tevez, el arma mortal de Boca
Q picardia: la Copa Libertadores vio momentos brillantes de Tevez, el arma mortal de Boca. Foto: Enviado especial / Gerardo Horovitz

Carlitos nació y vivió casi toda su vida en el barrio Ejército de los Andes. Vivió primero en la villa, pegado a los trece nudos (cada uno tiene tres torres de 10 pisos); luego se mudó a Barragán 214, torre B, piso 1, departamento L, y ahora reside en una casa en Versailles. Allí convive con sus padres, Segundo Raimundo Tevez y Adriana Noemí Martínez, y sus cinco hermanos. Mantiene las raíces. "Sigo enamorado de Fuerte Apache. Me gustaría volver el tiempo atrás y vivir mi infancia otra vez", afirma.

Albañil de profesión y futbolero de alma, Segundo fue el primero en regalarle una pelota y darle indicaciones. Buen alumno de la Escuela 50 de Fuerte Apache "aunque revoltoso en los recreos", Carlos Tevez la rompió en el baby en el equipo Santa Clara, y en Villa Real, donde se inició Carlos Bianchi. All Boys le echó el ojo cuando arrancó la secundaria. Polimodal con inclinación a maestro mayor de obras, como quería mamá. Pero Carlos, a quien apodaban "manchado" por la quemadura que le nace a la altura de la oreja derecha y baja por el cuello hasta el pecho como un collar (a los 10 meses se quemó con agua hirviendo), tenía otra pasión: el fútbol y los picados por plata en los potreros de la villa.

"Siempre supe lo que quería ser en mi vida. Si no fuera futbolista, seguro que hoy sería cartonero. Hasta hace menos de dos años seguía jugando por guita o por el sandwich y la Coca. Es lo más grande que hay. Sin árbitro, sin nada. Yo a los 13 ya jugaba con los pibes de 20. Con mi equipo, La Estrella del Uno, los bailábamos a todos. Ahí te divertís de verdad, más que en primera. Si tenés ganas de tirar un caño, lo tirás", dice.

Ramón Maddoni fue su descubridor. Se incorporó a Boca en 1997, con edad de prenovena. Metió 44 goles en las dos primeras temporadas y lo citaron del seleccionado Sub 15 para jugar el Torneo Tres Naciones, en Wembley. Y ahí fue Carlitos, de Fuerte Apache a Londres. "Lo que me puso más nervioso fue el viaje. Nunca me había subido a un avión y estuve catorce horas reca..." Cuando pisó tierra firme, jugó como si nada. Le ganaron a Francia y él marcó un gol de chilena. "En ese equipo estaban Maxi López, Mascherano... Menos mal que hice amigos, porque si no... ¿Quién me va a creer que metí un gol de chilena en Wembley?"

Su cuarto, sin lujos, está en la planta superior de la casa, y no le faltan ni el equipo de música -"la Mona Giménez es lo mejor"- ni la bandera de Boca, improvisada como cortina. Una pared está empapelada con una gigantografía de Ronaldo y en otra tiene colgado uno de sus tesoros: la camiseta que le dio Riquelme. Sobre la cama hay una cantidad enorme de gorros. "Son mi debilidad", admite.

Desde el 21 de octubre de 2001, cuando Bianchi lo hizo debutar, Tevez se convirtió en una de las promesas del fútbol argentino. "No sentí la diferencia de ritmo. En primera hay más responsabilidades, pero yo hago de cuenta que estoy en el potrero. Fui campeón hace poco con el seleccionado Sub 20, en el Sudamericano de Uruguay, pero desde chiquito soñé con dar la vuelta con la camiseta de Boca. Y se me cumplió."

Los que lo vieron en la cancha conservarán esas imágenes por mucho tiempo. Nadie les quitará de la memoria esa figura de ángel que apenas roza el césped, recordando a cada paso que el fútbol, a veces, tiene que ver con el paraíso.

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