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¿Es posible aprender a ser felices?

Proponen descartar la mirada hacia el estudio de qué nos causa sufrimiento para investigar en cambio cómo vivir mejor

Sábado 06 de diciembre de 2003

LONDRES.- ¿Por qué algunos somos felices y otros, simplemente, no?

La pregunta, repetida hasta el infinito, es tan antigua como la filosofía y las religiones. Y tan moderna como los carismáticos alquimistas de la autoayuda y de la New Age, que cosechan millones con sus recetas para ser felices... mientras la respuesta se nos escapa entre los dedos.

Ante tantas decepciones, muchos británicos se restregaron los ojos cuando vieron que la Royal Society, crema de la investigación científica en el Reino Unido, anunció hace unos días que estudiaría el secreto de la felicidad.

La felicidad, en todo su esplendor, mejora la salud, las relaciones sociales y la productividad laboral
La felicidad, en todo su esplendor, mejora la salud, las relaciones sociales y la productividad laboral. Foto: Alejandro Querol

La augusta institución descartó cientos de propuestas para otras conferencias (varias focalizadas en descubrir qué nos hace sufrir), y cobijó entre sus nobles muros tapizados de obras maestras un seminario de dos días que llamó, sin vueltas, "la ciencia del bienestar".

Hasta el conservador diario The Times expresó su sorpresa y calificó al encuentro como "una de las conferencias más extrañas que la Royal Society, la organización científica más prestigiosa de Gran Bretaña, haya ofrecido en su historia".

Claro que no cualquiera fue elegido como panelista: los más prestigiosos científicos de la psicología, la neurobiología y las ciencias sociales desplegaron sus ideas y propuestas frente a un público hipnotizado que desbordó las previsiones de los organizadores.

Frente a la atenta mirada de Issac Newton (al óleo, claro) los científicos hablaron sin pudores de este campo apenas naciente de la ciencia: el que estudia qué nos hace felices.

Mientras un distinguido neurobiólogo mostraba un video de mujeres que reían mientras se proyectaba una película de Steve Martin, y un sociólogo exhibía estadísticas de "países felices", el psicólogo Nick Baylis, de la Universidad de Cambrigde, organizador de la conferencia y único profesor de la llamada "psicología positiva" en Gran Bretaña, explicaba que "muchas corrientes filosóficas y muchas religiones han estudiado el tema, pero la ciencia lo ha ignorado".

"Si alguien es feliz -advirtió Baylis- es más popular, más saludable, vive más tiempo y es incluso más productivo en el trabajo. Vale la pena, ¿no?"

Ciencia de la felicidad

La escuela de la psicología positiva ("positive psychology"), a la que pertenece Baylis, cuenta como máximo exponente al profesor Martin Seligman, de la Universidad de Pennsylvania.

En 1998, Seligman dio impulso a la ciencia de la felicidad con una conferencia en otro territorio difícil: la Asociación Americana de Psicología (APA, por sus siglas en inglés), a cuyos miembros reprochó estar hurgando siempre las causas del sufrimiento, y no de lo que nos pone contentos.

"¿Por qué siempre estudiando a los deprimidos, y no a los que están felices, para ver cómo hacen?", atacó en su presentación. Era su discurso de asunción como presidente de la APA, y podría haberle ido muy mal. Pero le fue muy bien: juntó 30 millones de dólares para seguir investigando.

Tras mucho recorrer, Seligman, que dedicó 30 años al estudio de las causas de la depresión y creó un cuestionario para detectar nuestros "talentos" para ser felices ( www.authentichappiness.com ), identificó tres principales tipos de felicidad.

Al primero, que seguramente los epicúreos descubrieron bastante antes, lo llamó "la vida agradable" (pleasant life): el bienestar que nos invade al disfrutar de la comida, del sexo, de la bebida, e incluso, de una buena película.

Seligman critica este tipo de "felicidad", que él identifica con el estilo de vida hollywoodense o las campañas publicitarias, donde estelares figuras sonríen ante cámaras y luego consumen pastillas para poder dormir o para matar la angustia. "El efecto de esta felicidad dura poco", advierte, como si hiciera falta.

El nombre del segundo tipo de felicidad parece brotado de un clásico de Federico Fellini: "la buena vida", lo llama Seligman.

Es la felicidad que nace en cada uno cuando disfrutamos haciendo algo en lo que somos buenos, o incluso talentosos. Se trata de identificar esos dones y de saberlos usar, explica.

En la vida, todo vale

Pero el estadio superior de la felicidad es otro: Seligman lo llama la "vida con sentido" ("meaningful life"). Es la mejor felicidad porque es la que más dura, dice.

Se trata de encontrar aquello en lo que realmente creemos y de poner todas nuestras fuerzas a su servicio. Las obras de caridad, la militancia política, sonreír al vecino, todo vale. Y gratifica.

Si alcanzamos la "vida con sentido" y la "buena vida", con algún toque de vida placentera, podemos darnos por hechos, promete Seligman.

Otros panelistas hablaron de las ventajas del optimismo o, simplemente, de ver la mitad llena del vaso.

¿Los pesimistas estamos perdidos?, se preocupó alguien. Claro que no, respondió el profesor Richard Davidson, del laboratorio de "neurociencia afectiva" de la Universidad de Wisconsin-Madison. Amigo y colaborador del Dalai Lama, Davidson dijo que se puede "reprogramar" o entrenar el cerebro con meditación para que la mente se focalice en lo positivo.

Davidson fue uno de los más escuchados en la Royal Society, y también cosechó algunos reproches. Como el de una madre que le recordó que "el Dalai-Lama no tiene que acostar a sus chicos de noche o lavar los platos".

Invertir la causa depresiva

La idea, según la psicología positiva, es invertir la causa de la depresión, que por lo general nace de "rumiar" incesantemente sobre un hecho negativo del pasado.

En lugar de preguntarnos todo el tiempo "¿qué hice?" ¿cómo fui tan tonto?" y otras poco estimulantes espoleadas, deberíamos recordarnos, día tras día, lo positivo.

"Estoy sano, salí a andar en bicicleta y no llovió", serían algunas ideas para comenzar.

¿Así que todo depende de nosotros? Claro que no, advierte, para nuestro alivio, la doctora Bárbara Maughan, del Instituto de Psiquiatría del King´s College London y otra de las panelistas. Los genes también tienen su responsabilidad, tanto como la forma en que nos criaron.

Después de estudiar las vidas de 17.500 personas nacidas en 1958, Maughan llegó a la conclusión de que los más felices son los que nacieron en medio de familias optimistas, se llevaron bien con sus padres y supieron planificar con tiempo su futuro.

"La mayoría de los adultos felices no volaron del nido por causas negativas", explica. Y asegura que los que tienen una pareja con quien poder compartir sus problemas la pasan mucho mejor.

Por Gabriela Litre Para LA NACION

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