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Los intelectuales y el país de hoy

Carlos Strasser: "La democracia es cada vez menos posible"

Política
 
 

Considerado como uno de los mayores teóricos de la democracia en América latina, Carlos Strasser está convencido de que, con la complejidad de las sociedades modernas, la democracia es naturalmente cada vez menos posible. Cree que, a pesar de todos sus males, el Pacto de Olivos de 1993 salvó la democracia argentina y opina que el peronismo se ha convertido en una versión moderada del Partido Revolucionario Institucional (PRI) mexicano.

Investigador superior del Conicet y figura representativa de Flacso, donde creó y dirige desde hace 25 años las maestrías en ciencias sociales decanas del país, Strasser fue uno de los fundadores de la carrera de Ciencia Política en la Universidad de Buenos Aires. Se recibió de abogado en la UBA, en 1961, y realizó un doctorado en Ciencia Política en la Universidad de Berkeley, California, entre 1966 y 1971, años en los que fue testigo de fenómenos tales como el movimiento hippie y las derivaciones de la Guerra de Vietnam.

Ha escrito numerosas obras, entre las cuales se destacan "El orden político y la democracia", "Para una teoría de la democracia posible", "Democracia III. La última democracia", "Democracia y desigualdad" y, más recientemente, "La vida en la sociedad contemporánea".

-En una de sus obras usted ha señalado que la democracia "es más que menos cosa del pasado y apenas tiene futuro". ¿Cuál es el alcance de esta frase?

-En mis trabajos he tratado de distinguir tres tipos de democracia. Un primer tipo es la ateniense, vinculada con la utopía de la democracia directa. La segunda clase es una versión más moderna, la democracia representativa y constitucional característica de los siglos XVIII y XIX en adelante. Y hay un tercer tipo, que se vincula con una democracia que va a ser cada vez más limitada por el simple hecho de que las sociedades de hoy son mucho más complejas, en virtud de su superpoblación, de su fragmentación en culturas y subculturas y de estar plagadas de organismos, agencias nacionales, internacionales y multinacionales, sin hablar de las corporaciones, los partidos y los medios de comunicación. Gobernar una sociedad tan compleja con la agenda de hoy es extremadamente difícil, poco menos que imposible.

-¿Por qué?

-La prueba estaría en que la actividad política hoy en general va a la zaga de los acontecimientos. La dimensión política de la vida social está hoy reducida a un papel de acompañamiento y homologación de las cosas que ocurren en el mundo, pero están dictadas más que nada por el mundo económico y financiero. Entonces, la capacidad de iniciativa y de decisión de la política, y transitivamente de las clases políticas, es infinitamente menor. La democracia en estas condiciones es naturalmente menos posible.

-¿Y cómo relaciona esta teoría con los últimos veinte años de historia política argentina?

-Los últimos veinte años de historia argentina confirmarían que el logro mayor de este tiempo es la realización del Estado de Derecho constitucional. Esto es sólo una parte de la idea democrática. La política tiene menos peso cada día en las sociedades contemporáneas y, consecuentemente, también tienen menos peso las clases políticas. Y en la medida en que tienen menos peso, también va cayendo la tendencia a vivir para la política y cobra más fuerza la idea de vivir de la política. Y de ese modo las clases políticas tienden a convertirse en clases dirigentes cuentapropistas y, en un extremo, corruptas.

-¿Puede construirse una democracia sólida en estas condiciones y con el enorme desprestigio que exhibe nuestra dirigencia política en la actualidad?

-Creo que lo que puede construirse, lentamente, mediante ensayo y error y la acumulación de experiencia, es una sociedad lo más civilizada y republicana posible, pero democrática en un sentido estricto de la palabra, es cada vez menos posible. El ejercicio democrático queda reducido a los momentos electorales básicamente.

-¿Qué balance puede hacer entonces de los últimos veinte años de la Argentina, desde la llegada de Raúl Alfonsín al poder?

