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El hombre más malo del mundo

Suplemento Cultura

Aleister Crowley (1875-1946) fue apodado " La Bestia" . Escritor y esteta refinado, se consagró al estudio de las ciencias ocultas y al satanismo. Ofició misas negras, creó mágicos rituales y logró hacerse de una pésima reputación. Esa fama tenebrosa inspiró una novela a Somerset Maugham y lo incluyó en la portada de Sgt. Peppers Band, de los Beatles

La Bestia del Apocalipsis para sí mismo y para sus seguidores, "El Hombre Más Malo del Mundo" para la prensa popular inglesa, Aleister Crowley (1875-1946) fue uno de los mayores excéntricos exhibicionistas que Inglaterra haya dado al mundo, lo que ya es decir. Más allá de la fascinación un tanto escéptica que puedan producir sus poco verificables habilidades mágicas, Crowley fue un fértil hombre de letras, y su vasta producción de tratados, poesías, ficciones y autobiografía es, en general, amena y humorística, erudita y polémica.

Por supuesto que hay que intentar, al leerla, hacer abstracción del hecho de que quien escribe se describe, palabra más, palabra menos, como Mesías de una Nueva Era, que habría comenzado en abril de 1904. Triste es decirlo, hay poco en la carrera visible de Crowley que confirme estos asertos. Quedan las páginas maravillosamente impresas -con estilizadas guardas art nouveau egipcias- de los muchos "libros sagrados", impresos por cuenta propia, en que Crowley cantaba sus propias loas.

Un huracán blasfemo

Nacido en 1875 en un hogar puritano y represivo, Crowley heredó una considerable fortuna a los 21 años. Pasó por Oxford (donde estudió sin llegar a graduarse) y se dedicó al montañismo, actividad en la que logró una relativa relevancia y cuyas forzosas privaciones le dieron su primer atisbo de otras realidades. Frecuentó magos y alquimistas, pasando con meteórica velocidad de interesado a adepto y, eventualmente, si hemos de creerlo, a maestro. La Bestia se dedicó, en general, a alimentar su propia leyenda, acumulando afiliaciones a todo tipo de organizaciones ocultas y los rimbombantes títulos que con éstas iban, o que él mismo se confería. Las horrorizadas denuncias de bisexualidad, magia negra y empleo de drogas fueron celosamente cultivadas por Crowley, cuya notoriedad, tan ansiada por él, no hace más que crecer con el tiempo.

Crowley fue un torbellino que sopló por todo el mundo: Nueva York, París, Egipto, India, China, México y, claro, Sicilia. Fue allí donde, en la llamada Abadía de Thelema, una villa alquilada que alojaba a Crowley y su habitual corte de seguidores, uno de éstos murió de tifus, dando alas a la santa indignación de la población local y eventualmente a la del propio Duce, quien expulsó a los blasfemos ingleses del país en 1923. A partir de ese momento, la estrella de Crowley comenzó a decaer y el número de seguidores rara vez volvió a llegar al mínimo necesario para sustentar la existencia del Maestro, operación cada vez más cara por la creciente necesidad de heroína y cocaína de la que él padecía. Aun así, la Bestia sobrevivió, una sombra de su antiguo esplendor, en los desiertos lugares de veraneo de la costa sur inglesa. Y mantuvo, hasta su solitaria muerte en un hotel, su abigarrada producción literaria.

Aleister Crowley, que obtuvo (y sigue obteniendo) abundante cobertura de sus hazañas verdaderas o inventadas en la prensa sensacionalista de su patria, bombardeó a su vez al público con un incesante flujo de panfletos, artículos y libros. Entre 1905 y 1913 publicó The Equinox , un periódico semestral lujosamente encuadernado, compuesto en parte por minuciosas transcripciones de rituales ocultistas e instrucciones para aspirantes a magos y además por la desbordante producción literaria de Crowley.

