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La vida en los tiempos del aprendizaje

Jueves 30 de octubre de 2003
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LA NACION

"Ser y tener" ("Être et avoir", Francia/2002, color). Dirección: Nicolas Philibert. Film documental con Georges Lopez y los niños Jessie, Jonathan, Guillaume, Laura, Axel, Létitia, Johann, Olivier, Jojo, Alizé, Julien, Nathalie, Marie. Fotografía: Katell Djian y Laurent Didier. Música: Philippe Hersant. Edición: Nicolas Philibert. Presentada por Zeta Films. Duración: 104 minutos. Apta para todo público. Nuestra opinión: muy buena

"Ser y tener" transcurre en una escuela y sus protagonistas son un maestro y sus alumnos, pero no se trata de un testimonio sobre el estado de la educación en Francia ni de un examen del proceso de la enseñanza. Es sólo el registro -sereno, minucioso, sensible- de unos cuantos episodios sucedidos en el transcurso de un ciclo escolar. Nada más. Nada menos.

Ni el propio Georges Lopez, el maestro del caso, ni los padres y vecinos del remoto paraje de la región de Auvernia donde se filmó el documental podían creer que pudiera hacerse un film con un asunto "tan frágil, tan poco espectacular". No veían, como el realizador Nicolas Philibert, cuánto drama, cuánta comedia, cuánta vida cabe en cualquier rinconcito donde un maestro y un grupo de chicos renuevan el eterno fenómeno del aprendizaje.

Un deber de matemática que compromete a toda una familia en torno del escolar puede ser toda una epopeya; el lento entrenamiento en la convivencia con el compañero al que se detesta (o se teme), un arduo paso en la distinción entre las propias fronteras y el respeto hacia el otro; la primera aproximación de un chiquitín a la noción de infinito, una aventura fascinante; la perspectiva de abandonar la acogedora intimidad de la pequeña escuela de aula única para ingresar en el colegio secundario, institución grande, anónima y burocrática, un ensayo de la incorporación al mundo adulto, siempre ancho y ajeno.

Philibert eligió una escuela de campo, una de las últimas de clase única que aún quedan en Francia, con un maestro, estricto pero sereno y paternal, y su heterogéneo alumnado, que abarca desde los chicos de preescolar hasta los que están cursando el último año de primaria. Pasó allí el tiempo necesario para que todos se familiarizaran con la cámara y el pequeño equipo y para poder registrar la actividad cotidiana tal como iba desarrollándose y con muy pocas interferencias: apenas una breve entrevista al maestro y un par de situaciones sugeridas o provocadas. Del resultado de su paciente tarea extrajo estas dos horas de pura emoción.

La experiencia escolar

No siempre se tiene conciencia (a veces ni siquiera la tienen los propios maestros) de que la experiencia escolar supone bastante más que aprender a leer, escribir y hacer cuentas. Philibert no lo ignora y por eso su film está atento a todos los sucesos que revelan el hecho educativo, ya se trate tanto de aprender a contar, a cocinar o a escribir al dictado como a compartir juegos, a respetarse a sí mismos y a los demás y a expresar miedos y preocupaciones. Por supuesto, se observa el progreso de la relación que el maestro establece con sus alumnos, parte fundamental del fenómeno, y se va un poco más allá, al encuentro de las familias de esa comunidad de agricultores comprometidos con la formación de sus hijos. Para que puedan desarrollarse y ser felices, como le dice al maestro la madre de una de las chicas.

El compromiso afectivo con el tema elegido, la delicadeza y la sensibilidad de Philibert se manifiestan de muchas maneras: en la distancia justa y la mirada respetuosa con que se aproxima a la realidad que quiere retratar; en su sutil registro del ambiente (es espléndida la metafórica escena inicial en medio de la nieve) y del paso del tiempo; en el montaje que atiende a la emoción pero soslaya la sensiblería; en su discreta mediación para ingresar en la historia personal del maestro, que se encuentra próximo al retiro y cuyo estado interior emerge casi sin querer en medio de un dictado, cuando interrumpe una frase para preguntarse cuántos momentos similares habrá vivido a lo largo de su carrera.

Por muchos caminos diferentes y sin recurrir nunca al discurso, Philibert se aproxima a la esencia del fenómeno educativo, al acto amoroso que supone prestar ayuda en el dificultoso proceso de aprender y crecer. Lo admirable es que lo logra a través de un trabajo de naturaleza documental al que se asiste con el mismo compromiso y la misma adhesión emotiva que suscita una historia de ficción. Y aunque no se pierde la noción de que se trata de seres reales, el maestro que está por jubilarse y los chicos que forman su última clase terminan por convertirse en personajes de una historia enternecedora, risueña y vital, la historia de un ciclo escolar que conmueve por lo que narra y por los ecos que su alcance universal sabe despertar en el ánimo de cada uno. Esa singular propiedad y la encantadora transparencia de los chicos (Jojo, en especial) deben de haber sido determinantes del formidable éxito que el film obtuvo en Francia. Por cierto, muy merecidamente.

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