-En la columna del haber, podemos advertir que nunca antes habíamos logrado el grado de convivencia y tolerancia política que hemos tenido en estos años, con excepción del momento en que Carlos Menem intentó forzar su segunda reelección. Creo en ese sentido que el Pacto de Olivos, pese a todo lo malo que tuvo, salvó la democracia argentina.

-¿Realmente cree que nuestra democracia hubiera naufragado sin el Pacto de Olivos?

-Es que el menemismo estaba tan embalado y tan ensoberbecido que no hubiera trepidado en nada con tal de lograr la reelección de Menem, basándose en algo que era difícilmente discutible, como el argumento "si el pueblo lo quiere..." Hamilton, uno de los padres fundadores de los Estados Unidos, era partidario de la reelección indefinida del presidente. Menem, de haber leído a Hamilton además de Sócrates, hubiera podido usarlo a Hamilton en defensa de su posición, y aunque no lo utilizó, podía haberse amparado en el principio de la voluntad popular, aunque fuera contra las sanas prácticas del derecho constitucional.

-No hace mucho, con motivo del aniversario de su elección como presidente, Alfonsín dijo que teníamos una "democracia renga" porque trajo libertad pero no igualdad. Usted ha escrito un libro titulado "Democracia & Desigualdad". ¿Coincide con esa apreciación de Alfonsín?

-Debo decir que coincido. La democracia supone autonomía individual. Todo individuo que no tiene autonomía -y no la tiene todo aquel que carece de educación, salud, vivienda, empleo e información- va a estar reposando en una ciudadanía que es tan sólo en el momento del voto. Es una lección básica de la ciencia política que una democracia exige grados importantes de igualdad social. No una igualdad completa, pero sí importante. No se puede renunciar al sueño de la igualdad de los seres humanos, aunque sea una utopía.

-¿Y cómo lograr esa ansiada igualdad social sin menoscabar las libertades ni renegar del capitalismo?

-Una sociedad que no sea capitalista es inimaginable, al menos en Occidente. Esto no quiere decir que no haya una tensión inevitable e intrínseca entre una democracia que apunta a la igualdad y a la autonomía individual y el capitalismo. Porque el capitalismo, de suyo, genera desigualdades sociales.

-¿A su juicio el neoliberalismo ha condicionado mucho más el desarrollo de la igualdad social?

-El neoliberalismo es una de las ideologías posibles del capitalismo; ni la única ni la mejor. Y como muchas cosas de este mundo, está llamado a su extinción. El capitalismo es otra cosa, no es una ideología sino un modo de organización de las sociedades fundamentalmente en cuanto a su economía y es el modo que está más de acuerdo con la naturaleza del ser humano.

-En los años 90 pareció generalizarse una ola democratizadora. Usted parece ponerla en duda.

-No, simplemente la cualifico. Creo que se trató de un proceso de extensión y no de intensión con s (sic) democrática. Es decir que la democracia se extendió a muchos más países y más gente en todo el mundo, pero lo hizo con una baja calidad democrática. La intensidad de esa democracia extendida resultó menor que el tercer modelo de democracia al que podemos aspirar, que genera menos ilusiones comparado con los anteriores. En el siglo XIX se pudo pensar que alguna vez en el futuro la democracia se realizaría; en el siglo XXI no se puede pensar en eso.

-Le propongo que vayamos a nuestra historia política reciente. ¿Cómo evalúa los acontecimientos de diciembre de 2001 dos años después y qué lecciones recoge?

-A diciembre de 2001 llegamos por una suma de factores: la herencia real del régimen menemista, el contexto económico internacional desfavorable, la falta de cohesión del gobierno de la Alianza y de un auténtico programa de gobierno, la falta de capacidad gubernativa y el encerramiento -que algunos llaman autismo- de Fernando de la Rúa, además de la fama de torpe que le generaron, como se le hizo fama a Illia al compararlo con la tortuga, y por último una simultánea conspiración subterránea de ciertos sectores políticos para hacerse del poder. Desde luego, hubo una suerte de sublevación civil espontánea, producto del corralito que castigó muchos bolsillos. Todo esto, metido en una coctelera, arrojó los resultados conocidos.