Junto a rituales masónicos, complejas visualizaciones de deidades egipcias, interpretaciones escénicas de los ritos de Eleusis y toda la parafernalia que la recreación eduardiana de lo arcaico pueda sugerir, Crowley desgrana aceptables poemas en francés a la manera de Baudelaire, obras de teatro satíricas, cuentos cortos sensacionales y terribles. Hay una sección de crítica literaria donde, bajo diversos seudónimos, Crowley se dedica a demoler con fruición las obras de sus contemporáneos. Un ejemplo típico del tono de las críticas lo da el de una obrita llamada Poems : "El título de este librito es engañoso", escribe Crowley por todo comentario.

El Equinox también tiene la misión de atacar sin piedad a la competencia , y muchas son las páginas destinadas a denostar a A. E. Waite (autor de obras populares sobre ocultismo y primer maestro de la Bestia) y a sus antiguos asociados de la Golden Dawn, una solemne aunque ligeramente ridícula asociación de magos, cuyos rituales secretos Crowley difundió sin autorización.

Las páginas de The Equinox también recogen con entusiasmo un juicio llevado adelante contra la cabeza de la Sociedad Teosófica, Leadbetter, por corrupción de menores. La víctima es un niño que está siendo criado en el cuartel general de la Sociedad en Adyar, con vistas a convertirlo en un nuevo Mesías (uno más) para la humanidad. Este niño será, en el futuro, conocido como Krishnamurti.

Cultos malditos

La "religión" o antirreligión de Crowley incorporaba en promiscua aglomeración elementos de todas las tradiciones ocultas en las que la Bestia, huelga decirlo, decía hallarse iniciado. La optimista consigna de la Argenteum Astrum, una de las "hermandades ocultas" que Crowley creó sobre el papel más que en la realidad, era: "the method of science, the aim of religion" ("el método de la ciencia, el objetivo de la religión"). La idea era que, siguiendo en forma sistemática y experimental cualquiera de los caminos espirituales propuestos por las grandes tradiciones de la humanidad, se alcanzaban en forma demostrable ciertos felices resultados sobre el practicante. Crowley, sin embargo, empañaba esta razonable premisa al mezclar sus lúcidas síntesis de filosofía oriental y psicología freudiana con poco comprensibles -aunque sugeridamente infames y sensacionales- rituales de "magia sexual". Estos tenían como objetivo la adoración o invocación de La Bestia y la Mujer Escarlata, es decir, él mismo y la mujer que en ese momento estuviera a su lado.

Como sea, la aproximación de Crowley a su identidad como "Bestia" es oblicua, oscura, a veces simbólica, a veces literal. En uno de los innumerables rituales que Crowley forjó -o plagió a otras hermandades ocultistas- llamado la Misa Gnóstica, se invoca a una lista de "santos" que confirman la identidad de Crowley como esteta y hombre de letras. Junto a previsibles figuras iniciáticas como Lao-Tse, Siddharta y Moisés (por supuesto, también Príapo y Dionisio) figuran Virgilio, Catulo, Rabelais, Swinburne, Wagner, Luis II de Baviera y Friederich Nietzsche.

Memorablemente, la inconclusa autobiografía de Crowley, The Confessions , lleva como subtítulo: Autohagiografía . La lectura de los muchos cuadernos de notas y diarios de Aleister Crowley da una idea de tedio, estrecheces, ocasional promiscuidad. Las descripciones de los resultados de las operaciones mágicas son decepcionantemente vagas. En el mejor de los casos, asistimos a nebulosos y fragmentados estados de ensueño, que son luego interpretados por Crowley a través de un complejo sistema de correspondencias.

Los hechizos de Crowley tenían a menudo la difícil misión de atraer por medios incorpóreos el remedio a las muy palpables necesidades del diario vivir de la Bestia. "Llega un hombre rico de Occidente" es uno de los oscuros dictae del Libro de la Ley de Crowley. Con conmovedora fe, Crowley multiplicó a lo largo de su vida las infructuosas operaciones mánticas para encontrarse con el anunciado mecenas que, viniendo del Oeste, bien podía ser un millonario norteamericano.

