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Del "Plan Andinia" a los mochileros israelíes

PATAGONIA: de mitos e invasores

Enfoques

Los supuestos dichos del general Roberto Bendini sobre un plan de sectores israelíes para apoderarse del Sur de nuestro país reflotaron viejos mitos nacionalistas y antisemitas, y pusieron en evidencia el pensamiento de grupos que consideran que algún enemigo externo acabará intentando adueñarse de los recursos naturales de la región

Nunca aclaró Antonio Pigafetta, el cronista de la expedición de Hernando de Magallanes, por qué a la Patagonia la llamaron así. Escribió en el año 1520 aquello de los hombres "de aspecto gigantesco" y hasta tuvo un párrafo para las mujeres: "No son tan altas como los hombres, pero mucho más gordas; cuando las vimos quedamos estupefactos". El problema fue que 300 años más tarde, Carlo Amoretti, archivero de la Biblioteca Ambrosiana de Milán, editó el viaje de Pigafetta/Magallanes y, sobre lo que decía el manuscrito original, introdujo algunas reformas para "facilitar la comprensión y aumentar la decencia".

El aumento de la decencia, si de eso se trataba, no contribuyó, como suele suceder, a conocer la verdad desnuda: hasta el día de hoy existen controversias acerca de si el nombre de la Patagonia se originó en la impresión que los pies de los nativos hicieron en los españoles o en qué metáfora. Y, desde luego, existen mil interpretaciones acerca del lente que usaron los recién llegados para ver, o querer ver, a los patagónicos de aquella época así de corpulentos como para calzar tanto o más que un basquetbolista. Y si se esclareciera que lo de la pata fue, en efecto, por el tamaño del pie, ¿de dónde salió -asunto menor- la terminación gonia ?

Desde el vamos la Patagonia fue un misterio, una lejana tierra fría llena de enigmas donde proliferaron las leyendas, los mitos y, con menos poesía, las mentiras insondables, de esas que flotan por los siglos a falta de ciencia que las disuelva.

Que ese rasgo esencial del millón de kilómetros cuadrados situados desde el río Colorado hasta el cabo de Hornos haya llegado intacto hasta el siglo XXI, se debe, primero que nada, a su despoblación: una constante. Pero ningún desierto del mundo -y la Patagonia, que conjuga mesetas semiáridas con tierras fértiles, no es un desierto- tiene semejante halo, quizás porque en otras partes no se mezclan la bruma marítima con el polvo volador de la estepa, las ballenas y los guanacos, el hielo y las playas, tanta montaña con tanta planicie y, menos que menos, tanta riqueza natural entre tan poca gente.

Pigafetta ni soñó con que, medio milenio después de él, la Patagonia sería marca registrada y las resonancias atrayentes de ese nombre mágico servirían para vender indumentaria no siempre de lana local, seducir a pescadores californianos de truchas o cautivar a turistas holandeses, suecos o canadienses sedientos de paisajes e historias que apacigüen su rutina primermundista. Menos debieron de imaginar él y su gente, quienes venían a conquistar -a qué si no-, que la conquista, no en el sentido de someter a los indígenas más o menos bestialmente sino en el de dominar la naturaleza, poblar el lugar y desarrollar todas sus potencialidades, continuaría siendo un trámite inconcluso hasta los tiempos de Néstor Kirchner, el primer presidente patagónico de la Argentina (excluido el rionegrino José María Guido, único civil que gobernó de facto en un entretiempo constitucional y quedó asociado con esa singularidad, no con su primer domicilio).

