Si usted es una persona con dificultades visuales, navegue el sitio desde aquí
lanacion.com | Las noticias que importan y los temas que interesan

A los 66 años, de un paro cardiorrespiratorio

Murió ayer el actor Javier Portales

Espectáculos

Ayer por la tarde, en una clínica de esta capital, falleció a los 66 años Javier Portales, una figura de versátil trayectoria artística que logró instalarse con mucha fuerza en la memoria del público a partir de la enorme repercusión generada por su labor televisiva.

Portales se quedará en el recuerdo de todos como el actor cómico de apreciable talento y gran popularidad que no necesitaba ubicarse en el centro de la escena para hacer reír porque fue siempre el socio ideal, el acompañante perfecto, el cómplice inmejorable para que otro -muy especialmente Alberto Olmedo- rematara la acción de efecto humorístico.

Había luchado durante muchos años contra el encasillamiento, porque gustaba definirse ante todo como un artista de estirpe escénica. Escribió, protagonizó y dirigió obras teatrales y desde la escuela secundaria leía con devoción a Chejov, Anouilh, Shakespeare, los clásicos españoles, y sobre todo, a Arthur Miller, su autor predilecto. Pero su popular labor televisiva y aquellos impares encuentros con Olmedo lo hicieron sacar otra conclusión. "Todos me ubican casi exclusivamente en el terreno humorístico. Y quizá yo sea algo culpable por no tener una línea interpretativa definida", llegó a admitir en una de sus frecuentes expresiones autocríticas.

En los últimos años, aquejado por un estado de salud cada vez más precario, sólo se entusiasmaba imaginando su vuelta a la TV con "¡Qué país generoso!", comedia sobre la decadencia de la clase media argentina.

Con este programa que se quedó en proyecto, Portales soñaba el regreso al medio que le dio el definitivo espaldarazo popular y en el que había debutado a los 18 años, en 1959, y con "Farmacia de barrio", gracias al apoyo de Ana María Campoy y José Cibrián. Otro espaldarazo, en este caso de Dringue Farías, le permitió entrar en el Maipo y hacerse un lugar con el tiempo entre los cómicos más destacados de la revista porteña.

El cordobés más aporteñado

La porteñidad asomaba por todos los poros, sobre todo en su manera de expresarse, pero había nacido en Tancacha, un pequeño pueblo cordobés cercano a Río Tercero el 21 de abril de 1937 como Miguel Angel Alvarez, hijo menor de un peluquero que falleció prematuramente. Su madre se trasladó a Rosario y soñó para él un futuro como médico hasta que el rumbo cambió cuando, al quedar pupilo en Escobar, empezó a enamorarse de la literatura clásica, de la poesía y, sobre todo, de los textos teatrales.

Apoyado en una voz que ya asomaba clara y cristalina, debutó a los 13 años en el radioteatro de LT8 y en escenarios vocacionales, y no tardó en decidirse a probar suerte en Buenos Aires. "En aquéllos años todos me conocían como "el gordito". Llegué a pesar 126 kilos", recordaba.

Detrás de esa imponente presencia física -fácilmente apreciable en sus primeras películas y programas de TV- ya asomaban por entonces sus dotes naturales para el humor, su palabra cristalina y a veces enfática, una expresiva forma de mirar, entre ingenua y pícara, y ese típico gesto suyo de elevar los ojos al cielo y morderse el labio inferior, como si tuviera que aceptar resignadamente algún destino incómodo.

En 1964, al incorporarse a "Operación Ja Ja", se produjo su primer encuentro artístico con Olmedo en el sketch de los guapos Piolín y Portones. "El dúo se formó sin que nadie se lo propusiera -dijo una vez-. Lo que pasaba es que conmigo el Negro no memorizaba la letra y decía: "Total, el gordo me sigue"". Más tarde, también de la mano de los Sofovich, fue el sufrido cliente del peluquero sanatero que encarnaba Fidel Pintos y compartió la mejor mesa de la historia de "Polémica en el bar" encarnando a un intelectual con algunos rasgos biográficos: allí esbozaba sus ideas políticas cercanas al socialismo democrático y su fanatismo riverplatense.

