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Deporte e inclusión social

Domingo 11 de enero de 2004

A medida que se profundiza el estudio del deporte en tanto actividad cultural, van quedando más y más en claro las posibilidades que le asisten de ser un vigoroso nexo mejorador de las relaciones solidarias entabladas por los seres humanos. Abundan las muestras de esa positiva derivación de las actividades deportivas que, en forma progresiva, contribuyen al ideal de construir estructuras sociales más sólidas, justas y equitativas.

Es el caso, por ejemplo, de la asociación entablada por la Fundación Real Madrid -en representación del famoso club español- con la Obra del Padre Mario Pantaleo, cuya acción tiene centro en González Catán, área del conurbano bonaerense vastamente poblada y afectada por elevados índices de pobreza y desempleo. Aquella institución desarrollará una escuela socio-deportiva orientada a convertirse en un espacio educativo que habrá de aprovechar la inclinación por el deporte que caracteriza a los niños y a los adolescentes. Mediante el aprendizaje del fútbol y del basquetbol, combinado con tareas de seguimiento y apoyo escolar, controles pediátricos y nutricionales, aportes alimentarios y vinculación directa y estrecha con las familias de los concurrentes, la escuela aspira a "formar personas que por intermedio del deporte sean capaces de integrarse más acabadamente con su entorno social".

Más silenciosamente, en una empobrecida zona de la ciudad de Mendoza, un grupo de jóvenes liderados por Juan Pablo di Benedetto fundó el Club Ciudad Oeste, un proyecto transformador y no tan sólo asistencialista. A partir de la práctica del fútbol y del hockey, alrededor de 500 chicos y chicas encuentran una alternativa de vida diferente frente a la droga, el alcohol, la delincuencia o la prostitución. Similar iniciativa encara en Moreno, provincia de Buenos Aires, el club Defensores del Chaco, liderado por Fabián Ferraro, con el apoyo de la Fundación Ashoka.

Desde otro enfoque diametralmente opuesto en lo operativo, pero similar en su finalidad, desde hace algo más de un año dos ex jugadores de rugby, Carlos Ramallo y Marcos Julianes, congregan todos los sábados a alrededor de 160 chicos de los barrios carenciados de Virreyes y San Fernando para enseñarles ese deporte. Se trata de pequeños de entre 9 y 11 años que, sobre la base de un juego que con entera justicia ha sido tildado de "escuela de vida", aprenden a convivir entre ellos y con sus ocasionales rivales, al tiempo que moldean su personalidad y su carácter.

Tal como se puede apreciar, estos proyectos pueden llegar a convertirse en disparadores de muchas otras iniciativas similares. Ello porque los enaltece la sana comprobación de que evitando aislarse dentro del parcializado mundo de los resultados y exigencias propios de la denominada alta competición, el deporte asume una condición solidaria que lo convierte, sin duda, en parte integrante de la comunidad que lo rodea.

No es poco. Y se trata de una vía que puede llegar a distancias inconmensurables a poco que se asuma su inmenso potencial. Ese potencial que ya fue explicado por mentes lúcidas, tales como la del ex presidente sudafricano Nelson Mandela cuando expresó: "El deporte tiene el poder de cambiar al mundo porque pocas cosas pueden unir a las personas como lo hace el deporte".

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