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Energía, el desafío del futuro

Opinión

Por Roberto E. Cunningham
Para LA NACION

La reciente noticia sobre el gigantesco apagón producido por el colapso de centrales eléctricas en Estados Unidos y Canadá, hace unos días, lleva implícita un aspecto que pocos se han encargado de señalar. Este accidente nos enfrenta de manera brusca e imprevista con una cuestión que puede ser enfocada desde dos ángulos contrapuestos: por un lado, el caos en que se sumerge una sociedad moderna cuando carece de energía y, por otro, el límite al cual llega dicha sociedad moderna ante el exceso del consumo de energía.

Vale, pues, la pena repasar históricamente el proceso seguido por la humanidad en este terreno. En primer lugar, decir que la energía es el motor que mueve toda actividad humana parece una perogrullada. Sin embargo, repetirlo y analizarlo no está de más, a la luz de los acontecimientos vividos.

Para todo historiador (sea de la economía, de la tecnología, de las guerras, de la civilización, etcétera) la evolución y progreso del hombre están ligados al consumo de energía. A más progreso, más producción y consumo de energía, tanto en el nivel general como en el personal. Ese es el signo de la historia. ¿Cuáles son los orígenes de este proceso? El comienzo está ligado al momento mismo en que el mono deja de ser tal, se yergue sobre dos patas y evoluciona hacia la condición del hombre. En ese mismo instante, además del consumo energético que significaba su dieta alimentaria, el animal hecho hombre comienza a necesitar otras formas de energía, primero bajo la forma del fuego (para calefacción, iluminación, cocción, lucha) y luego como tracción, a sangre, humana y animal.

A esto le sigue el aprovechamiento del viento, primero con la navegación a vela y luego con el molino, inventado por los persas. Continúa el aprovechamiento de la energía hidráulica para los molinos, ya conocido por los romanos.

Estas fuentes primarias de energía fueron la base del sustento energético de la humanidad durante milenios. Pero el consumo superó a la producción. Por ejemplo Europa, que una vez estuvo poblada por enorme cantidad de bosques, asistió a la desaparición progresiva de sus zonas boscosas, hasta un punto de virtual desaparición.

El carácter limitado de estas fuentes obligó a buscar sustitutos y provocó la aparición protagónica del carbón mineral, hecho ocurrido en el transcurso del siglo XVIII, fundamentalmente en Inglaterra. Ese cambio implicaba una novedad: la sustitución de un recurso de biomasa renovable (la leña) por otro fósil no renovable y, por ende, agotable. Por ello, los economistas clásicos de la época (Adam Smith, David Ricardo, John Stuart Mill) pronosticaron el fracaso del intento de utilizar la nueva fuente. No contaban con la enorme cantidad de reservas de carbón, lo que posponía el problema del agotamiento para algunos siglos más adelante.

El carbón mineral fue en el siglo XVIII el motor energético que alimentó a la Revolución Industrial. Esta cambió la imagen del mundo conocido hasta entonces por la que hoy tenemos. La máquina de vapor es hija del carbón mineral y fue la que movió mecánicamente la industria textil y propulsó la industria del hierro y del acero.

Aumento constante

El resto es historia conocida. En la segunda mitad del siglo XIX se asistió a la aparición y desarrollo del petróleo, primero como fuente de iluminación de lámparas a kerosene y luego como combustible del motor a explosión, aplicado en la industria automovilística.

Llegamos así a nuestros días, en los que al carbón mineral y al petróleo se añadió el gas natural, lo que completó la trilogía de las fuentes primarias fósiles de energía que constituyen la base fundamental de toda sociedad industrial.

Entretanto, la producción y consumo de energía ha venido incrementándose en forma progresiva y constante. Así, desde las 2000-3000 kilocalorías de consumo diario per cápita se ha llegado a una cifra que, en una sociedad industrial contemporánea, hoy es unas cien veces mayor. Y la demanda sigue creciendo.

Nuestra civilización se ha hecho a la medida del petróleo. Caminos, automóviles, tractores, barcos, aviones, centrales térmicas: todos ellos funcionan a su amparo, hasta que los apagones nos enfrentan brutalmente con la realidad. ¿Qué pasa en una sociedad sin energía? ¿Qué hay de las fuentes alternativas de la misma? Todavía hay resto para las reservas fósiles, mucho para el carbón mineral, menos para el gas natural y menos aún para el petróleo. En la carrera por reemplazarlos aparecen problemas de tecnología, de costos y de infraestructura (estos últimos generalmente olvidados).

Menuda tarea la de las generaciones que vienen: encontrar la sustitución de las fuentes de energía que supieron construir la civilización que conocemos y hacer al mismo tiempo un mundo mejor que el que hasta hoy hemos construido.

El autor es director general del Instituto Argentino del Petróleo y el Gas (IAPG).
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