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Yrigoyen, Perón... Kirchner: ¿el tercer movimiento?

Por el amplio apoyo popular que recibe y por su búsqueda de alianzas por fuera del justicialismo, muchos creen ya que están dadas las condiciones para que el de Néstor Kirchner se convierta en el tantas veces anunciado Tercer Movimiento Histórico. Para otros, en cambio, la formación de expectativas en este sentido podría desembocar en una decepción, como la vivida por Alfonsín en los años ochenta

Domingo 10 de agosto de 2003

En Oslo, un noruego quiere saber el nombre del actual presidente argentino. Escuchó que es "peronista". ¿Palabra clave, entonces? Evita. La escribe en el buscador. Nada. Prueba con Perón. El nombre de Néstor Kirchner sigue escurridizo. Hipervínculos, al cabo, aparecen. Pero no son directos. Hay que esmerarse en la búsqueda.

En Buenos Aires esos vínculos esquivos se pueden apreciar sin necesidad de conectarse a Internet. Aunque Kirchner llevó la geometría política criolla al legendario Salón Oval de la Casa Blanca cuando le dijo a George W. Bush que no es de izquierda ni de derecha sino "peronista", está visto que sus índices de aplicación de la liturgia partidaria son bajos. Comparado, por ejemplo, con los anteriores presidentes peronistas -Cámpora, Isabel, Menem, Rodríguez Saá, Duhalde y, por cierto, con el triple Perón-, el actual, lejos de machacar con las Veinte Verdades, con los arcaicos cinco por uno y Argentina Potencia o la tautológica sentencia de que la única verdad es la realidad, ajeno a los rezos doctrinarios ("primero la Patria, luego el movimiento y último los hombres"; "para un peronista no hay nada mejor que otro peronista"), prefiere un discurso ecuménico, minimalista, estacionado en el ahora revolucionario objetivo de conseguir un "país normal". A Perón y a Eva, incluso, Kirchner los menciona con frecuencia estándar, aproximadamente al ritmo en que los liberales traen a Carlos Pellegrini, los radicales a Hipólito Yrigoyen, los demoprogresistas a Lisandro de la Torre y los socialistas a Alfredo Palacios.

Nadie duda, sin embargo, del dosaje justicialista del actual presidente. Se discuten su ingrediente setentista, su falibilidad y su elegancia, su experiencia, sus niveles emocionales, nunca su linaje.

Hombre común -dice él- con responsabilidades especiales, Kirchner tiene otras singularidades históricas relacionadas con su estructura antinorma: es el primer presidente surgido de una elección con el peronismo dividido, el primero consagrado por una elección en la que salió segundo, el que llegó a la Casa Rosada desde más lejos -geográficamente hablando-, el único casado con una política de carrera, el que menos diputados y senadores propios tiene y, a la vez, el que marcó la mayor brecha entre porcentaje de votos obtenidos e índice de popularidad inaugural.

Otro récord se encuentra en la forma en que construye poder, ya que no vino bien pertrechado de fábrica. Nunca antes un presidente peronista, que no conduce su partido, se dedicó a tejer alianzas con dirigentes diferenciados de la estructura justicialista. Como un hábil jugador de TEG, Kirchner, infatigable, mueve sus fichas provincia por provincia, busca acuerdos, pacta, va y viene, opera rápido en todo el tablero y conserva tapada la carta que explicita la configuración de su objetivo.

Sus alianzas privilegian a dirigentes del ARI, a frepasistas, a radicales, pero también a Gustavo Beliz y a selectos ex menemistas de conversión reciente. Kirchner no ha dicho cómo hará para sustentarse si algún día decae la extraordinaria imagen positiva que hoy lo agracia -aprobación volcánica de cuya longevidad es legítimo dudar, no por los méritos del agraciado, sino por el serrucho que exhiben en la Argentina los gráficos de humor colectivo-, o cuando deba resolver graves cuestiones económicas y financieras que viene postergando. Que en público Kirchner no hable demasiado de sus planes de construcción de poder no significa que en torno suyo no sea ése un tema primordial. Pues bien. Es allí, en la trastienda, donde ha comenzado a reflotarse la idea de un Tercer Movimiento Histórico, una corriente política superadora del dominio peronista-radical característico de la segunda mitad del siglo XX.