-¿Una tormenta perfecta?

-Se juntaron todos los ingredientes para la receta más exquisita de la gastronomía. Sólo faltaron los militares, que por suerte han estado tranquilos en los últimos tiempos.

-¿Cómo explica el fracaso de aquellos grupos que bregaban por que se fueran todos y que hoy advierten con pesar que el recambio de figuras políticas es mínimo?

-El "que se vayan todos" fue una reacción de bronca, pero no meditada, porque pedía un imposible absoluto. Posteriormente, el curso mismo de la vida política fue diluyendo el reclamo y la esperanza de un cambio de gobierno hizo el resto. Tampoco dejaría de mencionar la baja preocupación de los políticos por ser representativos y su aferramiento en una enorme cantidad de casos al vivir de la política y gozar de los cánones públicos y sus beneficios.

-Con todo, la Argentina parece asistir, al iniciarse 2004, a un período de enorme optimismo, corroborado por encuestas internacionales, como una de Gallup que muestra al argentino como el décimo pueblo más esperanzado entre sesenta países, y por otros sondeos de opinión locales tanto entre la ciudadanía como entre empresas que también dan claras muestras de un optimismo que no se advertía desde hace años. ¿Cómo explica este fenómeno?

-Es la consecuencia más esperable de cómo una sociedad reacciona ante el hecho de escapar de una situación que era catastrófica en todos los campos. Haber zafado de ese brete y ver cómo se mantuvo el proceso institucional, al igual que las reglas de juego institucionales, cómo dentro de todo el presidente Eduardo Duhalde y el ministro Roberto Lavagna consiguieron, bien que mal, dirigir la nave hacia el puerto y asistir a un nuevo presidente que aparentemente quiere sanear los vicios y las instituciones más golpeadas en los últimos años, no puede sino alentar esperanzas.

-¿Cómo ve al gobierno de Néstor Kirchner y su estilo tan particular?

-No voy a decir nada muy original. Pero me parece que por el lado positivo lo veo luchando por el interés general y la transparencia, con arrestos -entre sentidos y muy vendedores también- de cuidado de la dignidad nacional. Por el lado menos positivo, lo veo a veces destemplado, quizás en exceso pendiente de la repercusión popular y de la opinión pública sobre lo que dice y lo que hace. Y quizá también algo por demás concentrador de poder.

-¿Coincide con quienes le endilgan tentaciones hegemónicas?

-No lo veo así. Sí creo que Kirchner tiene una gran voluntad y ambición de poder, algo que es propio del oficio de un político y que debe considerarse legítimo, ya que corresponde a lo que Carl Schmitt denominaba la ética del político.

-Algunos observadores internacionales, como Mario Vargas Llosa, tildaron a nuestro presidente de "demagogo". ¿Está de acuerdo con ese calificativo?

-Yo matizaría. Diría que vierte en el cóctel algunas cosas de demagogia.

-¿Cómo cuáles?

-Como la expresión "minga" frente a las demandas del Fondo Monetario Internacional, por ejemplo.

-Ya que tocó ese tema, entre la expresión "minga" y lo que usted menciona como esfuerzos del Presidente por devolverle la dignidad al pueblo argentino, ¿cómo evalúa la complicada negociación del gobierno argentino con los acreedores privados?

