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Pedro Opeka: el santo de Madagascar

Un sacerdote argentino se ha convertido en el héroe de los pobres de la isla africana, donde se ocupa de darles refugio a los sin techo. Levantó un pueblo -Los Amigos- y en Europa ya se han publicado varios libros sobre él

Domingo 13 de julio de 2003

WASHINGTON D.C..-Madagascar es uno de los países más pobres del mundo. Como tantos otros de Africa, Asia y el Medio Oriente, fue inventado por las burocracias imperiales de Europa. Marco Polo acunó la palabra en su famoso libro, y sir Robert Farquhar, en la primera mitad del siglo XIX, la entidad politica.

No existía una nación malagasy hasta que sir Robert concibió y ejecutó el plan de armar a los merina, uno de sus pequeños reinos. Con el apoyo británico, los merina expandieron su territorio, subyugando a antiguos rivales y dándole a la isla por primera vez un gobierno central. A través de los merina, Inglaterra había hecho pie en Madagascar, y de este modo aventajaba a Francia en la disputa por el control del océano Indico. La apertura del canal de Suez, a finales del siglo XIX, alteró este orden: Inglaterra cedió su dominio sobre la "Isla Roja" canjeándolo por Zanzíbar, y abandonó a sus viejos socios merina al apetito colonial francés.

Los malagasy son el resultado de la fusión de grupos malayopolinésicos y africanos. Mi mujer y yo hicimos un trabajo de campo etnográfico en el desierto espinoso del sur de la isla durante casi dos años. En nuestra primera visita a la capital, Antananarivo, el espectáculo de chicos abandonados en las calles, durmiendo extenuados contra una pared cualquiera, hacía emocionalmente difícil el tránsito. Para los que nos seguían en sus harapos, riendo y mendigando, nosotros éramos vazaha , extranjeros, palabra que no se cansaban de gritar con hilaridad. En aldeas del sur de la isla los chicos se escapaban al vernos llegar. Creían que veníamos a secuestrarlos o a robarles el hígado. A pesar de Marco Polo, de Farquhar y de la depuesta casa real merina, algunos viejos tandroy o tanusi afirman aún hoy que los vazaha blancos provienen de tierras muy al norte, desde donde bajan caminando: no tienen conciencia de que viven en una isla.

La red colonial de caminos abiertos por los franceses para el avance de tropas y el drenaje de materias primas se han quebrado y hundido en cien mil partes, convirtiéndose en cintas improbables para el tránsito de achacosos ómnibus cargados hasta la coronilla de personas, aves, canastos y cabras. A menudo estos taxi brousse se despanzurran en la soledad del campo de Malagasy, y llueve en silencio desde un cielo pizarra sobre los pasajeros náufragos, arracimados en cuclillas en la tierra roja, cubiertos con sus mantas.

No hay muchos argentinos en Madagascar. Durante mi tiempo allí, sólo conocí tres: un funcionario del Banco Mundial, un dentista de Bell Ville (Córdoba) y Pere Pedro Opeka. Pedro nació en Ramos Mejía de padres eslovenos. Es lazarista, y es una de las personas más famosas de la isla.

Los Amigos

En medio de una pobreza insultante, en un paisaje social devastado por la indefensión, Pedro se levanta todos los días a las seis de la mañana y dirige un pueblo paralelo que ha creado en las afueras de la capital, un pueblo al que le ha puesto un nombre que delata su origen argentino: Los Amigos.

Me explicó que cuando la orden lo destinó a Antananarivo -había pasado varios años en el sur- no pudo tolerar el espectáculo de madres solteras viviendo en la calle con su prole, bajo cartones, enfrente mismo de los ministerios. Consiguió del gobierno unas tierras en préstamo y allí empezó a llevarse a los sin techo, en su mayoría madres jóvenes, niños y viejos. El padre de Pedro era albañil, profesión que él también aprendió, y que ahora les enseñaba a sus protegidos, para que ellos mismos se construyeran un techo. Así fueron los comienzos de Akamasoa o Los Amigos. Los otros vazaha que trabajan en las embajadas o en ONG sienten gran admiración por Pedro. El no depende de nadie. Acepta donaciones pero no burocratiza su administración. Detesta el lobbying y los trámites y papeleos.

"Las necesidades de esta gente están bien claras", dice. No hay que explicarlas en formularios ni ponerles sellos. Un biólogo español, funcionario de las Naciones Unidas, me comentó: "Pedro lo hace todo. Busca el arroz, consigue los remedios. Y a los tíos que le pegan a su mujer va a buscarlos a la casa y los pesca por el cuello".

Pedro Opeka mide más de un metro ochenta y tiene el físico corpulento del Tanque Rojas (para los que recuerden), comparación no antojadiza porque una de sus pasiones es el fútbol. Cuando hacía su seminario en París, Pedro jugaba de centreforward para un equipo francés de segunda división. Si no se me traspapelan los datos, este equipo pasó a primera con un gol de cabeza del cura argentine -información que los eruditos podrán comprobar buscando en los archivos de L´Equipe-.

Las calles de Tana (Antananarivo) son un desorden, con mercaditos sobre el asfalto o la tierra, y carnicerías que apenas parecen garitos, ofreciendo colgajos de carne desde la boca negra de un mostrador al aire libre. Pedro maneja a través de este dédalo una pick-up blanca donada por los japoneses, cambiando del francés al porteño, bajándose a cada rato para hablar gesticulando en perfecto malagasy con un proveedor. También gesticula. No podría tener más señales de argentino de barrio en su lenguaje corporal. Sus colaboradores más cercanos son mujeres, que en Madagascar (más aun que en el resto del mundo) son responsables y confiables, y "paran la olla". "En eficiencia te cambio una mujer malagasy -me dice- por diez hombres".

Filmado por Cousteau

Caminamos por la calle que se está recién abriendo en el pueblo nuevo. Un grupo de hombres está cavando una zanja para que corra el agua. Pedro se para, toma la azada y, con la cancha de un albañil, de tres toques seguros corrige un error y les enseña. Algunos le han criticado que sus casas para los pobres son muy "lindas". "¿Y quién les dijo -me interpela poniéndose colorado- que las casa de los pobres tengan que ser feas?".

En Francia ya se han escrito al menos dos biografías de Pedro. Cousteau le dedicó un documental. En esta ocasión en particular, caminando bajo el sol fuerte del mediodía, llegamos a un punto del pueblo en donde la gente está bailando. Bailan porque al abrir la tierra han encontrado los huesos de un muerto. Son muy viejos, nadie puede saber a quién pertenecen. A la usanza malagasy, están envueltos en una especie de poncho que llaman lamba . Los malagasy desentierran periódicamente a sus muertos, los vueven a enfundar en una lamba fresca, y bailan con ellos, llevándolos sobre sus cabezas. Este muerto expósito fue llevado en andas por los habitantes heterogéneos de Los Amigos en un baile ritual improvisado. Un coro cantaba y todos seguían el ritmo con las manos. Pedro también, con una felicidad de chico. "¿No te molesta este rito pagano, Pedro, que no sean cristianos?" Pedro apenas me miró. Está de vuelta. Siguió aplaudiendo. Es el único santo que conozco.

El autor es investigador asociado en el Departamento de Antropología, Smithsonian Institution.

Por Edgardo Krebs

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