Tercer Movimiento Histórico no es una marca prestigiosa. Raúl Alfonsín ventiló con ese nombre ambiciones expansionistas basadas sobre el inédito triunfo frente al peronismo de 1983, reforzado en la consulta pública de 1984 y en las legislativas de 1985. El líder radical, que en sus primeros tres años en la Casa Rosada disfrutó de considerable popularidad, creyó ver en la anarquización del peronismo pos Luder una tendencia irreversible. En plena temporada entusiástica hizo algunos intentos de transversalidad, convidó ministerios y tendió puentes extrapartidarios, pero el anhelo movimientista declinó junto con los éxitos políticos y económicos hasta ahogarse en forma definitiva un 6 de setiembre, pero de 1987. Ese día el Partido Justicialista ganó en 17 provincias, empezó una cohabitación poco amable, vino la hiperinflación y el gobierno radical acabó en la caída anticipada de mediados de 1989. Nunca se supo qué hubiera hecho Alfonsín con su Tercer Movimiento Histórico en el caso de que el edificio no se le hubiese derrumbado cuando levantaba la planta baja.

Pero el concepto no le pertenece a Alfonsín. Según el estudioso del peronismo Juan Carlos Torre, de la Universidad Di Tella, el primero que pensó en una síntesis superadora de Yrigoyen y Perón fue Arturo Frondizi, presidente de origen radical catapultado con los votos peronistas (1958-62). A comienzos de la década del 60, cuando el antiperonismo furibundo insistía en excluir del mapa a sus vitales enemigos, el peronismo ofrecía un abanico de frentes. Estaban los sindicalistas combativos, los moderados y los partidos neoperonistas provinciales. Y estaba el sector que propiciaba un peronismo sin Perón. En ese contexto, pequeños grupos universitarios cercanos al nacionalismo de izquierda de Jorge Abelardo Ramos fueron los autores de la expresión Tercer Movimiento Histórico, puesta en letra de molde en 1964 en un ensayo elaborado por media docena de estudiantes y presentado por Arturo Jauretche.

Varias veces reapareció la ilusión con patrocinios surtidos. Hasta el dictador Leopoldo Galtieri creyó que tendría gracia y talento para corporizar una síntesis semejante. Dar por concluido el peronismo -o el bipartidismo clásico- significó para muchos una apresurada lectura de la realidad, pero para otros fue una meta en sí misma: una frustración.

Un movimiento superador

Extinguida al menos la era de las pasiones viscerales irreductibles y luego del revoltijo ideológico ocasionado por Menem, la idea de un Tercer Movimiento Histórico no surge esta vez de un libro ni de un discurso. Podría decirse que está en la atmósfera. Uno de los que la olfatean es Rosendo Fraga, analista y consultor favorito de vastos sectores de la dirigencia nacional y latinoamericana. "Hoy la política argentina es de un solo partido profundamente dividido -dice Fraga-. Pienso que el agotamiento del radicalismo y la crisis del peronismo crean las condiciones para la formación de un Tercer Movimiento Histórico. Kirchner deja a Elisa Carrió sin discurso y Ricardo López Murphy es un proyecto importante, pero sin base parlamentaria que le permita ser opción de poder".

En opinión de Fraga, "el presidente, que está planteando un modelo político diferente al del peronismo tradicional, apunta a un movimiento superador. La pregunta es si Kirchner va a ser el hombre". En buen romance, si la construcción logrará consumarse con su liderazgo.

Para un país cuyos habitantes tienen tres documentos y en el que se llevan diez años discutiendo cómo rehacer los DNI, los problemas de identidad -formales y profundos- son tan naturales que nadie se sorprende si el principal partido político adhiere por temporadas a las internacionales socialcristiana (con el auspicio de Antonio Erman González), socialdemócrata (Antonio Cafiero) y liberal (Carlos Menem) -a ninguna de las cuales, hasta donde se sabe, se les pagaron las cuotas adeudadas-.

Que la sede del PJ, en Matheu 130, esté fuera de servicio porque no hay quien pague la luz también puede ser visto como un síntoma más del colapso nacional. Pero que a ello se sume una huelga de los empleados del partido ya es un símbolo acabado de la encrucijada justicialista.

En un hotel y en un avión, al cabo, se realizaron dos de las discusiones más importantes de los últimos tiempos sobre las costumbres transversales arrimadas al PJ por el kirchnerismo. En el hotel Panamericano, la Comisión de Acción Política (CAP), instancia multisectorial ad hoc llamada a resumir un entendimiento por fuera de los "cuerpos orgánicos" que controla Menem, analizó hace tres semanas la situación partidaria. Un puñado de menemistas, duhaldistas y kirchneristas -no así rodríguezsaaístas, aún atribulados-, casi todos ellos gobernadores, dejaron constancia de que la ola K., meteórica para los legos, según los códigos peronistas también es fuerte. De otro modo no se explica que sectores ayer enfrentados o recelosos hubieran resuelto, con inesperada sobriedad, una unidad de hecho breve pero efectiva: hasta que acabe el (interminable) año electoral no habrá aullidos. ¿La consigna? Evitar roces.

