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Cómo nació en 1923 "Fervor de Buenos Aires"

El cuento que Borges distribuyó introduciendo los ejemplares en los bolsillos de sus amigos

Lunes 03 de noviembre de 2003

Un día lluvioso de marzo de 1921, en el muelle desierto del puerto de Buenos Aires, un hombre menudo, con un chambergo negro calzado hasta las cejas y vistiendo un largo sobretodo oscuro, esperaba la llegada del Reina Victoria Eugenia, que venía de Europa. En él volvía la familia Borges luego de una ausencia de siete años. Su figura pequeña se destacaba como "un dibujo sobre el empedrado y mi padre, contento, me dijo: Ese es Macedonio Fernández ", contaba Borges, que por entonces era un tímido veinteañero. El había aprovechado bien el tiempo pasado en Europa; seguía siendo tímido, pero se mostraba aplomado y consciente de sus aptitudes; sabía, más allá del inglés y del español que lo acompañaron desde siempre, francés, alemán, portugués y latín. Se había integrado a los grupos literarios de su tiempo y había escrito dos libros, que no publicó.

En Buenos Aires pronto lo rodearon los jóvenes escritores argentinos que crearon una revista mural de una hoja, Prisma, que duró dos números (1921,1922). Estos jóvenes salían por la noche con la hoja, brochas y tarros de engrudo. Empezaban a caminar por Santa Fe, desde la plaza San Martín hasta Callao, seguían hacia el Sur por Entre Ríos y al llegar a la calle México doblaban a la izquierda hasta el número 564, sede de la Biblioteca Nacional. Pegaban un cartel cada diez metros a lo largo de cinco kilómetros. Acababan en una lechería de La Martona, compartiendo el desayuno con los obreros que iban a trabajar. Borges tomaba un submarino: "Una cosa misteriosa consistente en un vaso de leche con una barrita de chocolate adentro".

Caminatas con Bernárdez

Así empezaron las largas caminatas de Borges por Buenos Aires, que durarían toda su vida, matizadas en la juventud con abundante ginebra en compañía de Néstor Ibarra (a quien llamaba Céfiro blando porque asimilaba su nombre al sonido del verso troqueo: "Tátata tata") y del poeta Francisco Luis Bernárdez. Alguna vez la policía los detuvo, pasados de copas, por el Bajo Flores, los palpó de armas y los dejó ir luego de sermonearlos concienzudamente. Esos paseos contemplando ponientes, arrabales, patios y parras entrevistos a través de las rejas de los zaguanes le hacen decir: "Las calles de Buenos Aires ya son la entraña de mi alma". Camina por la noche "olorosa como un mate curado" con "la luna atorrando por el frío del alba". Recorre la Chacarita, la Recoleta, "el lugar en que han de enterrarme". Lo arrebatan el amor, la pasión, el fervor de Buenos Aires, y siente que ha recorrido "las veredas de la tierra y el agua y sólo a vos el corazón te ha sentido, calle dura y rosada", y encuentra por fin en esta ciudad su patria verdadera: "Los años que he vivido en Europa son ilusorios. / Yo he estado siempre (y estaré) en Buenos Aires".

"Fervor de Buenos Aires" apareció en 1923. Ya publicado, Borges no supo cómo distribuirlo. Ideó un sistema, sin embargo; iba a las reuniones literarias y, cuando se retiraba, deslizaba con disimulo un ejemplar en el bolsillo de los abrigos solitarios colgados del perchero.

El mismo favor le pidió a Alfredo Bianchi, uno de los directores de la revista Nosotros. A Bianchi, hombre serio y cuarentón, la propuesta lo asombró y luego, divertido, aceptó su papel de distribuidor bolsillero ad honórem. El libro gustó y sigue gustando porque Buenos Aires, a través de Borges, es tan "eterna como el agua y el aire".

Por María Esther Vázquez Para LA NACION

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