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Carlos Páez Vilaró: el hombre que atrapó al sol

Tiene una platea preferencial en Punta Ballena, Uruguay, donde construyó un verdadero paraíso. A punto de cumplir 80 años, este artista montevideano que supo codearse con Brigitte Bardot, Pablo Picasso y Salvador Dalí nunca olvidó al hombre de la calle, al pescador y a los candomberos, que capturó y homenajeó en sus obras repletas de luz

Domingo 26 de octubre de 2003

PUNTA DEL ESTE.- En pocos días Carlos Páez Vilaró cumplirá 80 años. Y está dispuesto a hablar de una vida que vive con intensidad y que siempre ha estado salpicada por la muerte.

"Mis cuadros y mis dibujos me sirvieron para el trueque, para pagar hoteles por el mundo, para solventar mis gastos", reconoce al repasar historias increíbles, que cuenta con una memoria que genera envidia.

Eligió unir los apellidos de sus padres (Miguel Páez Formoso y Rosa Vilaró Braga) como si se tratara de un apellido compuesto, lo que estampa en sus obras, ya sean cuadros, murales, el frente de un avión o hasta en los patrulleros que vigilan este balneario uruguayo. Pero la gente le dice Carlos, o Carlitos, con demostraciones de cariño que son expresiones de reciprocidad a un hombre reconocidamente generoso. Nacido en una familia acomodada, prefirió ser el libretista de una historia fantástica, en la que también es el protagonista.

La entrevista con la Revista tiene un marco espectacular, que él mismo soñó y construyó en Punta Ballena: Casapueblo. Es una construcción blanca, muy blanca. Los pasajes entre las habitaciones son un laberinto en la montaña. Hay calles y plazas internas que rinden homenaje a Borges, a Vinicius de Moraes, a Rafael Squirru, a Piazzolla.

Todos los días, al atardecer se hace en el complejo de Casapueblo (que también cobija su atelier, un museo y un hotel) la ceremonia del sol, con la lectura de un largo poema escrito por Páez, que concluye cuando el sol se apaga en el horizonte.

Durante la entrevista, una llamada lo impacta: es su hijo Carlitos (sobreviviente de la tragedia de los Andes, de 1972) que le avisa de la muerte del fotógrafo Alfredo Testoni. Minutos antes, Carlos le había obsequiado a este cronista un libro que fue dedicado a Testoni, con el que integró un club de artistas: el Grupo Ocho.

"A esta edad, la muerte te salpica", dice con los ojos mojados. A esa altura faltaban cinco días para que muriera Juan Angel Silva, el Cacique, creador del grupo de candombe Morenada, que acogió a Carlos en el Conventillo Mediomundo, lugar que marcó al artista para siempre. El sitio donde pintó sus primeros cuadros sobre negros.

Vamos al entierro. Páez participa del funeral con los negros del barrio Sur montevideano, con el tamboril al hombro...

-Tenía 17, 18 años y me quise probar en Buenos Aires -recuerda-. En Pocitos miraba el río y pensaba en Buenos Aires; me atraía cruzar el río, sentía que era el primer tablado para muchos uruguayos exitosos. Un día me tomé el buque de Mihanovich y viajé en tercera clase a La Boca de Quinquela.

Mi primer trabajo fue en una empresa de fósforos Mantero y Balza, que estaba al final de la avenida Mitre. Tenía que pegar las cabecitas de fósforo, pero era muy chambón, se me pegaban y formaba matrimonios... En Mitre y Pavón, mientras esperaba el colectivo 8 que ahí doblaba hacia Quilmes, les regalaba dibujos a los peatones.

Después entró como aprendiz en una imprenta.

-La Fabril Financiera, que tenía tres turnos y 1500 obreros. Allí llegué a conocer a grandes dibujantes, como Dante Quinterno, Divito, Lino Palacios. Mis primeros dibujos fueron caricaturas.

