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Memoria

Los últimos días del General
La muerte de Perón

Enfoques

Carlos Seara, uno de los médicos que atendió al presidente Perón en sus últimas semanas de vida, revela por primera vez detalles de aquella agonía en la que el líder justicialista dejaba de ser el personaje todopoderoso capaz de dominar la política argentina durante las tres décadas anteriores

 
 

Un Perón vulnerable, dependiente, vencido, como cualquier otro enfermo terminal, dejando de lado el mito para recuperar su dimensión humana, es el que aparece en la memoria del doctor Carlos A. Seara, para quien el líder justicialista (cuyas remembranzas, sin querer, lo envuelven hasta el día de hoy), decididamente, no fue un paciente más.

Seara es un cardiólogo infantil de sólidos y prestigiosos antecedentes profesionales. Identificado con el Hospital Italiano, en el que trabajó por muchos años, su formación va desde el Research Fellow en Cardiología Pediátrica en el afamado John Hopkins Hospital de Baltimore, entre 1971 y 1972, hasta su papel como coordinador general del Servicio de Cardiología Infantil del Fleni, y de presidente, en la actualidad, de Aural S.A (Organización Pediátrica Cardiovascular).

Sin embargo, a este destacado profesional, de pelo claro y risado, y un tono de hablar pausado, levemente irónico, todos esos notables logros de una prolongada carrera no le permiten olvidar a un paciente muy especial que debió atender hace casi treinta años, en el período crepuscular del peronismo en el poder durante la década del setenta. Fue entonces, durante los últimos meses de la vida de Juan Domingo Perón, cuando el destino quiso que, junto con otros jóvenes y brillantes médicos del Hospital Italiano, se le encomendara la casi imposible misión de mantener con vida al viejo caudillo de la política argentina.

El doctor Seara nació el 17 de marzo de 1945 en Lomas de Zamora. Su familia no se caracterizaba precisamente por sus simpatías hacia el justicialismo, pero él tuvo sus primeros contactos con el fenómeno peronista en el colegio, donde se formó al respecto en su memoria un cóctel que incluye la obligada lectura de La Razón de mi vida de Eva Perón, las campañas contra el agio y la especulación, las amargas quejas familiares por el congelamiento de alquileres comerciales y, finalmente, la voz del mismo Juan Perón, tronando desde la radio el 31 de agosto de 1955 para anunciar que "cuando uno de los nuestros caiga, caerán cinco de los de ellos."

Al preguntársele si aquel entorno familiar decidídamente "gorila" no fue un obstáculo para integrar el equipo médico que vigiló la deteriorada salud de Perón durante los últimos tiempos de su vida, Seara aclara: "No, yo tengo la idea de que era precisamente al revés. Más bien, le diría que era mejor que no fuéramos peronistas. Siempre tuve la sensación de que para ellos era mejor, más aséptico, que, como médicos, no perteneciéramos al movimiento y no tuviéramos prurito alguno si, por ejemplo, había que canalizar o tomar medidas drásticas con el enfermo. Para nosotros, Perón era simplemente un paciente, no un objeto de reverencia."

Pero nos estamos anticipando en el tiempo.

Seara, tras recibirse de médico en la UBA y especializarse en cardiología, marchó al Hospital Johns Hopkins, de Baltimore, donde permaneció entre 1971 y 1972, un período en el que la influencia de la contracultura y la generación de Woodstock llegaba hasta las salas del prestigioso centro de salud, donde los médicos se movían con sandalias y usaban el pelo largo atado en colita, mientras el aroma de marihuana invadía algunos corredores. Un tiempo, además, en el que la discriminación racial se hacía sentir todavía con toda dureza. "Mi técnico, que trabajaba conmigo cuando practicábamos cateterismo, era negro -recuerda el médico- y nos hicimos buenos amigos. El me invitaba a fiestas en las cuales el único blanco era yo."

Seara, al que jamás le interesó la política, recibió durante su estadía en los Estados Unidos los primeros indicios de que se estaba gestando la vuelta de Perón a la Argentina, así como los sangrientos partes que daban cuenta del crecimiento de una ola terrorista en su país. Ya de regreso a la Argentina, conoció a su futura esposa, María Graciela "Lila" Chiappara, también médica, con la que decidieron casarse en los primeros meses de 1974.