Los diálogos entre Olmedo y Portales fueron memorables. Sobre todo en la etapa final de "No toca botón", cuando, como Borges y Alvarez, llevaban al extremo el arte de la improvisación y del "morcilleo" (apuntes al paso fuera de libreto) jugando en broma en un festejadísimo sketch con los métodos de Grotowsky y Stanislavsky, autores que Portales había leído muy seriamente para su formación teatral.

Como todos los partenaires cómicos que tuvo, pero mejor que ningún otro, Olmedo se cansó de hacer chanzas a costa del tamaño de la cabeza de Portales. "Me empezaron a bautizar "el cabezón" en 1969, cuando bajé 37 kilos. Lo hice porque sabía que la diabetes me iba a complicar la vida", recordó en los años 70.

En todos los escenarios

La carrera de Portales registra más de 70 películas, 50 estrenos teatrales y una innumerable cantidad de proyectos televisivos. En el escenario iba con comodidad del sainete al vodevil y del grotesco a la picaresca revisteril, pero recordaba como sus mejores trabajos "El inspector", de Gogol, y "Balada para tres inocentes", de Pedro Herrero. En el cine debutó con "Una cita con la vida", en 1958, y entre su prolífica actuación había títulos valiosos ("El centreforward murió al amanecer", "Tres veces Ana") y muchos otros olvidables, por lo general comedias picarescas o películas infantiles hechas a las apuradas. "Ellos visten de negro", "Quinto año nacional", "Distrito Norte", sainetes, adaptaciones teatrales e innumerables apariciones cómicas junto a Olmedo o Jorge Porcel jalonaron su extensa trayectoria televisiva.

Solía admitir que no discriminaba las propuestas y se prestaba a papeles de todo tipo ("Hice muchos bodrios", llegó a confesar), pero a la vez decía que disfrutaba muchos de esos papeles, sobre todo los que hacía en las revistas, porque disfrutaba "metiendo" al público en forma directa y sin intermediarios en el juego cómico que proponía desde el escenario.

Pero también se daba tiempo para ensayar proyectos más audaces como "La sartén por el mango", la única pieza teatral que escribió. Estrenada en 1972 y llevada al cine ese mismo año por Manuel Antín, fue prohibida durante el último gobierno militar.

Gran conversador, amante de los cafés y de la charla noctámbula, Portales vivió una segunda primavera televisiva entre 1992 y 1996 con "Son de Diez" y "Un hermano es un hermano", mientras la pantalla repetía una y otra vez sus apariciones junto al ya desaparecido Olmedo. Ese último año vivió su última gratificación teatral, al compartir con Horacio Fontova la obra "Malos hábitos". Por entonces ya se movía con la ayuda de un bastón. De "Se vino el 2000", remedo revisteril que, ya maltrecho, compartió fugazmente hace tres años con Santiago Bal, mejor olvidarse.

Disfrutó en vida de muchos reconocimientos (el último fue el 18 de mayo de 1999, cuando recibió en silla de ruedas, en el Senado, el premio Pablo Podestá a la trayectoria), pero se quedó con las ganas de interpretar sobre un escenario "La muerte de un viajante", de su admirado Miller.

Tampoco encontró oportunidades apropiadas para contar con su programa propio en TV, el lugar donde se hizo famoso "muy a mi pesar", según dijo. La única ocasión en que pudo hacerlo fue "Recreo 11", en 1985. Allí, Portales tuvo a su cargo parte del libreto, la realización y la puesta en escena, pero la propuesta fracasó. Lo anticipó él mismo, con llamativa sinceridad, al abrir el programa inaugural: "Esta es la misma bazofia de toda la vida. Los autores hace 35 años que están escribiendo los mismos chistes con las mismas faltas de ortografía y las caras de los actores son las mismas de toda la vida. Lo más grave es que los espectadores desde hace 35 años también son los mismos".

Aún vislumbrando un destino que tal vez no quiso alterar y a veces opacando su notables condiciones con producciones francamente descartables, Javier Portales supo regalarnos muchos momentos de genuina alegría. .

TEMAS DE HOYActividad económicaArgentina en defaultNarcotráficoInseguridadTorneo Primera División