-La posición argentina es difícil e internacionalmente no se puede mirar de la mejor manera. Fuimos un país incumplidor y lo rematamos con un default aplaudido por el Congreso. Aun si fuese cierto que los capitales que vinieron a la Argentina llegaron porque pretendían hacer un buen negocio, no es menos cierto que quienes decidimos lo que decidimos fuimos quienes estábamos de este lado del mostrador. Eso no quita ciertamente que los economistas del Fondo y otros tuvieran un peso importante para decisiones nuestras poco atinadas que además se remataron con un gobierno plagado de funcionarios más preocupados por sus beneficios políticos y económicos que por cualquier otra cosa.

-¿Cómo cree que puede evolucionar el sistema de partidos en la Argentina?

-Parecería que hubiera la posibilidad de un quiebre del sistema de partidos. Claramente no parece que vayamos a volver a los años del bipartidismo y es una adivinanza para mí imaginar cómo terminará la vida interna del peronismo. Sólo después de que se resuelva la cuestión justicialista podrán definirse las formas que tomará la oposición. En este momento, todo está supeditado a la suma del dominio político y electoral del justicialismo y su falta de cohesión, si es que no termina en alguna fractura.

-¿Contempla entonces la hipótesis de una fractura en el PJ?

-No la descarto, pero ni los propios justicialistas imaginan cuál será el futuro escenario. Y en todo esto habrá que ver cómo juega la relación entre Kirchner y Duhalde.

-Todo indica que si al gobierno de Kirchner le va bien, difícilmente Duhalde quiera ir contra la corriente...

-Pero hasta que a Kirchner le vaya bien y para que le vaya bien, la relación Kirchner-Duhalde tiene que ser fluida. Y no sabemos hasta cuándo lo seguirá siendo. Cabe la hipótesis, aunque parezca una inocencia, de que Duhalde esté conforme con mantener la opinión apreciablemente favorable con la que dejó el gobierno y convertirse en una especie de prócer de la República. Por ahí se conforma con quedar bien con la historia.

-No es poca cosa...

-No es poco, claro. Duhalde quedó casi imprevista y asombrosamente bien parado, algo que a mi juicio le debe a Lavagna en un 90 por ciento.

-¿Pero no es el peronismo algo más que Kirchner y Duhalde, si se tiene en cuenta el peso de todos sus gobernadores?

-El peronismo es ante todo algo que está entre el mito y la tradición asentada en la cultura política argentina. Quien se sube al tranvía peronista tiene una gran ventaja y quien no se sube al tranvía peronista en principio pierde. Si eso es así, el pronóstico para la adivinanza acerca del futuro del peronismo debería apuntar a que se recomponga más o menos orgánicamente con las distintas líneas internas que siempre han existido en el peronismo, sin perjuicio de alguna escisión de alguien. La frase de Perón de que para un peronista no hay nada mejor que otro peronista tendría en ese sentido validez empírica. Y a mí siempre me ha llamado la atención cómo dirigentes de distintas líneas del peronismo siempre terminan arreglando sus diferencias.

-¿Cómo encajaría en este esquema la idea de la llamada transversalidad que propone Kirchner, que apunta a sumar a sectores no peronistas, especialmente de centroizquierda?

-Creo que Kirchner apunta a incorporarlos a su base electoral, más que a hacerlos peronistas.

-Este proceso tiene antecedentes. En su momento el peronismo se puso de novio con el nacionalismo; más adelante, en los años 70, con la izquierda, y en los 90 con sectores de la Ucedé. En todos los casos, esas fuerzas terminaron siendo deglutidas por el peronismo. ¿Cómo puede avanzar este nuevo proceso de transversalidad, que ahora se manifiesta con la designación de Graciela Ocaña en el PAMI y con denuncias desde el propio ARI de que Kirchner aspira a eliminar a la oposición?

-Lo de Graciela Ocaña es una jugada más que interesante, en tanto se coloca a una figura ética al frente del organismo más corrupto del país, al tiempo que desarticula de alguna manera al ARI. No veo de todas formas al ARI constituido como algo muy orgánico, sino como algo que gira alrededor de la figura de Elisa Carrió.

-¿Y qué perspectivas le ve a la centroderecha argentina?