En su atelier tiene una biblioteca donde guarda todos los recortes de prensa sobre él y su obra, desde 1939. Con gusto exhibe unos trazos de adolescentes con caricaturas de Patoruzú, el Gordo y el Flaco, entre otros.

-Imagino que la rutina de obrero en la imprenta no le gustaría demasiado...

-Como era inquieto, pasé por todos los puestos, aprendí mucho. Yo tenía el número 513 en la espalda; marcábamos tarjeta al entrar y salir, y parecía la fila de un presidio. A las seis y cuarto tomaba el tranvía 22 que iba cascabeleando hasta Iriarte 2035. Pagaba el boleto obrero a cinco centavos.

-¿Alguna vez volvió?

-Hace seis años, y el nuevo dueño me regaló una máquina de escribir de aquellos tiempos. Siempre digo que es la máquina que usaba yo. El único diploma que recibí en mi vida fue el de la Academia Pitman, en mecanografía. Escribía 45 palabras por minuto. No me gustan mucho los diplomas. Yo creo que el mundo es como un largo corredor: uno tiene que abrir puertas, y siempre estoy tentado a abrirlas. Me seducen los picaportes. Me tiro al océano y me doy cuenta de que el hallazgo me seduce.

-¿Tiene paciencia para retocar y corregir una obra?

-Cuando hago el primer punto sigo línea y quiero llegar al final. Puede ser que para todo sea superficial. Pero me gusta terminar las cosas.

-¿Cómo se metió en la pintura trabajando como obrero?

-En una época vivía en el altillo de una pensión que estaba en Piedras 363, al lado de un club político que se llamaba El Pocho al que había ido Juan Domingo Perón cuando era coronel. Luego pasé al hotel Gloria, en la Avenida de Mayo 874, habitación 18, que regenteaba la señora de Castromán. Cerca de allí había una academia de baile, donde nació mi pasión por dibujar en los cabarets del Bajo. En uno me dejaron dibujar en las mesas, a cambio de sacar a bailar a las chicas que querían mostrarse. Me llamaban el Oriental. Gracias a mis dibujos entré como cadete en la agencia de publicidad Berg y Cía. Luego pinté un chico frente a un pizarrón, con una operación escrita que decía 34 + 5, y un texto. Fui con el dibujo a la firma Picardo, que hacía los cigarrillos 43, y me lo compraron. Llamé a mi madre para contarle la buena noticia, y me gasté el dinero en la llamada telefónica.

Más tarde se enfermó y gracias a la ayuda de amigos y un hermano volvió a Uruguay.

-En Montevideo encontré tremenda chatura. Venía de la Buenos Aires de D’Arienzo, de Paquito Bustos, y quería volver. Pero un día, en el barrio de Palermo, oí ruido de tambores, vi una cumparsita muy triste, con su mamá vieja, con un viejito epiléptico que la acompañaba. Me dije: Ahí está la cosa. Me dejé tragar por la garganta de aquel conventillo, que tenía esa dentadura de sábanas blancas. Juan Angel Silva (N. de la R.: que falleció luego de esta entrevista. La Revista lo acompañó en el cortejo fúnebre (ver foto pág. 23) me habilitó una habitación como atelier. Era la pieza yacumenza porque estaba al lado de la habitación de una brasileña que decía ya cumenza o ruido infernal cuando escuchaba el repiquetear de tambores. Aprendí a tocar el tamboril, el piano. Ahí conocí al macho Lungo, Martha Gularte, el Negro Pirulo, las Añoranzas Negras . Y doña Gregoria, la capataza. La vida del conventillo fue lo que me inspiró para hacer Casapueblo.

La galería Wildenstein le abrió las puertas de Buenos Aires a su primera exposición. Fue en Florida al 914: "Quise buscar un negro más profundo y me fui a Bahía", recuerda Páez. Eso también lo guió, en 1956, a Dakar. Recorrió Africa pintando.

