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El talento y virtuosismo del joven Rutkauskas

Domingo 20 de julio de 2003

Concierto de la Orquesta Sinfónica Nacional. Director: Pedro Ignacio Calderón. Solistas: Iván Rutkauskas (piano), Soledad de la Rosa (soprano), Victoria Aldasoro (mezzosoprano), Enrique Folger (tenor) y Alejandro Di Nardo (bajo). Coro Polifónico Nacional, preparado por Carlos López Puccio. Programa: Obertura de "Russlan y Ludmila", de Mijail Glinka; Concierto para piano y orquesta, N° 2, en Do menor, Op. 18, de Sergei Rachmaninov; fragmento, de "Parsifal", de Richard Wagner, y Te Deum, para coro, solistas y orquesta, de Antón Bruckner. Auditorio de Belgrano. Nuestra opinión: Muy Bueno

Hace poco se había asistido a un recital de Iván Rutkauskas y su actuación había generado una nota sumamente elogiosa, al punto de que desde ese momento se quedó a la espera de una nueva oportunidad para escucharlo y poder así ratificar la formidable impresión causada.Por fortuna el reciente concierto de la Orquesta Sinfónica Nacional lo tuvo como solista de una obra doblemente comprometida, por pertenecer al ramillete de conciertos para piano y orquesta que podrían enrolarse en la categoría de clásicos populares, por su amplia aceptación y difusión, y por ser un claro ejemplo del brillante y expansivo lenguaje de su autor, el siempre bienvenido Sergei Rachmaninov.

El jovencito, todavía envuelto en la cándida inocencia del niño, con gestos espontáneos, naturales, mezcla de respeto, rubor y desparpajo, comenzó su presentación con un beso al maestro Calderón, un ceremonioso movimiento de cabeza al público y a los miembros de la orquesta y una rápida postura frente al piano sin mayores complicaciones, y de inmediato se escucharon los acordes del piano con los que comienza la obra, en un paulatino crescendo que se amalgama a un tema lírico de las cuerdas y el clarinete, ejecutados por Rutkauskas con un sonido cautivante, ausencia de efectismo y de notas excesivamente percutidas. Luego el desarrollo de un fraseo presentado con muy clara articulación y una musicalidad precisa para amalgamarse a los tiempos y a la amplia sonoridad impuestos por la batuta.

Y así, con pasmosa naturalidad, el pianista transitó sin sobresaltos los diferentes pasajes de la composición que, dicho sea de paso, reiteró su belleza, su carácter de vehículo cargado de ideas que provocan sobre todos los públicos del mundo una sensación de placentera emoción. Y a medida que el pianista avanzaba exhibiendo seguridad y dominio del teclado, fue posible prestar mayor atención a la interpretación del lenguaje, y nuevamente, como en aquel recital mencionado, sólo hubo acierto estilístico, buen gusto y naturalidad expresiva. Fue una nueva demostración de talento natural, un nuevo triunfo de sus maestros y un motivo de asombro frente a sus tiernos trece años de edad.

Escalofrío de emoción

Entonces las imágenes de pianistas como Lazar Berman y Sviastoslav Richter vinieron a la memoria y un escalofrío de emoción recorrió nuestro ser por la asociación de idea provocada y también porque se vislumbró, nuevamente, el brillante futuro del joven a nivel mundial y hacemos votos para que, sin prisa, sume a su facilidad para tocar el piano las necesarias experiencias de la vida, aquellas que marcan el destino y la personalidad de cada uno.

La versión ofrecida por Calderón se caracterizó por un sonido robusto de la orquesta con un piano tratado de un modo más concertado de lo habitual y alternando con buen tino los momentos de lirismo y delicadeza con los de mayor expansión y vehemencia sin perder unidad conceptual. La ovación fue ruidosa, e Iván Rutkauskas, con manifiesta calma y en una nueva demostración de virtuosismo, agregó el muy difícil Estudio de ejecución trascendente, N° 10, de Franz Liszt.

En la primera parte, se había escuchado una excelente versión de la obertura de "Russlan y Ludmila", de Glinka, tan dinámica, ágil y precisa en el ritmo como fue concebida por el autor ruso y al comenzar la segunda parte de la velada, Calderón y la Nacional ofrecieron con acierto el hermoso encantamiento del Viernes Santo, que Wagner insertó en "Parsifal", última contribución de su genio musical.

Pero aún restaba la obra de fondo, el Te Deum, para coro, solistas y orquesta, de Antón Bruckner, justamente un compositor deslumbrado toda su vida por los efectos wagnerianos. Su creación global se caracteriza por un deseo de solemnidad que llega cada tanto en medio de un entrecortado discurso a grandiosas eclosiones sinfónicas, la mayoría de ellas deshilvanadas. En esta oportunidad, más allá de la reconocida capacidad de Calderón para transitar su lenguaje y del Coro Polifónico preparado por Carlos López Puccio y del aceptable nivel de los solistas, faltaron precisión en los ataques del conjunto y matices y planos más equilibrados. Pero el público se manifestó complacido con un sostenido aplauso.

Juan Carlos Montero

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