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Maravillosa saga porteña de los músicos checos

Jueves 18 de septiembre de 2003

Concierto del Trío Guarneri de Praga (Cenik Pavlik, violín, Marek Jerie, chelo, Ivan Klansky, piano), con la Orquesta Sinfónica Nacional. Dirección: Pedro Ignacio Calderón. Programa: Schubert: Trío N°2 en Mi bemol mayor, Op. 100, D. 929; Beethoven: Triple concierto para violín, chelo y orquesta, Op. 56. Fuera de programa: movimientos de tríos de Mendelssohn, Haydn y Beethoven. Fundación Kinor. Teatro Colón. Nuestra opinión: muy bueno

La primera parte de este concierto, cuando el Trío Guarneri se presentó en soledad para tocar el Trío D. 929 de Schubert, fue, a su manera y con otro público, el segundo capítulo de la maravillosa saga de los músicos checos en Buenos Aires, después del debut que había tenido lugar el viernes anterior. Para quienes tuvieron la fortuna de observar ambas actuaciones, fue una buena ocasión para confirmar que no hubo desmesura alguna en el elogio franco y generoso que, oportunamente, desde estas páginas, se vertió sobre la tarea del conjunto checo. Del Auditorio de Belgrano se trasladaron al Colón, en lugar de un repertorio de compositores checos hubo sólo Schubert y la Fundación Kinor reemplazó a Festivales Musicales. Pero el Trío Guarneri fue el mismo, excelente, atrapante, profundo y, por supuesto, inolvidable.

Todos para uno

El Trío Guarneri de Praga se mostró como un grupo notable
El Trío Guarneri de Praga se mostró como un grupo notable. Foto: Rodrigo Néspolo

Una segunda mirada, distanciada por un fin de semana sumamente agitado para los porteños, puede aportar otras lecturas con respecto al funcionamiento de este grupo. Si bien la fórmula de los mosqueteros, aquella del "todos para uno y uno para todos" puede ser aplicada impecablemente para este ensamble, queda claro que hay uno que parece ser el alma y el motor del equipo. Basta mirarlo a Klansky para comprobar que quien toca el piano, en el más artístico de los sentidos, empuja a sus colegas hacia delante. Más allá de una técnica impecable y de una precisión musical absoluta, en su rostro, en sus gestos y en sus actitudes se reflejan el drama y la poesía, la alegría de la danza, el lirismo y hasta las adversidades. Exactamente como lo hacía Menahem Pressler en el Trío Beaux Arts, aquel que logró ser considerado el mejor trío del siglo XX, así trabaja Klansky. Pavlik y Jerie, sus cómplices de aventuras, por supuesto, se suman magníficamente en el trabajo de recrear cada nota y cada sonido como si fueran el último y el más necesario.

Con respecto al Trío D. 929, de Schubert, no es imaginable una interpretación más convincente o más acabada. En especial, fue notable el segundo movimiento, cuando los tres tocaron del modo más sublime y más perfecto las melodías cantables, onduladas y bellas que el compositor acostumbraba a sembrar de manera milagrosa en los movimientos lentos de sus obras instrumentales.

Pero los milagros se desvanecieron un tanto en la segunda parte del concierto, cuando la Sinfónica, con su director titular, Pedro Ignacio Calderón, se sumó a los músicos checos para hacer el Triple Concierto de Beethoven. Si bien no hay reproches sobre la actuación de la orquesta -en cambio, sí se pudo percibir en los cuerdistas del Guarneri algunas inexactitudes que no habían aparecido anteriormente- de algún modo, no pareció que la colaboración, o la suma de fuerzas, entre los solistas y la orquesta haya sido la mejor.

Llamó la atención, por ejemplo, que, a lo largo de toda la obra, Calderón, como ensimismado sólo en la orquesta, prácticamente no haya dirigido ninguna mirada hacia los solistas y que éstos siguieran funcionando con cierta independencia. El chelista, directamente de espaldas al director y al pianista, sólo se entendía con el violinista y Klansky, siempre impecable, siempre atento, con sus mismos gestos eficientes, necesarios y estimulantes, en algunos momentos, parecía querer asumir él mismo la dirección. Fuera del tutti inicial, correctamente interpretado, Calderón hizo transitar a la orquesta por caminos sumamente pacíficos, en un segundo plano, a veces, demasiado lejanos y subsidiarios, cuando el empuje y el sinfonismo beethoveniano podrían haber aparecido en plenitud y generar contrastes que no existieron.

Por lo demás, fue una picardía que Beethoven hubiera escrito esta obra para un trío de solistas que, originalmente, estuvo conformado por dos músicos profesionales, el violinista y el chelista, y un pianista de recursos limitados, como era el archiduque Rodolfo de Austria, amigo y protector del compositor. Por lo tanto, las partes del piano no son las más trascendentes y sus intervenciones no avanzan más allá de algunas presencias necesarias, pero también accesorias. Y si bien estas consideraciones podrían hacerse cada vez que la obra es interpretada, la pena sobreviene casi inevitable cuando es un pianista como Klansky quien está sobre el escenario.

Fuera de programa, con los músicos de la Sinfónica como testigos afortunados, la magia del Guarneri se instaló nuevamente. Sin que hicieran falta larguísimos aplausos, el Trío ofreció movimientos sueltos de tres obras de Mendelssohn, Haydn y Beethoven. Fue otra prueba de generosidad por parte de los músicos praguenses. En realidad, el público parecía dispuesto, y de muy buena gana, a seguir aplaudiendo durante larguísimos minutos, aunque no fuera para recibir alguna pieza fuera de programa sino para agradecer por la muy buena música recibida.

Pablo Kohan

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