Mientras tanto, Domingo Liotta lo contactó cuando se empezaron a suceder episodios graves en la salud de Perón, ya en la presidencia del país. "La salud de Perón -aclara Seara-, que estaba muy comprometida cuando volvió de España, se fue agravando. El 18 de noviembre de 1973, casi se muere sin tener un médico al lado, y tuvieron que salir con los autos de la custodia a conseguir uno, trayéndose, a falta de otro, a un ginecólogo que se encontró a Perón en medio de un episodio de edema agudo de pulmón." Así, Pedro Cossio (con cuyo hijo, destacado médico también y llamado igualmente Pedro, Seara mantiene una larga amistad), Domingo Liotta y los otros grandes profesionales que eran, además, amigos personales de Perón, organizaron un equipo médico para vigilar la salud del líder. Se habían armado unas pequeñas unidades coronarias. Una estaba en la quinta de Olivos, otra en la Casa Rosada y una tercera era prácticamente móvil. Contaban con defibrilador, un equipo de monitoreo telemétrico y una máquina de electrocardiógrafo. El equipo cardiológico del Hospital Italiano, además de Seara, estaba integrado por otros jóvenes y brillantes médicos: Alberto Tamashiro, Angel Carlos Scandroglio, Guillermo De Elizalde, Arturo Miguel Cagide, Carlos Garbelino y Raúl Luis Cermesoni. Los facultativos mantenían una guardia permanente junto a Perón, en la Casa Rosada y en la casa de Gaspar Campos (hasta la posterior mudanza a la quinta de Olivos). Cada profesional hacía guardia una vez por semana, además de las rotativas de los domingos.

Tostadas con Perón

"Yo lo conocí a Perón todavía en Gaspar Campos - recuerda Seara-, el 1° de enero de 1974. En un principio no le habían dicho que estábamos de guardia por él, aunque nos movilizábamos a todos los lugares a los que iba en los coches de la custodia. Ese día, yo estaba de guardia y me lo veo venir. Se ve que al final le habían dicho lo del médico de guardia y vino a saludar. `Feliz año nuevo, doctor´ -me dijo-. Fue una conversación cordial, bastante banal. Yo estaba desayunando y Perón agarró una tostada y me preguntó: `¿Le pongo un poquito de dulce, doctor?´. Imagínense ustedes, tenerlo a Perón haciéndole las tostadas a uno, no lo podía creer." Muy hábilmente, según aclara el facultativo, una vez que el caudillo comprendió que se lo vigilaba médicamente, rompió el hielo con los profesionales que lo hacían para que pudieran atenderlo sin tener que perder el tiempo en explicaciones o presentaciones.

Seara recuerda a un Perón muy envejecido, con el rostro manchado, el pelo muy negro, azabache, "tirante, como si fuera un indio", negando enfáticamente que lo tuviera teñido. En su opinión, el líder justicialista mantenía intacta una cortesía proverbial, acompañada siempre de un guiño cómplice en la conversación, puntuada con expresiones simpáticas, campechanas, claro, hacia las personas que buscaba agradar. Para con el resto, mantenía una actitud distante, casi despectiva. "Más bién -señala Seara-, Perón era un tipo distante, un fóbico, un individuo que ponía distancia. No se dejaba ni rozar por la gente de la calle. Nosotros lo tocábamos con la mano, pero claro, éramos como una aristocracia para él. Además, estaba siempre rodeado de obsecuentes, incluso de gente inteligente, como he visto yo, señores ministros o funcionarios importantes que, en presencia de Perón, reducían su capacidad intelectual a cero y quedaban anulados al lado suyo. Había excepciones, claro, como el doctor Jorge Taiana, el doctor Domingo Liotta y, sobre todo, el ministro José Ber Gelbard, que siempre me pareció que tenía cierta autonomía personal y no se eclipsaba ante Perón."

Ya en la quinta de Olivos, el médico veía más habitualmente todavía al caudillo justicialista, porque como estaba preparándose para casarse acumulaba más guardias de lo habitual. Muchas veces Perón lo tomaba del brazo y lo invitaba a caminar por el jardín. "Me hablaba de Evita con cariño -rememora- y empezaba a largar sus definiciones. En una ocasión me dijo: `Mire doctor, mire lo que es la vida. Yo no vine aquí a ser presidente, vine a residir en la Argentina, ser figura de consulta, vivir tranquilo, ser referente y ocuparme de la macropolítica, y que Cámpora gobernara. Ahí seguí el consejo de Evita, que siempre me decía que Cámpora era la persona más leal que teníamos. Pero fíjese lo que pasó, Cámpora se dejó copar por los zurdos. Así que yo, que no vine a ser presidente, ahora tengo que hacerme cargo de este quilombo´."

Seara señala que Perón era generalmente despectivo cuando hablaba de otros líderes políticos del momento, tanto de los internacionales, como De Gaulle o Lumumba (cuyos errores remarcaba siempre impiadosamente), como de los nacionales (al respecto, el médico recuerda alguna expresión insultante proferida contra Alvaro Alsogaray). Sólo mantenía un respetuoso silencio hacia la figura del general Alejandro Agustín Lanusse, lo que para él casi constituía un elogio.

Censura

En varias ocasiones, el médico fue invitado por Perón a ver cine en la residencia de Olivos. "Yo estuve presente cuando vio `La Patagonia Rebelde´. Ahí mismo, a la salida del cine de la residencia, dijo: `Fue así la represión en el Sur, pero la tengo que censurar, porque no se puede dar esa imagen del Ejército precisamente en este momento´. También vimos juntos `La aventura es la aventura´, con Alain Delon."