El extraño poema en prosa que Crowley dio a conocer como Libro de la Ley (dictado, según su autor, por una inteligencia desencarnada -su propio Angel Guardián- durante una noche de vigilia transcurrida, gracias al soborno de un guardián, en la Gran Pirámide) es una acumulación aparentemente caprichosa de arrobadas y extáticas invocaciones. Crowley, sin embargo, creía o pretendía creer que misteriosos mensajes se ocultaban en cada letra del libro y, hasta el día de hoy, sus seguidores editan el libro acompañado de un facsímil del caótico manuscrito original.

El fantasma de Lucifer

Crowley logró imponerse como figura en el imaginario popular anglosajón desde fecha muy temprana. En The Magician (1904), Somerset Maugham retrata a Crowley como Oliver Haddo, un mago negro completo con homúnculos en redomas en su guarida. Crowley responde con una larga nota en The Equinox , titulada "La psicología del hachís" -un largo e inteligente resumen de la filosofía budista- firmada como Oliver Haddo.

Adecuadamente, Crowley gozó de verdadera popularidad sólo después de su muerte. Los hippies lo rescatan como un pionero de la tríada sexo-drogas y (anacrónicamente) rock and roll. Su amenazadora cabeza calva, de cuello grueso y ojos fijos, asoma en la multitud que acompaña a los Beatles en la portada de su Sgt. Peppers y, desde ese momento, la asociación del rock con Crowley y su leyenda nunca se detuvo.

Kenneth Anger, el maldito cineasta underground , debe también buena parte de su fama a su autopublicitada calidad de seguidor de Crowley. La obra fílmica de Anger, escritor del clásico del chismorreo Hollywood Babylon , se reduce a un total de tres modestas horas realizadas a lo largo de casi tres décadas. La diabólica fama de Anger se sustenta en parte en una obra tal vez afortunadamente inédita e inconclusa, Lucifer Rising , filmada a principios de la década de 1970 y musicalizada por el crowleyano músico de rock Jimmy Page. El asesino convicto Bobby Beausoleil, uno de los más conspicuos integrantes del llamado clan Manson, también colaboró -desde su celda en una prisión californiana- con aportes musicales para esa película.

Crowley se ha infiltrado en muestras más elevadas de la cultura. Bajo la guisa del "doctor Trelawney", el espectro de la Bestia reaparece en uno de los muchos personajes de A Dance to the Music of Time , la monumental y esencialmente amena dodecalogía de novelas publicadas entre 1951 y 1975 por Anthony Powell. La aparición inicial de Trelawney seguido por un grupo de discípulos vestidos con túnicas color pastel es, visualmente, la clase de kitsch eduardiano que The Equinox encarna a la perfección. Trelawney -a quien Powell hace hablar en citas textuales de los libros de magia ceremonial de Elifas Levi, uno de los referentes de Crowley- aparece también en su decadencia: un anciano siniestro e intimidatorio, adicto a la heroína, en una gélida pensión de un lugar de veraneo fuera de temporada en la costa sur de Inglaterra. En la última de las novelas del ciclo, Temporary kings Trelawney-Crowley, ya muerto, reaparece en su seguidor, el inquietante hippie satanista Scorpio Murtlock, y sus hipnotizados conversos que tienen, una vez más, un eco de Manson y sus seguidores.

Aunque la persistente popularidad post mortem de Aleister Crowley no se trate de la inmortalidad literal perseguida por tantos ocultistas a lo largo de la historia, es concebible que la Bestia estuviera conforme con su destino póstumo de ícono contracultural. A fin de cuentas, eligió la infamia como alternativa al anonimato. .

Por Agustín Pico Estrada Para LA NACION - Buenos Aires, 2003
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