Como Kirchner se ofreció para gobernar a todo un país devastado, hambriento, urgido por salir del rincón de las penitencias donde lo estacionaron los regentes del mundo globalizado, nadie le exigió (aún) que se acordase de la gran región olvidada, la suya, para privilegiarla en compensación. Pero en forma inesperada catapultó la Patagonia a la agenda del día el mismísimo militar que el Presidente había traído del Sur por considerarlo el más confiable de todos, el general Roberto Bendini, quien lo habría hecho de la peor manera. Aunque aun no está confirmado, Bendini habría juntado dos palabras, Patagonia y judíos, en una combinación temeraria, delirante y execrable para cualquiera que conozca los gustos del nazismo criollo. Sea por lo que dijo, por lo que dijeron que dijo o por lo que se creyó que debió de haber dicho -está claro que no fue un instante de silencio lo que disparó el escándalo-, sobró para que un frío de angustia corriera por las espaldas de muchas personas, entre ellas las que gobiernan, perplejas o cuanto menos sorprendidas por lo que primero apareció con el aspecto de una operación de prensa salida de una interna militar y luego fue un mar de dudas.

Con todos los frentes abiertos que oferta, la Casa Rosada no esperaba que el remanido tic antisemita de asociar la Patagonia con eventuales "invasiones judías" o con una expansión israelí estrenara un frente nuevo. Menos, que el jefe del Ejército seleccionado hace tres meses tras descartarse a numerosos generales tuviera que estar dando explicaciones sobre el presente en primera persona (lo habitual fue hasta ahora exigir a militares cuestionados que rindieran cuentas sobre su pasado) en materia tan sensible como la discriminación racial.

Otras leyendas

¿Qué cuota aportó Bendini a la confusión? Todavía no está claro. Una parte considerable de la comunidad judía no se dio por satisfecha con la virtual absolución de culpa por parte de la comisión oficial que debía decir, en definitiva, si fermenta o no un pliegue antisemita en el pensamiento del general de división número uno. En cambio, el aporte contextual, esa difusa sensación de que en la más excéntrica e inabarcable región del mundo todo es posible, sigue allí impertérrito, tan ajustado a la sustancia patagónica como la cola de la Cordillera de los Andes, el persistente viento estepario o la desolación infinita.

¿Quiere el mundo apropiarse del sur argentino? ¿Podría Israel, ahora, después de que Chile, por fin, devino socio manso, querer quedarse con el río Limay completo?

Duró siglos la leyenda de la Ciudad Encantada. Decían que la habían visto en un lugar o en otro de la Patagonia y hasta llegaron a incluirla en el rincón de algún mapa de factura hispana donde, desde luego, no estaba. Lo que sí se hallaba era el encanto: cualquier turista, hoy, lo palpa en el borde de un lago neuquino donde no se alcanza con la vista la copa de los árboles, navegando en un canal fueguino o en la inmensidad santacruceña, en medio de la nada, esa nada única.

Estaba el Plan Andinia, libelo planfletario de fines de los sesenta que puso en letra de molde la leyenda de la angurria israelí respecto de la Patagonia. Para confirmar los planes invasivos del sionismo, en los setenta, los devotos del Plan Andinia chequeaban sus dichos, en sesiones de tortura, con detenidos de origen judío, claro que sin opciones de parte de los interrogados. No contribuyó esa aplicación a dotar de prestigio académico al Plan Andinia, al cabo una sofisticada composición neonazi que en la época se entroncaba con frecuentes acusaciones conspirativas de la "sinarquía internacional".

Tierra de canje

Y cuando la Argentina quebró, era de esperarlo, la apropiación compulsiva pasó a ser entrega. Había planes, se repetía, de canjear la Patagonia por deuda, quién sabe de quién y menos a cuánto. Nada demasiado serio, hasta que la hipótesis apareció publicada en The New York Times, un año atrás. En rigor, la hipótesis no dejó de ser poco seria por haber aparecido en ese gran diario, pero permitió que desde una perspectiva psicológica se dijera que en el inconsciente colectivo del argentino medio (argentinos no patagónicos, se entiende), la idea del canje no sonaba del todo mal. Pero si todo rumor requiere de cierta apoyatura verosímil para circular, acá el physique du rol del operador no ayuda: el argentino medio no creería que el actual presidente es la clase de persona que se acuesta pensando en consentir un canje de Patagonia por deuda.

