Si usted es una persona con dificultades visuales, navegue el sitio desde aquí

Brillante acontecimiento cultural

Sábado 11 de octubre de 2003

"Gurrelieder" (Canciones de Gurre), de Arnold Schönberg, con texto de Jens Peter Jacobsen, en versión alemana de Franz Arnold. Concierto sinfónico-vocal con la Orquesta Sinfónica Nacional y la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires, Coro Polifónico Nacional, con la dirección de Darío Marchese, Coro Nacional de Jóvenes, con la dirección de Néstor Zadoff y Coro Polifónico de Córdoba, con la dirección de Gustavo Maldino. Solistas: Alejandra Malvino (mezzosoprano), Lucila Ramos Mañé (contralto), Carlos Bengolea y Fernando Chalabe (tenores), Raúl Neuman (barítono) y Ricardo Yost (bajo-barítono). Dirección musical y concertación general: Pedro Ignacio Calderón. Función Nº 16 del Ciclo de Abono de la OFBA. Teatro Colón. Nuestra opinión: excelente

Acaso haya sido una de las contribuciones culturales de mayor significación de la actual temporada la circunstancia de haber podido llevar a cabo, con muy buena calidad, la ejecución completa de la magna obra de Arnold Schönberg, "Gurrelieder" (Canciones de Gurre), en la que tomaron parte dos de las mejores orquestas del país y tres agrupaciones corales preparadas por especialistas. En total, más de 300 personas para servir al notable creador austríaco del siglo pasado, bajo la dirección de Pedro Ignacio Calderón, protagonista de una versión enjundiosa y respetuosa.

Vale la pena recordar que "Gurrelieder", de Schönberg, se ejecutó en primera audición para la Argentina en tres funciones ofrecidas por la Orquesta Estable del Teatro Colón, con la dirección del maestro alemán Horst Stein, en noviembre de 1964, oportunidad en la que intervinieron los cantantes Hildegart Hillebrech, Noemí Souza, Fritz Uhl, Jorge Algorta, Eugenio Valori y Víctor de Narké, con la preparación de coro a cargo de Valdo Sciammarella.

Dos de las mejores orquestas del país y tres agrupaciones corales al servicio de Schönberg
Dos de las mejores orquestas del país y tres agrupaciones corales al servicio de Schönberg. Foto: Soledad Aznarez

En la década del 90 Calderón, al frente de la Sinfónica Nacional, llevó a cabo una segunda versión en el Teatro Colón y en el Auditorio de Belgrano. (A propósito, resulta una lamentable pérdida para la conservación de la memoria del desarrollo cultural argentino que el Teatro Colón haya dejado de publicar desde hace un tiempo el detalle de las funciones anteriores del espectáculo o concierto ofrecido en cada oportunidad, no solamente en su sala sino también en otros escenarios diversos y de indicar en los datos biográficos de los intérpretes sus actuaciones en el país o si se trata de un debut. Un aporte que siempre fue posible y sería saludable restituir.)

Ahora, por tercera vez, el público de nuestro país puede entrar en contacto con esta composición monumental, razón por la cual el esfuerzo realizado por todos los protagonistas de la versión ofrecida son merecedores del mayor reconocimiento y gratitud, porque se trata de una obra cumbre de la música occidental que por su naturaleza y por provenir del genio indudable y polémico de Arnold Schönberg, es única en su más profundo significado estético e histórico.

Una vez más Pedro Ignacio Calderón revalidó sus notables aptitudes para afrontar obras del gran sinfonismo, pero que, además, son complejas en su desarrollo y preparación y en verdad su labor merece conceptuarse entre sus grandes contribuciones artísticas al lograr calar hondo en el lenguaje del autor y extraer el mejor resultado del gigantesco equipo de instrumentistas, coreutas y solistas puestos bajo sus órdenes, destacándose en primer término la homogénea calidad de las filas de las orquestas Sinfónica Nacional y Filarmónica, unidas en fraternal tarea artística.

