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Brillante concierto en el Colón

Concierto sinfónico vocal de la Orquesta Sinfónica Nacional, el Coro Polifónico Nacional, preparado por Carlos López Puccio, Coro Nacional de Niños, preparado por Vilma Gorini de Teseo. Solistas: Virginia Tola (soprano) y Néstor Marconi (bandoneón). Director de orquesta: Pedro Ignacio Calderón. Programa: Las tres niñas, de Tres romances Argentinos, de Carlos Guastavino; Concierto para bandoneón y orquesta, de Astor Piazzolla; Salmo 150, de Alberto Ginastera, y arias y oberturas de óperas, de Giacchino Rossini, Vincenso Bellini y Giuseppe Verdi. Organizado por la Dirección Nacional de Música y Danza. Teatro Colón. Nuestra opinión: excelente

Martes 13 de marzo de 2001

Fue un concierto como salido de la galera de un mago, donde la conjunción entre belleza estética musical y valor interpretativo fue equivalente, al punto de provocar unánime y cálida aprobación del público que colmó las localidades del Teatro Colón. Al buen criterio de selección de las obras nacionales del programa y un ramillete de arias y oberturas de óperas del gran repertorio italiano se agregó el decisivo punto a favor del muy buen rendimiento de la Sinfónica Nacional y de los dos conjuntos corales participantes.

Pero, además, se sumaron, para redondear una magnífica noche, el estupendo trabajo de preparación realizado por el director Pedro Ignacio Calderón y la excelencia de ejecución lograda por los profesores del organismo. Además fue brillante la actuación de los dos solistas, Néstor Marconi, en una clase magistral de bandoneón, y Virginia Tola, en una nueva demostración de ser poseedora natural de todos los atributos de una nueva estrella de la ópera.

Todo comenzó con algo muy sencillo y, por lo tanto, más difícil. La simplicidad melódica y el encanto que emana de toda la obra del gran santafecino Carlos Guastavino -fue un justo homenaje inaugurar la temporada de conciertos con una obra del autor, recientemente fallecido- y, muy especialmente, de "Las niñas", una de las tres piezas de sus romances argentinos, de 1946, escritas primero para dos pianos y luego orquestadas.

Calderón mostró una vez más su gran categoría y solvencia para ser fiel a los autores y estilos por la mejor vía, la lectura respetuosa de la partitura, sin agregar ni quitar nada que no fuera un deseo de los creadores. Por eso logró el candor paisajista, de sabor provincial, de la delicada y agradable composición.

Luego se produjo un contraste estético al pasar a la música de elaboración clásica de Astor Piazzolla, por medio de una impecable ejecución del "Concierto para bandoneón", con todo el empuje que requiere el lenguaje del popular creador. Además del lucimiento de la orquesta por su afiatado desempeño rítmico, se destacó Néstor Marconi, como solista, quien obtuvo voces cautivantes del pequeño órgano (el bandoneón con su fuelle y el aire que provoca podría ser considerado así). Y fue sumamente expresivo en la línea melódica, de impecable articulación y variada gama de matices. El artista argentino fue temperamental en los pasajes rítmicos de los dos movimientos extremos y poético en el admirable movimiento lento central, página que integra lo mejor y más inspirado de Piazzolla.

Para cerrar la primera parte del concierto se eligió una obra hermosa y conmovedora de Alberto Ginastera, religiosa y, por lo tanto, sin puntos de contacto con una estética nacionalista, como lo fue, en algún sentido y de manera muy original, su primera época creadora. El Salmo 150, para coro mixto, coro de niños y orquesta, que compuso al egresar del Conservatorio Nacional, en 1938, y que fuera estrenado en el Teatro Colón por el eminente director Albert Wolf. Además, esta obra contó luego con ejecuciones en el exterior, entre las que se destacó la que ofreció, en Estados Unidos, Eugene Ormandy, con la Orquesta de Filadelfia, de la que fue brillante titular.

La versión fue de alta calidad a partir del perfecto equilibrio logrado entre la masa coral y la orquesta. Influyeron en ello varios factores: la preparación del Polifónico Nacional a cargo de Carlos López Puccio, músico de raza que sabe cómo obtener empaste, justeza y flexibilidad, y el buen desempeño del coro de niños (parece estar integrado por muchos que ya no lo son), preparado por Vilma Gorini de Teseo, y, por último, la jerarquía y tradicional calidad de la Orquesta Sinfónica Nacional.

Pedro Ignacio Calderón, con todos esos elementos, ofreció una versión estupenda en la ejecución técnica y profundamente conmovedora por su expresión interior, que adquirió una luminosa culminación en el "Aleluya", y constituye un ejemplo de colorida orquestación lograda con mano maestra por el autor, quien en su juventud ya mostraba lo que sería una constante en su obra futura, inclinación por las texturas del sonido, desde las transparencias cristalinas y delicadas hasta las de expansiones voluminosas.

Pero la velada había llegado a la mitad. Faltaba el éxito contundente de la joven soprano Virginia Tola, que cantó las arias "Una voce poco fa...", de El barbero de Sevilla, de Rossini, "Col sorriso d´innocenza...", de "Il pirata", de Vincenzo Bellini y "Tacea la notte placida... y cabaletta Di tale amor...", de Il trovatore, de Giuseppe Verdi, en todos los casos secundada con pericia por el director y la orquesta.

Por su apabullante personalidad, su elegancia y calma frente a la imponente sala, la belleza de su timbre vocal, la extensión de su registro y amplio volumen, su natural escuela de emisión, musicalidad sin debilidades y la evidente comprensión de la situación dramática de los personajes, por medio de inflexiones de la palabra cantada y una muy leve marcación en el gesto y miradas expresivas, a la manera de María Callas en concierto, la joven Virginia Tola demostró ser poseedora de naturales virtudes de una estrella del arte lírico.

Por el frenesí del público agregó "In quelle trine morbide...", de Manon Lescaut, de Giacomo Puccini, y su capacidad como intérprete lució a gran altura, transformando su triunfo en un hecho de enorme significación. Ahora está el camino por delante que ha de transitar de manera pausada, llevada de la mano por su intuición, vocación y amor por la música (sabemos muy bien que es su pensamiento), con estudio medular y sin caer en el fácil mercantilismo de la industria del espectáculo.

Alto nivel

Por último, alternándose con esa impecable actuación de la cantante argentina, la Nacional y Calderón brindaron ajustadas y en perfecto estilo tres oberturas muy difundidas, la burbujeante del "Barbero", de Giacchino Rossini, y las dos de Giuseppe Verdi, una delicada y emotiva, el preludio de "La traviata", y otra exuberante y grandiosa, de "Las vísperas sicilianas".

En resumen, fue una reconfortante jornada para la música instrumental de autores nacionales, preparada con la solvencia que muchas veces falta para ellos en los ciclos tradicionales y un nuevo aporte del país al arte lírico del más alto nivel de calidad.

Juan Carlos Montero

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