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Sociedad

Los valores argentinos, en su laberinto

Enfoques

Una encuesta de Graciela Römer refleja que los argentinos creen que, para mejorar, el país necesita honestidad, educación y patriotismo, pero relegan el respeto de las normas jurídicas y la tolerancia, centrales en la vida de las naciones más avanzadas. Los valores están en boca de políticos, actores sociales y ciudadanos, pero cuál es el contenido de esa palabra todavía está en discusión

"El argentino, a diferencia de los americanos del Norte y de casi todos los europeos, no se identifica con el Estado. Ello puede atribuirse al hecho general de que el Estado es una inconcebible abstracción: lo cierto es que el argentino es un individuo, no un ciudadano. Aforismos como el de Hegel: `El estado es la realidad de la idea moral´, le parecen bromas siniestras. El Estado es impersonal; el argentino sólo concibe una relación personal. Por eso, para él, robar dineros públicos no es un crimen. Compruebo un hecho, no lo justifico o disculpo."

La frase -que en su época causó polémica- bien podría haber sido escrita en los últimos años. Sin embargo, no se debe a la pluma de un contemporáneo sino a Jorge Luis Borges, que incluyó el texto -aunque escrito con postorioridad- en las sucesivas reediciones de su Evaristo Carriego .

Hay allí, en ese párrafo, una puja entre valores individuales y comunes, una tensión entre objetividad y subjetividad, que todavía hoy parece actuar contradictoriamente sobre el laberinto de la realidad argentina. Con su inevitable aura de nobleza, la palabra "valor" -junto a su plural "valores" y con la "pérdida de valores"- vuelve una y otra vez en estos comienzos de siglo sacudidos por la crisis. Aparece en los discursos políticos, en boca de actores sociales, en la televisión o la charla de café. Se recurre a ella como una panacea, aunque el vocablo por momentos parezca un molde en cuyo interior el contenido no siempre es claro. Se habla de valores en general, pero también de valores setentistas, de valores tradicionales, de valores patrios o educativos, de valores solidarios o amistosos, de disvalores televisivos.

Pero, ¿de qué valores hablamos cuando los invocamos? Una encuesta realizada por Graciela Römer &asociados, relevada el mes pasado, examina los modos de valoración actual de los argentinos y muestra no sólo las inclinaciones de la sociedad, sino también sus paradojas y contradicciones.

Según el estudio, en la actualidad, a casi dos años de la crisis de diciembre de 2001, los valores que los argentinos rescatan como necesarios para mejorar el país son en primer lugar la honestidad (56 por ciento de la suma de menciones), mayor educación (34 por ciento), el patriotismo o sentido nacional (21 por ciento), el esfuerzo, trabajo y sacrificio (21 por ciento), la capacidad de conducción y liderazgo (19 por ciento) y la solidaridad (15 por ciento). Sin embargo, leyendo con más atención, puede descubrirse que los "valores" que suelen ocupar las primeras posiciones en los países desarrollados están ubicados en los últimos asientos de la fila: el respeto por las normas jurídicas, sociales y morales alcanza apenas el 14 por ciento, el sentido de la responsabilidad araña el 7 por ciento y aún menos el espíritu emprendedor (2 por ciento) y la tolerancia (4 por ciento).

Objetividad y subjetividad

¿Qué son los valores? O, en todo caso, ¿qué valores importan?

El español Carmelo Angulo Barturen, representante del Programa para el Desarrollo de las Naciones Unidas (PNUD) y uno de los impulsores del Diálogo Argentino, considera que los valores esenciales universales son "la defensa de la paz y los derechos humanos, la promoción de las libertades y la democracia y la lucha contra la pobreza". A la luz de su experiencia en el Diálogo Argentino asegura que, contra lo que podría creerse, "pese a la tremenda crisis, algunos valores no sólo se mantuvieron sino que se potenciaron. Básicamente el apego a la democracia como único sistema posible de gobierno y la solidaridad, que emergió de un capital social de construir, pese a la pérdida de confianza en las instituciones, fuertes lazos de colaboración entre actores sociales de base."

Para el filósofo y ensayista Santiago Kovadloff, la crisis fue ante todo resultado de la profunda involución que afecta a la sociedad argentina desde mediados del siglo XX. ¿Qué valores se perdieron en ese más de medio siglo? En su opinión, los valores del bien común, aquellos que dan forma y sentido a una comunidad. Y lo que más le preocupa, lo que considera el gran dilema, es el cúmulo de efectos que la ausencia de ley produce sobre ellos.

"Los valores de la supervivencia -afirmó a LA NACION- han desplazado a los valores del desarrollo. Durar y perdurar parecen hoy exigencias más preeminentes que crecer y progresar. El consumidor y el consumido ocuparían hoy el vacío social dejado por la figura del ciudadano. Ambos son espectros del ciudadano. Representan lo que sigue a su agonía. El ciudadano se volatiliza con la ley del bien común que se extingue. La ley del bien común debería ser el valor superlativo del Estado. Por eso, con su extinción, desaparece también el sentido del Estado."