Para el doctor Seara, la misma agenda presidencial, con sus entrevistas, sus viajes (como el penoso periplo que en sus últimos días lo llevó al Paraguay, periplo que el médico compartió) y sus revistas militares (aunque algo restringidas para Perón) minaron aún más la salud del mandatario. Su entorno, además, tenía una actitud contradictoria ante su salud. Por un lado sentía que debía cumplir con sus funciones protocolares (algo muy peligroso para su bienestar), mientras que, al mismo tiempo, había un sentimiento de inmortalidad de Perón, y nadie a su alrededor quería pensar seriamente en la posibilidad de su muerte. "Así -aclara el médico-, yo tenía casi la orden, que violé cuando debí hacerlo, de no canalizar a Perón, ni efectuarle procedimientos invasivos."

Seara aclara que Perón, como paciente, "era obediente, miedoso. Se cuidaba cuando le prohibíamos alguna comida. Pero ya había llegado a la Argentina muy jugado. Yo tuve acceso a su historia clínica, que era casi un libro. Tenía de todo: un incipiente cáncer de próstata, pólipos y estaba enfisematoso. Tenía un poco de insuficiencia renal. Básicamente había una serie de combinaciones funestas: enfisema, insuficiencia cardíaca, cardio-esclerosis, insuficiencia renal leve. Aun si no le hubiera tocado gobernar, seguramente sólo hubiera vivido uno o dos años más."

Lo sabe muy bien Seara, al que le tocó sacarlo de un grave percance clínico precísamente el sábado previo a su muerte (que fue el lunes 1° de julio de 1974). En esa ocasión, Perón padeció un edema agudo de pulmón cuando Seara, que estaba de guardia -acompañado por el doctor Jorge A. Taiana-, se vio obligado a practicarle una canalización, única vía segura para darle la medicación y sortear la crisis, mientras que un Perón muy inquieto y angustiado "literalmente se desarmaba", quejándose de que no podía respirar.

A veces, aun dentro de la dramática situación que tenía en vilo al país, había espacio para el humor negro. "Después del episodio del edema de pulmón -agrega el médico-, Perón no tenía una cama ortopédica. Dormía en una cama francesa con un cabezal de lecho matrimonial, que no era lo más apropiado para la ocasión. Cuando usted tiene un enfermo cardíaco, debe colocarlo en una posición semisentada. Así que estando de guardia con el doctor Arturo Miguel Cagide -tras la crisis del edema hacíamos guardia de a dos-, le dije que teníamos que conseguir unos tacos de madera para inclinar la cama y ponerlo a Perón semisentado. En eso estábamos cuando la cama se nos escapó y se deslizó bruscamente. A Perón se le cruzó el cable del suero, se le cayó la almohada y entonces, erguido, confundido, dijo con su voz grave, gastada (que Seara imita a la perfección): `¡A la mierda, se cae la cama!´. Era un verdadero grotesco."

La muerte del faraón

Claro que más tensión aún esperaba a Seara el 1° de julio de 1974, el día de la crisis terminal que puso fin a la vida del caudillo, cuando luego de tres horas de intentos vanos por reanimarlo, finalmente, perdieron a su paciente. El médico recuerda la constante presencia de un personaje crucial, José López Rega. "Bueno, yo lo conocí muy bien, a veces almorzaba conmigo, primero en Gaspar Campos, y luego en Olivos. No tuve la impresión de que interfiriera en el tema médico. Conmigo, su trato era un tuteo muy familiar, muy campechano, aunque claro, a veces llegaban las referencias esotéricas en la conversación y las revelaciones extrañas: `Voy a escribir un día un libro de medicina que te va a dejar sorprendido´, solía decirme." En el final, recuerda Seara, el día del paro cardíaco que acabó con la vida de Perón, López Rega quemaba incienso alrededor de los médicos que realizaban frenéticos esfuerzos por salvar a su líder, al que llamaba con unción: "mi faraón, mi faraón". "Yo le puse a Perón un catéter-marcapaso y dio la impresión de que el paciente retomaba un poco el ritmo cardíaco, un falso atisbo de esperanza, yo diría una hora de resucitación. Entonces, López Rega me llamó a un cuarto aparte, me tomó del brazo y me dijo: `Si lo sacás, te hago conde´."

Concluyendo acerca del momento justo en que Perón comprendió que se acercaba el fin, Seara aventura: "Yo creo que desde el sábado en el que lo sacamos del edema agudo de pulmón se dio cuenta de que se terminaba todo. El mismo día de su muerte, el 1° de julio, tuvo la sensación de que perdía el conocimiento. La enfermera, Norma Baylon (también del Hospital Italiano), lo escuchó decir: `Esto se acabó´." .

Por Ernesto Castrillón y Luis Casabal
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