Desde Butch Cassidy hasta los submarinos que habían exiliado al propio Hitler, desde el auténtico Darwin y el Nahuelito hasta los criminales de guerra nazis camuflados, como Erich Priebke, entre las colonias alemanas, la Patagonia siempre fundió verdades y medias verdades con ficción. También el reciente cine argentino privilegió el Sur para hablar de fugas ("Caballos salvajes"), aislamiento ("El viento se llevó lo que") o soledad ("Historias mínimas") y aprovechó esa aureola polvorienta, lejana, inhóspita, y sobre todo distinta, donde el tiempo y el espacio dejan de medirse en términos decimales.

Pues bien: ¿a qué matiz pertenece el plan de ocupación israelí y el de la voracidad extranjera por nuestra agua potable, recurso escaso en el planeta que los gurúes más ilustrados ven como motor de la mayor discordia del siglo que empieza y que Bendini habría vinculado, con tono más estratégico que literario, con pretensiones lucubradas en Tel Aviv?

Ocurre a menudo con las fantasías: algo de cierto esconden. Lo del agua es real. En el mundo falta agua. Y la Patagonia tiene. Lo del interés del mundo por la Patagonia también es real, aunque no necesariamente en clave de apropiación. Quien haya estado en Frankfurt, aunque sea un par de horas, en una conexión aérea, habrá sido interrogado allí por algún gentilhombre deslumbrado por vagas nociones de una apetecible Tierra del Fuego, algo casi tan entrañable en la tierra del Goethe como nuestro Diego Maradona. Por cierto, también hay intereses de otras modalidades. El de los hermanos italianos Carlo y Luciano Benetton, por ejemplo, quienes compraron 900 mil hectáreas en Neuquén y Chubut, o el del norteamericano Ted Turner, que decidió no gastar más dinero en hospedaje cada vez que iba a esquiar a Bariloche y compró, como es sabido, una finca de cinco mil hectáreas que desató las primeras controversias sobre las contradictorias limitaciones argentinas, nacionales, provinciales y municipales, para traspasar la tierra -bueno, y los lagos y los ríos- a manos extranjeras. No son los únicos. También Joe Lewis, dueño de la cadena Planet Hollywood, Daniel Lerner, presidente de Walt Disney en América latina, y el húngaro George Soros, entre muchos otros poderosos angloparlantes, se interesaron por la Patagonia chequera en mano, formando una pléyade de inversores modernos, continuadores, en definitiva, de los mayores y tradicionales compradores de tierras patagónicas, los ingleses, latifundistas de vanguardia.

En cuanto a los israelíes, importa advertirlo: que los hay en la Patagonia, los hay. Se mueven en grupos, son jóvenes y hablan, entre ellos, en hebreo. Para más datos, una buena parte viene de la milicia. Acaban de quitarse el uniforme del ejército israelí, aunque sus planes de visitar el volcán Lanín, llegar a dedo hasta el lago Argentino y eventualmente atravesar el país rumbo a Puerto Madryn, en principio, no han sido aprobados por Ariel Sharon sino por un guía turístico doméstico: se trata de jóvenes de veintitantos que toman vacaciones entre su salida del ejército y su ingreso en la universidad. ¿Eligen justo nuestra Patagonia? Cuentan viajeros que también es fácil encontrar a estos grupos de jóvenes israelíes en la República Checa, en Turquía o en Inglaterra. Y que en Río de Janeiro no es raro cruzarlos. Pero por algún motivo, cuando eligen la Patagonia argentina, reverdece sobre sus intenciones la Ciudad Encantada y el Plan Andinia, todo junto: están aquí y allá, susurran los informantes, y vienen en misión secreta. Siempre hay alguien que los escuchó decir en hebreo que lo que vienen a tomar no sólo son fotos.