Desembarcó en Punta del Este a mitad de los años cincuenta. Se ubicó en una torre chiquita de la Parada tres. Pero siempre viajó por el mundo.

-Una vez, en Tailandia, me encargaron un mural para un restaurante llamado María. Uno me alertó: "Después que lo pintes no te van a pagar". Entonces hice los pájaros sin pico, para terminarlos cuando me pagaran. Y al final me pagaron con 88 dólares y una noche con la hija de la dueña. ¡Era una gordita con cara de zarzuela!

Llegó al lomo de la ballena, a una Punta del Este deshabitada. Con ayuda de unos pescadores construyó La hermandad de la casilla de lata, que durante la dictadura militar de la década del 70 fue demolida. En 1958 hizo La Pionera, una casita aún metida en Casapueblo.

-Respeté la naturaleza. Fui a hablar con Abdon Ramos, un pescador de Las Grutas. Le dije: Vengo a pedirle permiso para construir en la ballena porque usted es el dueño del paisaje. Lo encontré leyendo a Borges.

Usó su imaginación y las manos para moldear paredes y techos que rompen con la idea de lo plano: "Vi que podía forrar madera con alambre y que con el portland cubría espacios, hacía ventanas y puertas. Todo fcreció con la ayuda de amigos".

-¿Fue su principal obra?

-No. La principal fue la capilla multicultos en el cementerio Los Cipreses, de San Isidro. El mérito fue haber logrado vida en medio de la muerte.

Para saber más www.carlospaezvilaro.com

Por Nelson Fernández

La vida de un artista

Carlos Páez Vilaró nació el 1º de noviembre de 1923 en Montevideo, Uruguay.

Su primer cuadro lo pintó en la Argentina mientras daba los primeros pasos en una agencia de publicidad. Hizo más de 4000 obras entre óleos y acrílicos. Realizó 145 exposiciones individuales y participó en otras 50 colectivas. Pintó sobre el candombe uruguayo, el tango rioplatense; hizo series de mujeres, de expresiones eróticas, abstracciones, de bares, de animales. El sol -un símbolo que adora- siempre ilumina sus pinturas. Además hizo grabados, dibujos, acuarelas, gofrados. Con su arte pudo dejar su marca en lugares insólitos: realizó 19 murales, pintó los aviones de Pluna, los patrulleros de Punta del Este y hasta el fondo de la piscina del hotel Conrad.

Escribió 14 libros, hizo letras para decenas de candombes. Tras su encuentro con Picasso, que le obsequió cerámicas que expone en Casapueblo, también se dedicó a ese arte.

Construyó Casapueblo en Punta Ballena, la casa Bengala del Tigre y la capilla Multicultos, en Los Cipreses, San Isidro.

El hijo y la luna

El avión que llevaba a un equipo juvenil de rugby de Montevideo a Santiago, Chile, en 1972 se perdió en la Cordillera. Increíblemente, un grupo sobrevivió 72 días en la nieve. Carlitos Miguel, el hijo de Páez Vilaró, iba en el avión. El pintor viajó a Chile para apoyar la búsqueda y cuando oficialmente ésta se dio por concluida Páez Vilaró siguió. Le decían el loco que busca a su hijo. Pero a fines de ese año, cuando estaba por abordar un avión para encontrarse con sus hijas, escuchó: "Atención , policía, detengan a Páez Vilaró". Era para que hablara por teléfono: "Hay un arriero que dice que vio dos jóvenes en las montañas", le dijeron. El teléfono quedó colgando y Páez Vilaró paró un taxi . El chofer aceptó llevarlo cuando se dio cuenta de quién era. "No tengo un peso", le avisó Páez. El taxista puso su billetera sobre la rodilla de Carlos y le dijo emocionado: "Tome lo que precise". Cuando se encontró con su hijo, sintió lo de siempre: "Entre Carlitos y yo estaba la luna que me miraba desde el cielo. Y yo le había chiflado detrás de la Cordillera, como para que supiera que estaba ahí".

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