El bien común, entiende Kovadloff, se extiende como ideal y por lo tanto como valor canónico de la comunidad organizada. "Por eso estamos ante los riesgos éticos que comporta la desaparición o el retroceso de un ideal decisivo para la construcción de la nación."

Democracia, bien común, solidaridad, son algunos de los términos que ocupan prontamente el primer plano cuando se realizan consultas en un intento de cernir de qué hablamos cuando hablamos de valores.

En su Diccionario de Filosofía , José Ferrater Mora señala que por lo general se está de acuerdo en que los valores son tales si valen (es decir, aunque parezca redundante, si se consideran valiosos), si tienen objetividad (y, consecuentemente, universalidad), si son interdependientes, si tienen polaridad (o en otras palabras: contravalores que se le oponen), cualidad (la calidad debe primar sobre la cantidad) y jerarquía.

Pero en el Informe para el desarrollo humano de 1998 , dedicado a los valores, un trabajo realizado por una comisión del Senado con la colaboración del Programa para el Desarrollo de las Naciones Unidas (PNUD), los valores de bien público contrastaban con la acendrada tendencia a priorizar valores más personales y subjetivos, en particular el valor que se le da a la familia, a la amistad o a las relaciones interpersonales.

Graciela Rsmer cree que esta fuente de gratificación de los argentinos, este eje colocado sobre el particularismo, de orden cultural, aunque valioso, es una de las cosas que nos diferencia de países más desarrollados. "Este predominio de los lazos familiares -asegura- tiene también consecuencias nefastas si lo que se privilegia son los lazos de sangre por sobre la objetividad y la universalidad. Lleva al privilegio de la lealtad personal por sobre las lealtades normativas. Es algo disfuncional si pensamos una sociedad democrática construida sobre los valores de tolerancia y respeto por la ley."

El padre Rafael Braun, por su parte, cree también que hay un error de percepción en relación con los valores, pero en otro aspecto. Por ejemplo, considerar que la honestidad -lo que los argentinos consideran hoy la virtud más valiosa- es un simple valor. "Mientras hablemos y la destaquemos como simple valor hay un problema, porque estamos hablando de valores, pero no de conductas". A la abstracción de un término, considera que lo adecuado "y, muy distinto, sería si comenzáramos a hablar de hombres honestos".

Individualismo extremo

"La precariedad -decía hace unos años el ya fallecido sociólogo Pierre Bourdieu- está en todas partes". Bourdieu hablaba en primer término del hemisferio norte. Ignoramos qué frase habría acuñado de haber vivido en la Argentina, que, a la precariedad del mundo global, suma la suya propia. Para Kovadloff, el vacío dejado por el ciudadano hace que los valores personales primen todavía más sobre los objetivos. "Se diría que hoy ya no nos amenaza la disolución por la vía preponderante de la masificación -reconoce-, sino del extremo individualismo, del hedonismo a ultranza. Todo pareciera haberse convertido en una cuestión ferozmente subjetiva: la ley, la educación, la cultura; en suma, los valores en su totalidad. Todo se muestra sometido al imperativo de la voluntad subjetiva. Un buen ejemplo, tal vez el más dramático, es lo que ocurrió con la Constitución Nacional, que fue alterada para que se adaptase al deseo personal de poder."

A pesar de esta disgregación del bien común, la solidaridad parece haberse erigido en un bien compartido. Los puntos de vista, según la lupa que se utilice, difieren sobre hasta qué punto es éste un valor en alza. "Probablemente, en el escenario de crisis socio-económica y política de la gravedad que pasó la Argentina -reflexiona Angulo Barturen-, valores como la democracia y la solidaridad conforman la base de lo deseable en cuanto al comportamiento social: la convicción democrática garantiza un límite esencial a la crisis, pues todo puede estar muy mal, pero es sólo mediante las instituciones democráticas que gobierno y sociedad civil construyen las soluciones. Y, en ese sentido, la solidaridad tiene que ver con la emergencia: mientras las soluciones de fondo tardan en llegar, debe darse una respuesta ya, aquí y ahora, a quien más lo necesita. Y allí aparece la gesta solidaria."

El padre Braun, por su parte, considera que "en la Argentina hay una falsa comprensión de la solidaridad, porque la primera forma de solidaridad es pagar los impuestos y las contribuciones".

Rsmer, en cambio, cree que el término es especial. Siete de cada diez entrevistados se definen como solidarios, pero, según la especialista, están lejos de "actuar" ese valor. "Los argentinos -dice- demandan solidaridad y repentinamente se observa la irrupción de comportamientos colectivos solidarios. Sin embargo, no son sistemáticos. El nivel de organizaciones comunitarias o de bien público en realidad es bastante bajo. Si se comparan con las de Chile o Brasil, las donaciones hechas por el sector empresario en la Argentina son muy pocas".

Ejemplos del pasado

Si los valores ocupan lugar en los discursos o conversaciones, es en la historia donde puede entreverse qué se entiende por valores fundantes. Felipe Pigna, autor -junto con José Ignacio García Hamilton y Pacho O´Donnell- de Historia confidencial , asegura que, en su contacto con la gente, a través de charlas públicas, conferencias o su propio programa radial, puede notarse que el tema ha vuelto a cobrar protagonismo.

