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Fascinante "Moby Dick" leída en escena

Luis Cano y Emilio García Wehbi

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LA NACION
Martes 23 de diciembre de 2003

Domingo, 15.30. El Servicio Meteorológico Nacional dice que la sensación térmica es de 33 grados. Con semejante sofocón, ¿a quién se le ocurriría estar encerrado en un teatro? Contestación: a los actores y directores Luis Cano y Emilio García Wehbi, a Alicia Leloutre y Ricardo Sica, de Espacio Callejón, a 13 espectadores y este cronista.

Los presentes motu proprio habían picado el anzuelo de ser testigos de la lectura ininterrumpida de "Moby Dick" que había comenzado la noche anterior, a las 21. A esa hora, Luis Cano dijo a manera de presentación: "Hay una ballena dentro de este libro que nos permitirá avanzar o descansar. Si alguien de ustedes quiere salir, puede ir y volver en cualquier momento, también moverse libremente dentro y fuera de la sala. La ballena podría irse para siempre o volver. Hay almohadones para que la gente cansada pueda descansar. Cada uno de los discos de pasta dura entre tres y seis minutos por lado, fueron encontrados en la calle. Hay discos, pero también aquel piano. (...) Esperamos poder confrontar lo que pase. Que esto que hacemos se encuentre un poco con lo que llamamos vida, teatro es también otra palabra para llamar la vida. Acá estamos".

Acto seguido, comenzó la lectura de las 668 páginas. Acto seguido, comenzó esa especie de performance, de un número de variedades con ínfulas de batir un récord para figurar en el Guinness. Así de insignificante, así de aburrido, así de inquietante, así de vivo.

Luis Cano, los espectadores y el espíritu de la ballena
Luis Cano, los espectadores y el espíritu de la ballena. Foto: Maxi Amena

A las 15.30, algunos toman mate. Otros, duermen. Media hora más tarde (o más, el tiempo es muy subjetivo) Wehbi lee: "Hablando sin cesar para mantenerse despierto". La frase retumbaba entre esos límites poco claros que dibuja el mismo calor, la ensoñación de estar escuchando un texto que suena como a lo lejos o la monotonía de la situación escénica. A casi 19 horas de haber comenzado la lectura, Wehbi y Cano trastabillan, se equivocan. Poco importa. Cada vez que uno termina de leer un capítulo toca una campana y escribe en una pizarra el número del capítulo leído y la hora. Acto seguido, toma la posta el otro.

Dicen que la cosa comenzó con más gente. Dicen que a eso de las cuatro de la mañana había 10 personas, todas dormidas. Dicen que en otro momento (antes o después, tampoco importa) hubo unos instantes en que quedaron ellos dos solos frente a dos espectadores. Dicen que un señor llegó el domingo por la mañana temprano, que se fue enojado porque debía cumplir con un almuerzo, pero que volvió más tarde con su libro de "Moby Dick" y siguió la lectura, página tras página. Es más, en un momento -dicen- Cano se equivocó en la lectura y el señor salió en su ayuda como enfrentando él también a la inmensa ballena blanca, al calor y a una penumbra que tornaba todo más difuso.

Dicen que entre las 4 y las 7 de la mañana García Wehbi se quedó dormido mientras leía. Dicen que en medio de ese instante fugaz murmuró la palabra "empanada". Dicen (en realidad dice el mismo García Wehbi) que se despertó ante la sonrisa de los que andaban por ahí, acompañando un viaje de umbrales difusos.

Cuentan también que en total hubo unos 60 a 70 espectadores. O que se cerró el libro a las 20.45 de anteayer, después de la tormenta. O que los actores no comieron más que galletas, que tomaron agua con sal y que durmieron apenas unos minutos. Poco importa, o sí.

Ahí están. Ahí estuvieron poniendo todos el cuerpo en una experiencia escénica fascinante.

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