Sonidos alternados

Fue sabia la determinación de que los primeros atriles de ambas agrupaciones se alternaran en los pasajes solistas en cada una de las partes en que se dividió la versión; dirigida con pasión inocultable por el maestro argentino el que ha alcanzado en este tiempo la plenitud de su capacidad artística.

También fue positiva la contribución de los cantantes solistas llamados a interpretar el texto del poeta danés Jens Peter Jacobsen, en versión alemana, que cuenta la historia del amor del rey Waldemar IV de Dinamarca con la joven Tove en el castillo de Gurre, con el tenor Carlos Bengolea en primer término, al abordar la ardua parte del personaje protagónico, dejando escuchar muy buen rendimiento vocal, al punto de obtener pasajes francamente bien emitidos por una voz más firme de lo habitual en él y hasta seductora por su excelencia en el fraseo y la búsqueda permanente de matices expresivos.

Gran mezzosoprano

Del mismo modo fue excelente el aporte de la mezzosoprano Alejandra Malvino como Tove, que se destacó por su sobriedad, inteligencia y segura musicalidad para afrontar una parte de tesitura alta como lo es el canto de la protagonista femenina. A la buena emisión, la consagrada cantante argentina sumó su proverbial concentración intelectual y su capacidad para obtener un canto de gran dignidad.

La otra solista femenina, Lucila Ramos Mañé impuso, en una parte de menor extensión, pero fundamental y conmovedora, un decir de impresionante fuerza expresiva, matices casi de contralto, sumamente adecuados para la voz de la paloma del bosque que revela el destino fatal de Tove, destacándose por canto con autoridad, del mejor cuño.

El tenor Fernando Chalabe cumplió con dignidad el cometido de interpretar a Klaus, el bufón, en tanto que ya resulta penoso escuchar a Ricardo Yost como relator, después de tan dilatada y brillante carrera aun en pasajes cortos, señal inequívoca de que ha llegado el momento para él de dedicarse de lleno a las enseñanzas de su experiencia artística de tanto relieve.

En cambio resultó muy significativo escuchar después de mucho tiempo al barítono Raúl Neuman, figura que ha aportado la suma de virtudes que se derivan de una sólida preparación intelectual, la base de una escuela de buenos maestros, la seriedad de un estudio meticuloso y de la actitud modesta al servicio de la música por amor al arte. Y por eso fue un campesino (su personaje de la historia) de impecable dicción alemana, decir expresivo y voz bien emitida y rica en matices.

También fue positiva la intervención de una masa coral gigantesca, conformada por los coros Polifónico Nacional (que atraviesa un momento de zozobra por la ausencia de Carlos López Puccio como titular), el Nacional de Jóvenes y el Polifónico de Córdoba, en visita de llamativa motivación, preparados con buen resultado por los maestros Darío Marchese, Néstor Zadoff y Gustavo Maldino, respectivamente.

Sin embargo, el único aspecto que provocó un desequilibrio sonoro entre orquesta y coro fue la lejanía de las voces provocada por la ausencia de un adecuado cerramiento del escenario y la falta de gradas que elevaran al coro por sobre la orquesta. Ese aspecto, (que se hubiera resuelto con un sector técnico del Colón más diligente), seguramente perjudicó a los oyentes ubicados en la platea (es de suponer que en las alturas la obra se escuchó con otra dimensión) porque la orquesta fue una inevitable barrera para las voces y el escenario, un ámbito abierto para que el sonido se escapara por los costados y las alturas.

No obstante, la enjundia de la obra, el acierto de haberse podido leer la traducción simultánea del texto en la pantalla de la sala y la solvencia general con que fue interpretada la versión, empequeñecen el asunto y restan poco al placer espiritual que provocó, una vez más, la audición de una obra tan bella, inspirada y trascendente como legó Arnold Schönberg.

Juan Carlos Montero

Te puede interesar