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Lugares

Villa Ocampo: refugio de pensadores

LA NACION revista

Hace poco, un incendio devastó esta mítica residencia que perteneció a Victoria Ocampo, donde recibió a lo más granado de la intelectualidad del mundo. Esta es la historia de sus tiempos de esplendor

La casa de Victoria Ocampo en San Isidro fue construida por su padre, el ingeniero Manuel Ocampo, para Francisca Ocampo de Ocampo, tía abuela de la escritora. Villa Ocampo fue inaugurada en 1891, como lo proclama la cima de la fachada que da al Río de la Plata. El portón de dos hojas que, desde la calle Elortondo, da acceso al jardín anterior se abría en las grandes ocasiones y, por supuesto, para dar paso a los coches. En la época en que conocí a Victoria (mediados de los años 60), los amigos tocaban el timbre que estaba al lado de una puerta más pequeña, en uno de los extremos del muro de protección, y una vez que un mucamo franqueaba el ingreso, se recorría un sendero de ladrillos flanqueado por plantas y árboles, que conducía a la residencia. Mientras se caminaban esos pocos metros, los perfumes y los colores envolvían al visitante. Las dalias eran el orgullo de Victoria. "¿Usted vio algo así en algún otro jardín?", preguntaba mientras oficiaba de guía. Nadie se hubiera atrevido a decirle que había dalias comparables.

El perfil de la construcción es imponente, pero tiene una calidez (debida entre otras cosas al color ocre rojizo de las paredes exteriores, el mismo de los palacios romanos), que hace pensar en un hogar de los que abundan en los cuentos para chicos y adolescentes, pero también en el escenario de complejos argumentos de películas y relatos. Esa mansión tiene una cualidad novelesca que proviene, quizá, de la mezcla de estilos, de la nobleza de los materiales y de la feliz asociación de la naturaleza y la arquitectura lograda por el padre de Victoria. El escritor Alain Robbe-Grillet cuando visitó Villa Ocampo le dijo a Victoria al ver el inmenso hall, iluminado por una linterna que, desde lo alto, deja pasar la luz natural: "Esto me hace recordar a Marienbad". Como la mayoría de los autores no podía evitar relacionar todo lo que veía y oía con su propia obra y, en esos años, Robbe-Grillet acababa de estrenar la película Hace un año en Marienbad, que se desarrollaba en aquella lujosa y tradicional estación de aguas termales. Creía que esa comparación halagaría a Victoria. Ella, por un momento, no pudo impedir que por sus ojos oscuros, ocultos por los anteojos negros de montura blanca, pasara un relámpago de indignación. Más tarde, cuando Robbe-Grillet se retiró, Victoria se desahogó: "¿Alguien puede imaginarse una atmósfera más opuesta a Marienbad que la de esta casa? Marienbad en la película de Robbe-Grillet es una heladera." Para Victoria, Villa Ocampo era el resumen de su vida y, por eso mismo, de parte de la cultura nacional. No planeaba para su casa, en la que había vivido y amado su familia y por la que habían pasado algunos de los espíritus más destacados del siglo XX, una sobrevida de fantasmas. Por eso la legó a la Unesco.

Se ha hablado tanto del valor de Villa Ocampo que muchos la imaginan desbordante de tesoros. No es así. Por cierto, hay piezas valiosas, pero no son tantas. En vida de Victoria, llegué a ver la alfombra sobre cartón de Picasso, colgada como tapiz en el rellano de la escalera de ingreso que conducía al piso de recepción. En el cuarto donde ella se reunía con sus amigos para charlar, el hogar estaba presidido por un tapiz de Léger. En el hall, se destacaban dos retratos de antepasados firmados por Prilidiano Pueyrredón. Además, estaban los cuadros y esculturas que representaban a la propia Victoria, entre ellos, un retrato de ella, al borde del mar, firmado por Figari. Una serie de dibujos de la juventud de la escritora, realizados por Paul Helleu se encontraban en un escritorio, con bibliotecas bajas. En esas pointes-sèches, se la ve en la plenitud de su belleza. El pintor era uno de los grandes retratistas de la belle époque. Fue el artista que dejó la última imagen de Proust en su lecho de muerte. Sobre una mesa de Villa Ocampo, también se podía ver el pequeño bronce en que el príncipe Troubetzkoy había captado con refinamiento delicuescente el encanto de la dueña de casa, envuelta en una capa de chinchilla y tocada con una aigrette. Otro de los retratos de Victoria en exhibición era el que le había hecho Dagnan Bouveret, especializado en figuras de alta sociedad. En sus memorias, la escritora habla de las sesiones de pose con ese hombre mucho mayor que ella, al que le confiaba sus aspiraciones de actriz y de escritora y con el que terminó por unirla una curiosa amistad.

En uno de los cuartos que daba al jardín, estaba el piano de media cola en el que tocó un batallón de virtuosos y de celebridades, entre ellas Federico García Lorca. A veces, sobre el atril, se veía alguna obra musical, encuadernada, en cuyo lomo se podía leer en caracteres griegos: Niké (Victoria, en griego). El amplio comedor no podía ser más sencillo. La boiserie de los muros daba calidez al conjunto. Alrededor de la mesa ovalada, se celebraban los tes dominicales, que llegaron a hacerse famosos por los invitados.

Todo era muy simple: budín inglés, alfajores, medialunas, mermelada, dulce de leche y tostadas. Victoria adoraba las tostadas y muchas veces trataba de calmar su angustia o una decepción contando sus penas a alguna amiga íntima, como María Rosa Oliver, mientras consumía una docena de tostadas entre lágrimas de furia o de dolor. Ese gusto por lo simple no tenía nada que ver con un sensibilidad primitiva ni ingenua, todo lo contrario, sino con el amor por las cosas genuinas, por la nobleza de los materiales y de las almas. Gran admiradora de Proust, Victoria podía guiarse perfectamente en el laberinto tortuoso de los sentimientos proustianos porque estaban narrados con claridad. Y Victoria amaba la claridad aun cuando se tratara de indagar en los aspectos más oscuros del ser humano porque en la luz de la razón veía un atributo moral. El olfato infalible para detectar la calidad la llevaba a evitar lo superfluo y lo falso como si fueran formas poco atractivas del pecado.

El valor de Villa Ocampo va más allá del patrimonio arquitectónico, de la biblioteca y de los objetos de arte: tiene que ver con el espíritu y con el recuerdo de quienes amasaron sus sueños y crearon en esa casa. Muchos de los huéspedes de Villa Ocampo forjaron el siglo XX y lo que somos. Hoy, para preservar ese legado inestimable, se requieren sólo dos cosas: la nobleza de Victoria y su capacidad para realizar sueños. .

Por Hugo Beccacece
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