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Lucido y variado concierto

Miércoles 10 de septiembre de 2003

Concierto perteneciente al Festival Argerich, organizado por la Fundación Teatro Colón y el Teatro Colón, dedicado a la memoria de Juan Manuel Argerich. Intervención de la Orquesta Sinfónica Nacional con la dirección de Pedro Ignacio Calderón ylos pianistas Martha Argerich y Oxana Mikhailoff y Eduardo Hubert. Nuestra opinión: muy bueno

La penúltima jornada del Festival Argerich culminó con la lógica expectativa despertada por su protagonista, Martha Argerich, pero también dio lugar a algunas intervenciones de singular valor musical e interpretativo. Entre ellas, la participación de la ganadora del segundo premio del Segundo Concurso Internacional de Piano,la pianista rusa Oxana Mikhailoff.

Una apreciación global de esta penúltima sesión sería que fue adquiriendo progresiva jerarquía a medida que se desarrolló. Su comienzo, con la transcripción para dos pianos que Nicolás Economou realizó de la popular Suite "El cascanueces", de Tchaikovsky, tuvo por mérito mayor la prolija versión realizada por el músico rumano, que fue animada a dos pianos por Martha Argerich y Eduardo Hubert. La novedad y el acierto de la transcripción y los logros interpretativos de algunos de sus inolvidables números superaron la lectura que ambos pianistas realizaron de sus ocho números, la que dejó entrever algunos desajustes y pasajes azarosos que, sin duda alguna, hubieran podido tener mejor fortuna con algunos ensayos más.

Martha Argerich, espectacular
Martha Argerich, espectacular. Foto: Rodrigo Néspolo

Resultaron efectivas las recreaciones de la introducción, con su clima de encanto feérico; con admirable claridad y calidad sonora en la articulación de las notas repetidas, así como en las imitativas de la celesta en la "Danza del Hada Bombón". Hubo logrado frenesí en la Danza rusa ("Trepak"); la Danza árabe tuvo sugestión y cierto misterio, con matices expresivos difuminados, y la Danza china, gran efectividad; no así la Danza de las flautas. Finalmente,el "Vals de las flores" fue vertido en el piano de Argerich con gran elegancia y flexibilidad rítmica. Resultó evidente que la afinación del segundo piano, particularmente, dejó algo que desear, pero el hecho abre interrogantes sobre el tiempo disponible previsto en la secuencia y la apretada agenda de conciertos de este festival, o de los futuros.

Fue atrayente la intervención de la pianista rusa Mikhailoff al abordar la ejecución del Concierto N° 2 Op.18 de Sergei Rachmaninov, obra riesgosa por su gran popularidad, que requiere no sólo de una ajustada preparación técnica, por su expansividad discursiva, sino además -y muy especialmente- de la expresividad de su mensaje posromántico, conjunción no muy frecuente entre los pianistas jóvenes. En este sentido, Oaxana Mikhailoff resultó ser una intérprete válida, equilibrada en la aplicación de sus medios técnicos y expresivos, y con suficiente arrojo como para encarar un lenguaje que requiere producir sonoridades profundas, como las que dio en los acordes iniciales, y muchas veces decidido virtuosismo. Subsiste en ella, no obstante, cierta atención excesiva puesta en la ejecución -posiblemente por las circunstancias de su debut- que inhibe la expresividad del lenguaje introspectivo del compositor ruso, aun cuando posee todos los recursos para lograrlo. Sus acordes son parejos y bien ligados en el canto, su articulación es pulcra y el fraseo, expresivo. El Adagio sostenuto tuvo momentos sumamente logrados, y el Pi animato fue muy efectivo, así como el deslumbrante Allegro scherzando final, interpretado con brillo y elocuencia expresivos. Su piano fue siempre audible, aun en los pasajes con plena intervención de toda la orquesta, y su actuación fue muy celebrada.

Tras una versión enérgica y vital de la obertura de "Russlan y Ludmila" por parte de la Sinfónica, con buen despliegue de cuerdas y metales, se llegó a la parte final del concierto.

Actuación espectacular

Compuesto en tiempos en que su genio florecía sin limitaciones, y antes del regreso a su patria de su autor, en 1927, donde se afirmaba la estética del "arte dirigido", el Concierto N° 3 en Do mayor de Prokofiev tiene rasgos originalísimos. Su discurso inquieto e inquietante, anguloso, de una inventiva imprevisible, producto de una sensibilidad exacerbada, posee asperezas armónicas y ritmos frenéticos. Pero, asimismo, lánguido lirismo en los movimientos lentos, todo lo cual requiere de una sensibilidad interpretativa sumamente amplia y abierta para captar los mínimos detalles del fraseo, los acentos, el color y el timbre.

Y todo esto se hizo patente con la interpretación de Argerich, llena de vigor energético, plena de vida y creatividad. Verla y oírla fue una experiencia espectacular, en el genuino sentido de este calificativo. Su ejecución cumple todos los requisitos de la perfecta coordinación entre la relajación y la contracción muscular selectiva,único fundamento que posibilita la enorme disponibilidad de recursos técnicos y expresivos que posee, con un contralor ejercido en todo momento de la ejecución.

Es esto lo que le posibilita rescatar aun los mínimos detalles expresivos del original discurso de Prokofiev, los niveles más profundos y originales de su creación, traduciendo sus esencias musicales con absoluta y pasmosa naturalidad, como si fuera un juego de niños. El mensaje llegó así a los oídos de la audiencia,en sus reales dimensiones estéticas. La ejecución del Allegro , después del breve Andante que lo precedió con un tema popular ruso, afloró súbitamente con un sonido pianístico pleno, asumiendo toda la vivacidad del estilo, con el tono burlón (insinuado por las castañuelas), con una fluidez y un brillo inusitados. Su dedos fueron del uno al otro extremo del teclado, con acordes masivos en "staccato" en los que el ataque percusivo fue preciso, brillante, sin dureza -aunque casi siempre bordeando el límite-, equiparándose eficazmente con la orquesta. Esta se mantuvo en los pasajes de densa concentración armónica con el perfecto contralor dinámico que Calderón le imprimió, siempre con un buen rendimiento sonoro y expresivo. El impresionante "crescendo" de acordes percutidos de ambas manos y los "glissandos" causaron asombro.

Las variaciones del segundo movimiento (Andantino) ofrecieron otros aspectos de la ductilidad de Argerich para adaptarse a los sutiles cambios anímicos y expresivos, con la sutil vena lírica de Prokofiev, en la cuarta variación, o con vivacidad tocatística, o los vigorosos acentos y las octavas percutidas de la quinta, antes de sus arpegios que recorren todo el teclado. Las maderas de la orquesta desempeñaron un óptimo papel al final del movimiento, y hubo una impresionante culminación virtuosística por parte de la solista, que recibió una ovación harto elocuente.

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