A quienes dentro de las escuelas militares argentinas admiran las calidades militares de los israelíes bien podría llamarles la atención que, tres décadas y media después del Plan Andinia, el Estado de Israel siga queriendo apropiarse de la Patagonia y no hubiese hecho progreso alguno. Pero, en rigor, cierto nacionalismo en torno a la despoblada Patagonia, por el cual se cuelan enemigos de dudosa comprobación, no sólo encuentra asidero en las filas militares sino entre pobladores de la región.

"Nacidos y criados"

Desde ya, es más fácil encontrar a un representante de ese nacionalismo difuso -y probablemente desconcertado en cuanto a paradigmas desde que el manejo del poder se trasladó de la propiedad de la tierra a las trasnacionalizaciones financieras- entre los "nacidos y criados" en el Sur ("nyc") que entre habitantes de la metrópoli. Basta recordar que en diciembre de 1978, cuando el Vaticano logró en el último minuto que se cancelara la guerra inminente con Chile por la propiedad de las islas Picton, Lennox y Nueva, en el Canal Beagle, muchos porteños celebraron la paz que decenas de fueguinos lamentaron.

Es distinta la vida en el Sur y son diferentes, también, las percepciones de la virginidad patagónica, una asignatura pendiente, a lo sumo, en la óptica distante y alfombrada, y un tesoro bajo riesgo, en cambio, para los que desde el terreno escarpado alzan la vista y asimilan el horizonte despejado con tierra de nadie.

Hasta la relación cívico-militar es más estrecha en tierra patagónica, como bien lo sabe -vueltas del destino- el presidente Kirchner, que estableció en Santa Cruz su larga amistad con Bendini. La trasnochada reivindicación indirecta del Plan Andinia que se le ha endosado a Bendini no permite saber ahora, lamentablemente, cuántas de las ideas de este general volcadas en la fatídica charla de la Escuela Superior de Guerra corresponden en forma genuina a lo que podría denominarse, genéricamente, pensamiento nacionalista sureño. Pero es cierto que Bendini, como jefe de la Brigada Mecanizada XI, fue el principal promotor -y director- del Centro de Estudios Estratégicos Patagonia Austral, iniciativa armada con el concurso de un grupo de funcionarios del gobierno de Santa Cruz, la mayor parte de los cuales acompaña hoy al ex gobernador en la Casa Rosada. No se trataba exactamente de una logia: el 14 de marzo de 2002 la Cámara de Diputados de Santa Cruz declaró de interés provincial a ese centro y sus publicaciones fueron impresas en los talleres gráficos de la legislatura. Son textos basados en un diagnóstico de la situación actual de la Patagonia que un nacionalismo moderado, no belicista, podría suscribir. Hablan de las potencialidades naturales, de la seguridad del Estado, de la necesidad de un trabajo conjunto cívico-militar y se ocupan, sí, del tema del agua como eje de futuras controversias mundiales, pero no mencionan, antes donde se conoce, a supuestos invasores extranjeros.

Cercana al mismo centro de estudios, la actual vicegobernadora de Santa Cruz, Selva Judit Fortsmann Massera, también ha advertido que "una parte importante de la población mundial orienta su mirada a la Patagonia, por considerarse la misma un Objetivo Estratégico". E incluyó el "flujo de migraciones" en una lista de calamidades mundiales junto a "las pocas fuentes de agua" y "la carencia de recursos para producir alimentos".

Flaco favor a la causa patagónica, en todo caso, le está haciendo el episodio de la supuesta acusación contra Israel y el judaísmo que, vale recordarlo, son cosas distintas. De tantos naufragios que hubo a través de los siglos en las aguas que bañan la Patagonia, fuente, también, de mitos y misterios, a esta altura ya se podría advertir que, si siempre conviene ser preciso, cuando se habla de un territorio tan vasto, tan abandonado y tan atractivo, codiciado, creen algunos, la claridad resulta más imperativa que nunca. Si Bendini naufragase víctima de sus propias palabras, una causa noble, el futuro de la Patagonia, también se ahogaría un poco.

Colaboración: Mariela Arias, corresponsal en Santa Cruz. .

Por Pablo Mendelevich
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