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La fábula del elefante y el toro

LA NACION
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Mariano Grondona
Domingo 11 de marzo de 2001

NO bien el Presidente designó ministro de Economía a Ricardo López Murphy, antes incluso de que éste dijera una palabra o diseñara su equipo de colaboradores, numerosos dirigentes se desplegaron contra lo que denunciaban como el inminente advenimiento de un nuevo ajuste. La fórmula que ganó la calle en cuestión de horas fue que el pueblo no toleraría que le ajustaran otra vez el cinturón del desempleo, los bajos salarios y la carga impositiva que José Luis Machinea y sus antecesores habían apretado más allá de lo tolerable.

Convertido al menos por unas horas en vocero del nuevo ministro que todavía no hablaba, el jefe de Gabinete Chrystian Colombo anunció entonces que López Murphy no aumentaría los impuestos ni bajaría los salarios. Como los argentinos nos hemos acostumbrado a identificar la palabra ajuste con el "impuestazo" y la rebaja salarial que Machinea impuso al comenzar su gestión para reducir el déficit del presupuesto, cuyo súbito aumento en febrero último lo indujo a renunciar, ¿deberíamos deducir de las palabras de Colombo que López Murphy no intentará un nuevo ajuste?

Sin embargo, tanto el nuevo ministro de Economía como los economistas Daniel Artana y Manuel Solanet, que lo acompañan, creen firmemente que el déficit fiscal es el gran enemigo de la economía argentina. ¿En qué quedamos entonces? ¿Habrá o no habrá un nuevo ajuste?

Breve historia del elefante

Quizás el problema no es si López Murphy ajustará o no, sino a quién ajustará. Si el nuevo ministro decidiera aumentar aún más los impuestos o rebajar aún más los salarios, ¿a quién estaría ajustando? A la sociedad, a los argentinos de carne y hueso que apenas sobrellevan el inmenso peso del Estado. Si decidiera en cambio ajustar al Estado, a su gasto político y su ineficiencia burocrática, ¿no aliviaría a la sociedad?

Basta hacer esta pregunta para advertir que no hay uno sino dos ajustes posibles. Uno, el clásico ajuste de la sociedad en beneficio del Estado. Otro, el aún no probado ajuste del Estado en beneficio de la sociedad. ¿Y si el nuevo ministro decidiera no ajustar a nadie? En esta hipótesis puramente imaginaria, el consiguiente desajuste nos llevaría a la cesación de pagos internacionales por efecto del desequilibrio que volvió a crecer como la yerba mala en los últimos días de Machinea, no bien cesara la anestesia del blindaje.

La economía es la resultante de la relación entre el Estado y la sociedad en el seno de una nación. El Estado y la sociedad se necesitan recíprocamente. Sin Estado, la sociedad se disuelve en medio de la anarquía. Si el Estado crece fuera de toda proporción, la sociedad se asfixia en medio del estancamiento. Cuando la crisis económica asalta una nación, lo primero que hay que preguntarse entonces es cómo anda en ella la relación entre el Estado y la sociedad.

De 1810 a 1853, en las primeras décadas de su vida independiente, la Nación argentina sobrevivió apenas a través de las angustias de la guerra civil porque no tuvo Estado. Casi se extingue sin Estado. Anarquía es una palabra griega que significa precisamente eso: "sin" (an) "principio" o "poder" (arké). En 1852, año de la batalla de Caseros, el nivel de vida de los argentinos era inferior al de los tiempos de la Colonia.

Pero de 1853 a 1880, el año en el cual asumió el presidente Julio Roca, la Argentina vio crecer un Estado-toro, enérgico, pequeño y reproductor, que hasta 1930 le trajo un pueblo desde Europa y le dio, además de la alfabetización, el extraordinario desarrollo económico cuyas cifras asombraron al mundo.

Luego, primero tímidamente y al final sin freno, el Estado argentino creció hasta dominarlo todo. Fueron las décadas del Estado-elefante. Pero el elefante estatal hizo crisis en los años ochenta con un colapso de cuyas dimensiones no hemos tomado, quizá, debida cuenta. En 1989 nos dejó no sólo sin moneda en virtud de la hiperinflación (nuestra moneda real es, desde 1991, el dólar) sino también sin servicios públicos en virtud de la autodestrucción de las empresas del Estado.

¿Cuál es la situación del Estado en nuestros días? De un lado, se ha desprendido de las actividades empresarias que el Estado-elefante monopolizada, a través de un vertiginoso proceso de privatizaciones que, precisamente porque se tuvo que hacer de apuro, ha sido objeto de importantes cuestionamientos. Del otro lado, el Estado conserva en situación de colapso aquellas actividades como la Justicia, la educación, el aparato político, la administración pública y la policía que no puede privatizar.

Habiéndose desprendido de empresas que le daban un déficit inigualado por otras gestiones estatales de los servicios públicos no ya en Francia o Suecia sino en Uruguay o Brasil, el Estado residual argentino sigue siendo inmenso e ineficiente. No ha dejado de ser elefantiásico porque, después de las privatizaciones, el gasto público se duplicó. No ha vuelto a ser un toro. Es, apenas, un elefante mal alimentado. Un elefante anémico, al que la sociedad argentina ya no puede sostener.

Como consecuencia, hoy tenemos, según se lo mire, demasiado poco y demasiado Estado. Tenemos un Estado insuficiente en la esfera de las funciones que no puede delegar como la política, la Justicia, la defensa y la protección social, a las cuales se agregan la insatisfactoria regulación de los servicios públicos privatizados. Pero tenemos demasiado Estado por el costo insoportable de las tareas que retiene, un costo que, ayudado por su persistente ineficacia recaudadora, lo sume en el déficit que Machinea no pudo y López Murphy tendrá que eliminar.

El segundo toro

De todo esto se desprende que el paso de un Estado elefantiásico a un Estado nuevo, más chico y más efectivo, a un nuevo toro como el que tuvo la Argentina en 1880 es el otro ajuste, el ajuste que la Argentina necesita. Pero este segundo toro no nacerá como el primero de la nada sino de la drástica reducción del elefante subalimentado que aún nos acompaña.

Esta transformación, ¿será posible sin despidos? Con una tasa de desempleo que ronda el 15 por ciento, difícilmente la sociedad lo resistiría en este año electoral. El ingeniero Solanet, a cargo de la reforma del Estado, piensa en reducir decisivamente el número de las oficinas burocráticas innecesarias que aún nos abruman. Suponer que esto es posible sin despidos parece una utopía.

En el caso de que los hubiere, aun cuando el objetivo final de la reforma fuera aliviar el peso del Estado sobre la sociedad, ésta lo sentiría como un nuevo ajuste a la antigua, como más de lo mismo que ha sufrido hasta ahora. Pero, si por evitar este disgusto no se achica al Estado, el desequilibrio fundamental de la economía argentina subsistirá.

¿Hay algún atajo que nos salve de este dilema? Una de las ideas que maneja el equipo económico es la creación de un auténtico seguro de desempleo financiable con la nueva eficiencia administrativa que se espera lograr y con un combate efectivo de la evasión fiscal. Lo cual demuestra que el seguro de desempleo que los gobiernos han sido incapaces de montar hasta ahora es, paradójicamente, más que una medida "socialista", la condición necesaria para implantar un capitalismo avanzado y competitivo sin el cual seguiremos en el subdesarrollo.

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