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Luis Barragán, calidad suprema

Arte

Una colorida paleta resume la obra de este creador capaz de encerrar el universo en un juego de líneas casi musicales

Hace más de medio siglo dediqué mi primer libro de arte a la obra del artista pintor Luis Barragán. No es poca el agua que ha corrido bajo el puente desde entonces. Desde una figuración de sabor surrealista hasta abstracciones que deleitan nuestra visión, como otras tantas fugas de Bach pudieran resultar para nuestros oídos, en todo momento y sin conocer desmayos el arte de Barragán crece como la estrella de Goethe sin pausa y sin prisa. Si bien galardonado con nuestras mayores distinciones en el nivel local, cabe preguntarse cómo creaciones de tanta excelencia siguen siendo deleite para los más iniciados.

¿Cómo es que el arte del más alto nivel no ha trascendido en la medida de su importancia a nivel mundial? Y aquí cabe una reflexión que nos concierne. Basta mirar un mapa para ver que nuestra gran urbe es una terminal geográfica como podría serlo Vladivostok. No estamos dentro del circuito de las grandes confrontaciones internacionales; en tal sentido corremos en desventaja con San Pablo o Río. Salvo el excepcional esfuerzo de algún promotor para dar a conocer a un artista en términos occidentales, los más de los que han logrado destacarse se han adscripto al mundo europeo como Fontana y otros, o al norteamericano donde ya varios han trasladado sus estudios.

¿Y los que aquí se quedan, aquellos que como Luis Barragán eligen mantener su diálogo con nuestra propia tierra? Los hechos demuestran que deberán esperar el tiempo histórico en que esa crítica de los países centrales esté dispuesta a aceptar la inclusión de nuestros grandes maestros. Mientras tanto seguiré en mi tarea de crítico, procurando contagiar al lector el entusiasmo que me producen estas pinturas que por su belleza y densidad comparo a lo mejor se está haciendo en cualquier lugar de la tierra.

Conozco el grado de dedicación que cada uno de estos hallazgos implica. Sé que el artista los trabaja de día y que piensa en ellos durante la noche. Aquí, como lo quería Poussin, no hay nada librado al azar. Las más perfectas líneas geométricas están trazadas a pulso; en ese aspecto, sólo puedo compararlo con Mondrian. Que no se me achaque el no haber realizado cuanto estaba en mi poder para que nuestro público al menos disfrute de esta manifestación de la "calidad suprema", como quería Ignacio Pirovano.

(En Galería Ursomarzo, Arenales 921, hasta el 10 de noviembre.)

Elvira Chapo: la fuerza de lo clásico

Elvira Chapo es una de las pintoras geométricas de mayor relieve en la plástica de esta época. Si su obra nos conmueve por su fuerza, ello se debe a que rayados y semiesferas responden a una síntesis que está sostenida por la capacidad analítica de su época figurativa. En arte no se improvisa; la exigencia que se nos plantea atañe no solo al creador sino al contemplador. Y la geometría exige el máximo rigor, algo que ya demostró Elvira Chapo a partir de sus conocimientos químicos y que la colocan en ese nivel de privilegio en que la pureza del sentimiento va unida a la severidad de un pensamiento no menos intenso.

Rescatar los elementos de una composición plástica de esta envergadura supone un raro equilibrio de potencias anímicas que permiten que hablemos de la categoría de lo clásico. Proponerse el clasicismo como meta es algo así como anunciar que el soldado se alineó para combatir en la guerra de 30 años. Nadie sabe cuánto va a durar una guerra. Menos aun puede alguien saber si alcanzará o no la categoría de lo perdurable. Y esto es precisamente lo que nos transmiten las formas y colores de Elvira Chapo. Hay una convicción contagiosa en su pasión afirmativa. En esta muestra la pintora acude con frecuencia al collage de madera para reafirmar algunos aspectos estructurales.

Sabemos que tuvo entre sus maestros a Piccoli y que no le es ajena la Escuela de Torres García; tan solo que esas pistas han sido asimiladas en la fragua de su rica personalidad.

Los rojos vibran como rojos, y otro tanto con cada uno de los colores que deja establecidos, quizá no sólo por su finísima sensibilidad sino además por su sapiencia. Así como las rocas de Leonardo tienen la vibración del artista y el conocimiento del geólogo, así estas pinturas de Elvira Chapo están avaladas por su formación integral.

Recorrer esta muestra supone cargar las pilas, algo muy recomendable en estos tiempos.

(En Adriana Indik, Rodríguez Peña 2067, hasta el 20 de noviembre.) .

Por Rafael Squirru Para LA NACION
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