A dirigentes medulares como el senador Antonio Cafiero, el único vigente de los que protagonizaron casi toda la historia peronista, la transversalidad vista como sinónimo de tercer movimiento histórico no les evoca un futuro desafiante sino un pasado aciago. "El primer episodio de este tipo que viví -dice Cafiero- fue el del general Lonardi con aquella idea de `ni vencedores ni vencidos´. También el setentismo fue un intento de cooptación de los grupos radicalizados, que creían que el peronismo ya había cumplido su ciclo. Todo eso siempre se diluyó por el fuerte instinto de conservación que tiene el peronismo". Cafiero prefiere dirimir el poder partidario en una interna y quiere revalorizar el verticalismo. "No me extraña -agrega- que desde círculos intelectuales se intente crear una figura en la cual el peronismo se integre con una fuerza de centroizquierda que le daría consistencia ideológica y una conducción más coherente, pero no me simpatiza en absoluto la transversalidad. El peronismo debe mantener su identidad con una estructura histórica aggiornada ".

Un kirchnerista de la primera hora, el profesor de ciencias políticas Norberto Ivansich, hoy subsecretario de la Gestión Pública, opina, al revés de Cafiero, que lo de la Juventud Peronista y la Tendencia Revolucionaria de los años setenta fue "un fenómeno inclusivo", con diversidad de trayectorias, algo característico del movimiento. "Ahora hay una acción integradora mayor, pero eso no significa Tercer Movimiento Histórico, sino que todo se resuelve adentro del peronismo, como el freno a la segunda reelección de Menem en 1998, que no lo puso la Alianza sino Duhalde", dice Ivansich.

Para Ricardo Sidicaro, investigador del Conicet y autor del libro Los tres peronismos , el kirchnerismo se podría convertir en un partido, pero las condiciones que contribuyeron a la gestación de movimientos detrás de Yrigoyen y de Perón en la primera mitad del siglo XX ya no existen. "El tejido social de hoy no da para ilusiones colectivas duraderas", reflexiona. Sidicaro reconoce sin embargo que Kirchner actúa pensando en un Tercer Movimiento Histórico.

Diciembre, fecha clave

La línea Yrigoyen-Perón, en verdad, al margen de las infinitas veces en que fue completada atrás y adelante con nombres que la convertían en una sesgada consigna ideológica, suele ser aceptada por historiadores atentos a lo popular como determinante de la evolución argentina. Dominante era en los años veinte, sin duda, el movimiento radical, cuando hasta la oposición nació en su seno al dividirse los yrigoyenistas y antipersonalistas. Dominante fue el peronismo desde 1945, cuando se conformó sobre la base de laboristas, radicales renovadores y centros cívicos independientes. También afluyentes de ambas corrientes nutrieron la lógica del peronismo y antiperonismo que marcó al país por décadas, hasta la firma de la paz simbólica de Perón y Balbín. Los herederos de ambos movimientos han gobernado la Argentina desde que en 1983 se abrió la serie de elecciones libres más larga de la historia. ¿Será Kirchner, contracara imprevista del desorden institucional con el que se inauguró el siglo XXI, el mascarón de proa de algo nuevo?

Muchos académicos y políticos, cuando se les pregunta por los próximos pasos de Kirchner, responden que hay que esperar hasta diciembre. Al renovarse el Congreso se verificará el resultado del primer gran examen para el kirchnerismo. Pero el epílogo del calendario electoral en grageas que armó Duhalde no es un asunto de mera aritmética, porque la fragmentación política de esta época parece haber suspendido el pecado de cruzar de vereda -nunca muy penalizado en el peronismo-, silencioso y cotidiano.

Aunque cierta fantasía promedio interpreta que popularidad presidencial y poder político son sinónimos, lo cierto es que la oportunidad de establecer un puente directo entre ambos sólo se presentará en el 2007, cuando el país se vuelva a convertir electoralmente en un distrito único para elegir presidente. Mientras tanto, el poder surgirá de la tejeduría comarca por comarca, de las negociaciones pacientes, los acuerdos parlamentarios, las alianzas partidarias, el reflorecido debate ideológico, el posicionamiento de los opositores, la modelación de liderazgos y, claro, del arte de gobernar: de la política, en fin, ese tren que se volvió supersónico en menos de una docena de semanas. Ayer, nomás, a la política la deshonraba el desencanto. Ahora podría servir -se verá- para barajar la historia y dar de nuevo, como insinúa Fraga, o para un aggiornamiento , como dice el veterano Cafiero.

Por Pablo Mendelevich

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