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Democracia sin demócratas

Por Ralf Dahrendorf Para LA NACION

Sábado 24 de enero de 2004

LONDRES El filósofo Karl Popper tenía razones de sobra para proponer una definición precisa de la democracia como "un medio incruento para destituir a quienes estén en el poder". Desde luego, su método preferido era la urna electoral.

Esta definición evita las disputas teológicas en torno a la "soberanía del pueblo" y la posibilidad o imposibilidad, de su existencia real. También nos ahorra el trabajo de intentar meter en ella toda clase de objetivos deseables, tales como la igualdad social y la tecnológica, una teoría general del proceso concreto de "democratización" o incluso un conjunto de virtudes cívicas participativas.

Sin embargo, ella no nos ayuda a resolver un interrogante que ya es cosa común en muchas partes del mundo: ¿y si aquellos a quienes separamos del poder creen en la democracia, pero sus reemplazantes no? En otras palabras: ¿qué pasaría si eligiéramos a las personas "inadecuadas"?

Los líderes del peligro

Los ejemplos no escasean. En estos últimos años, les ha ido muy bien a algunos partidos europeos de dudosos antecedentes democráticos. La lista de sus líderes es larga: Jšrg Heider, en Austria; Christoph Blocher, en Suiza; Umberto Bossi, en Italia; Jean-Marie Le Pen, en Francia... En el mejor de los casos, los triunfos electorales de esos grupos dificultan la formación de gobiernos responsables. En el peor, presagian movimientos de activistas antidemocráticos capaces de conseguir una mayoría por la vía electoral.

Esto ha sucedido o sucede en no pocos lugares del mundo. Se destacan dos ejemplos recientes. Uno es el de los países poscomunistas de Europa oriental y sudoriental. Sorprende ver cuántos de ellos han elegido a miembros de la antigua nomenklatura presentados con otro disfraz. Hoy, el caso más extremo es Serbia, donde gran parte del electorado votó a hombres que son juzgados en La Haya por crímenes de guerra.

El otro ejemplo es Irak y la posibilidad de que el sueño norteamericano de llevar la democracia a ese país convulsionado desemboque en el ascenso al poder de un movimiento fundamentalista, elegido por sus ciudadanos.

El solo pensar en esos ejemplos nos lleva a la conclusión obvia de que la democracia va más allá de las elecciones. Por supuesto, de hecho, sus precursores la concebían de manera muy amplia. John Stuart Mill incluía la "nacionalidad", o sea, la existencia de una sociedad cohesiva delimitada por fronteras nacionales, entre los requisitos para acceder a la democracia. Otro era la capacidad y el deseo de los ciudadanos de rumiar su voto. En nuestros días, esas virtudes ya no se dan por sentadas. Probablemente, sólo las practicaba una minoría aun en la época en que Mill escribió su tratado sobre el gobierno representativo.

Hoy, la democracia tiene que significar "elecciones y algo más". ¿Pero qué?

Tal vez haya algunas medidas técnicas viables, como prohibir a los partidos y candidatos que hagan campañas contra la democracia, o cuyas credenciales democráticas sean endebles. Esto dio resultado en la Alemania de posguerra, pero los recuerdos traumáticos del régimen nazi y la relativa debilidad de los movimientos antidemocráticos coadyuvaron a ello. Turquía bien podría ser un ejemplo más pertinente. Allí, la Justicia disolvió los movimientos islamistas; cuando éstos reaparecieron con otro ropaje, tuvieron que someterse a pruebas rigurosas.

Aun así, los problemas saltan a la vista. ¿Quién juzga la elegibilidad de los candidatos? ¿Cómo se hacen cumplir sus fallos? ¿Y si un movimiento antidemocrático provoca tal marejada de adhesiones, que su supresión desencadenaría la violencia?

Hasta cierto punto quizá sea mejor darles una oportunidad de gobernar con la esperanza de que fracasen, como lo han hecho la mayoría de los actuales grupos europeos antidemocráticos, aunque también sería peligroso. Cuando Hitler llegó al poder, en enero de 1933, muchos alemanes democráticos, o acaso la mayoría, pensaron: "¡Déjenlo! Pronto quedará en evidencia lo que es y, sobre todo, lo que no es". Pero el tiempo es relativo: ese "pronto" significó doce años de régimen, una guerra salvaje y el Holocausto.

Por tanto, los ciudadanos activos partidarios del sistema liberal deben protegerlo. Sin embargo, hay otro elemento más importante que es preciso defender: el imperio de la ley. No es sinónimo de democracia, ni se garantizan siempre en forma recíproca. El imperio de la ley, es aceptar que leyes dictadas no por alguna autoridad suprema, sino por la ciudadanía; rigen para todos: el gobierno, la oposición y los que no participan en el juego del poder.

El imperio de la ley es el punto más fuerte de la Turquía actual. Ha sido, y con razón, el objetivo primordial de Paddy Ashdown, alto representante de las Naciones Unidas para Bosnia y Herzegovina. Hay que defenderlo. Las llamadas "leyes de excepción", que lo suspenden, constituyen la primera arma de los dictadores. Claro que resulta más difícil valerse del imperio de la ley para socavarlo que usar las elecciones populares contra la democracia.

Así pues, "elecciones y algo más" debe significar democracia más el imperio de la ley. A riesgo de ofender a muchos amigos democráticos, admito haber llegado a la conclusión de que cuando se introduce el constitucionalismo en un país que ha salido de una dictadura, el imperio de la ley debería preceder a la democracia. Los jueces independientes e incorruptibles son aún más influyentes que los políticos elegidos por mayorías masivas. ¡Dichosas las naciones dotadas de tales jueces y políticos que, además, los alientan y protegen!

© Project Syndicate/Institute for Human Sciences y LA NACION

El autor fue rector de la London School of Economics y director del St. Anthony´s College, en Oxford; actualmente integra la Cámara de los Lores.

(Traducción de Zoraida J. Valcárcel)

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