"La Argentina es muy cambiante. En 2001 había una búsqueda de culpables, un intento de explicar lo que había sucedido a través del pasado. Después, con el apaciguamiento, la gente cambió de dirección y empezó a buscar ejemplos. Y hay un interés importante por aquella gente insobornable que podía llegar a ir al exilio por sus convicciones o soportar la miseria, un interés por los valores que representa. En cierto modo es algo que tiene que ver con nuestra incapacidad para terminar de hacer los duelos."

Si los valores son, como se afirma, los constructores de una identidad colectiva, esta indagación o curiosidad por el pasado podría señalar la memoria común como un valor a no desdeñar.

Angulo Barturen, de hecho, destaca que la crisis le ha dado un nuevo impulso positivo a la identidad nacional, algo que en su opinión tal vez sea "una respuesta a las exacerbadas críticas que llegaban a la sociedad argentina desde el exterior".

Tras la década de los noventa, en que un término como "patriotismo" parecía relegado a un segundo plano, hoy parece cobrar, para algunos, renovado vigor. El reconocido politólogo polaco Zygmun Bauman sostiene que el patriotismo es un valor, pero que se da la paradoja de que "la tolerancia de la diferencia o la hospitalidad hacia las minorías son más comunes en los países en que no es un problema, es decir, en sociedades suficientemente seguras de su ciudadanía republicana que no tienen que preocuparse por el patriotismo, que no lo consideran un problema y menos aún un deber a cumplir".

Pigna hace la distinción entre el patriotismo y el nacionalismo. Mientras el primero sería un valor, el segundo sería su enfermedad y deformación, la apropiación de la nacionalidad para fines inconfesables. "El patriotismo es sentirse identificado con una historia, con una trayectoria, con las raíces, es como el apellido que debería llevarse con orgullo. La Argentina puede reclamarlo como un valor sin problemas porque, más allá de todas las desgracias políticas, siempre tuvo gente que fue honesta, que luchó, que se sacrificó. En ese sentido nos cuentan muy mal la historia cuando se la retrata como la de un país conformista."

También la educación, a pesar de o por culpa de su maltrecho estado, suele ser algo que, según se desprende de la encuesta de Rsmer y asociados, los argentinos valoran particularmente. Pero, ¿es la educación un valor por sí mismo? ¿Hablamos de formación, de simples buenos modales? La educación escolar, en todo caso, carga con una pesada mochila. Sandra Carli, doctora en educación e investigadora del Conicet, cree que esa valorización tiene mucho de acto reflejo.

"El hecho de que la gente considere la educación como uno de los valores prioritarios tiene que ver con una suerte de ilusión iluminista, muy universal, que primó en todo el siglo XX. Siendo un valor muy universal, se pone ahí la confianza en el cambio de la sociedad, en el mejoramiento del ser humano, en las creencias. Y eso se potencia en momentos como el actual, de tanta crisis social. Pero en el caso particular de la sociedad argentina se relaciona con una tradición propia, una aspiracion legitima a que haya un proceso de educacion formal permanente."

Cambios valorativos

Si hablamos de una ética del bien común, Rsmer ve un dato optimista en relación a un valor que empezó a subrayarse en los últimos años. Su primera configuración fue la Alianza. Su continuación: el apoyo que en este primer tramo de gobierno recibe la agenda de Néstor Kirchner.

"Si uno tiene que señalar un valor que ha cambiado es que los argentinos no han dejado de demandar mayor institucionalidad y menos liderazgo carismático."

Kovadloff, en cambio, ve que todavía no se ha producido el giro que permita que ese deseo que reflejarían las encuestas cuaje de manera efectiva. "Ser lo que queremos -en su opinión-, fuera del ámbito que determina el imperativo del ser lo que debemos, equivale a optar por un solipsimo radical: ser a costa de todo se parece a no querer ser nadie. Fuera de la ley del concepto del bien común, este sujeto que le vuelve la espalda a sus deberes para reivindicar exacerbadamente sus derechos ya no tiene perfil cívico. El espectro del civismo se encamina así hacia reivindicaciones enajenadas porque el derecho, sin la conciencia del deber, no alienta la solidez de la vida comunitaria. En otras palabras, la ausencia de valores compartidos conduce a la lucha por la hegemonía implacable de valores segmentados: los de cada grupo, los de cada corporación, los de cada individuo."

Democracia, honestidad, bien común, solidaridad, educación, patriotismo, trabajo... Al ser consultado en su quinta visita al país para esta nota, el filósofo francés Alain Badiou dice que lo que más lo entusiasma de la Argentina es su vitalidad y también algo que no es un valor en sí, pero es valioso: "Lo interesante de estos momentos es que por fin la Argentina empieza a abandonar sus viejas mitologías."

Se sabe: cuando se abandona una mitología sólo queda enfrentarse con uno mismo. Y es en esos momentos cuando pueden producirse cambios cualitativos más allá de una verborrágica expresión de deseos. .

Por Pedro B. Rey
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