-La forma que tome la oposición llegará después de un tiempo de gobierno de Kirchner y del perfil que termine adoptando el PJ después de sus disputas internas. Ricardo López Murphy, como Carrió, tiene una muy buena imagen personal y, por ende, la posibilidad de convertirse en un dirigente político capaz de liderar a un sector de la sociedad argentina. Pero todos estamos esperando ver cómo se resuelven los temas de la agenda del 2004 y en particular las pugnas dentro del justicialismo.

-¿Cómo evalúa la hipótesis de que oficialismo y oposición terminen conviviendo dentro del propio peronismo?

-De hecho, el justicialismo tiene oficialismo y oposición, por la existencia de un menemismo que expresa sus diferencias con el Gobierno. Pero en la Argentina siempre parece predominar la tendencia a alinearse con el poder presidencial, que posee resortes demasiado importantes. Basta ver lo que están haciendo el propio gobernador de La Rioja y otros mandatarios provinciales que se acercan al calor de la Casa Rosada para ver que la oposición dentro del propio peronismo no tiene muchas chances de subsistir como tal.

-¿Puede correr el peronismo el riesgo de seguir los pasos del Partido Revolucionario Institucional (PRI) mexicano?

-Me animo efectivamente a pronosticar como probable la historia del sistema de partidos mexicanos, que por muchos años tuvo un partido hegemónico como el PRI y que sólo tras un período de anquilosamiento de esta fuerza política dio lugar a la vigorización de otros partidos que llegaron a disputar el poder. El peronismo, en cierto modo, está convertido en una versión moderada del PRI: es dueño del Gobierno, de la mayoría del Congreso y de los gobiernos provinciales y enfrenta a una oposición que apenas dispone de un espacio de control.

-¿Cuáles son hoy los principales retos para la consolidación del sistema institucional argentino?

-Extrañamente no son los propios de la dimensión institucional misma. Todo dependerá de la resolución de nuestra terrible situación económica y social. En este sentido, vale recordar una frase de Giovanni Sartori, según la cual "las instituciones y constituciones no pueden hacer milagros, pero difícil será que tengamos buenos gobiernos sin instrumentos de gobierno". Yo la invertiría y diría que efectivamente se necesitan instrumentos de gobierno para que tengamos buenos gobiernos, pero concluiría que las instituciones no pueden hacer milagros.

Si el contexto socioeconómico y político no está suficientemente mejorado, no alcanza ninguna reforma política. Ni la supresión de las listas sábana ni el acortamiento de las campañas incidirá sobre nuestras vidas tanto como lo otro. Crucemos los dedos para que la economía siga mejorando.

-En los últimos meses los indicadores económicos siguen mejorando y, créase o no, el nivel de optimismo social se está incrementando.

-Es que la capacidad de este país para resucitar es increíble. El problema es cultural. Por un lado, tenemos una cultura brillante, que se manifiesta en las artes, las ciencias, el deporte, los espectáculos y la arquitectura. Del otro lado, tenemos una cultura que se ha ido formando a lo largo de décadas, basada en la falta de solidaridad, en el individualismo, el egoísmo, la indiferencia, el facilismo y el afán por hacer trampa -desde conseguir una entrada de cine con mejor ubicación por izquierda hasta la corrupción en gran escala- y remover todo eso lleva naturalmente mucho tiempo. Hoy convivimos con esas dos culturas y a mí me encantaría que se produjera una especie de switch gestáltico y que todo pueda cambiar rápidamente. Tan rápidamente como nuestro humor social frente a la política y la economía. Pensemos que hace algo más de un año se llegó a hablar de guerra civil. Las ideas y las creencias no suelen cambiar abruptamente, pero pueden hacerlo a partir de las esperanzas. Insisto: los pueblos son crédulos y la gente hoy ha pasado a creer. Dios quiera que no la sometan a un nuevo castigo. .

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