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Las vacilaciones deben cesar

Miércoles 21 de marzo de 2001

LA asunción del nuevo gabinete del presidente Fernando de la Rúa, en el cual sobresale la incorporación de Domingo Cavallo como ministro de Economía, marca el comienzo de una nueva etapa política, sobre la que cabe esperar que ponga fin a un período signado por vacilaciones, marchas y contramarchas que generaron una peligrosa espiral de cambios vertiginosos e incertidumbre con un enorme costo para el país y sus instituciones.

Desde la renuncia de José Luis Machinea como titular del Palacio de Hacienda, los argentinos hemos asistido con asombro a una serie de actos signados por un enorme grado de improvisación -cuando no de irresponsabilidad- que descolocaron más de una vez al primer mandatario y a algunos de sus colaboradores más cercanos.

La falta de una decidida acción del jefe del Estado para alinear a dirigentes de su propio sector político antes de exponer a un economista de la talla de Ricardo López Murphy al casi anunciado desgaste que precipitó su tan prematura renuncia puede ser un ejemplo. La actitud de funcionarios que desertaron de sus responsabilidades ante el primer tropiezo y la de dirigentes de la coalición gobernante que, anteponiendo mezquinos intereses electoralistas, tratan de competir por el espacio de la oposición, también sintetizan esta suerte de comedia de enredos que estuvo bien lejos de despertar aplausos.

Aun cuando la llegada de Cavallo al Ministerio de Economía constituya en sí un hecho auspicioso por el reconocido prestigio local e internacional que suscita el inspirador de la convertibilidad, debe lamentarse el triste final del equipo encabezado por López Murphy, como la llamativa debilidad que evidencia la actitud de un presidente de la Nación que respalda a su ministro una mañana, del otro lado de la cordillera, y que le quita su apoyo pocas horas después.

Como se señaló ayer en esta misma columna, al antecesor de Cavallo en el Palacio de Hacienda debe reconocérsele el coraje para elaborar un acertado diagnóstico sobre la crítica situación del Estado argentino y acerca de su enorme gasto improductivo.

El desgaste y el manoseo al que quedó expuesta la última conducción económica no deben hacernos perder de vista aquel diagnóstico. ¿Acaso quienes resisten el ajuste pueden justificar que la Legislatura de una de las provincias más pobres de la Argentina, como Formosa, tenga un costo superior al del cuerpo legislativo de la provincia alemana de Baviera, cuya riqueza es 176 veces mayor a la del distrito argentino? ¿O están en condiciones de defender una estructura educativa que deriva un 29 por ciento de su presupuesto a tareas administrativas, cuando en los países de la OCDE tales erogaciones apenas promedian el 12 por ciento?

Es de esperar que la clase política argentina deje de pensar en ruines intereses particulares y analice la crisis con una mayor amplitud y responsabilidad, alejada de los discursos voluntaristas y demagógicos a los que la sociedad está acostumbrada.

En igual sentido, cabe desear que algún día los grupos sindicales y estudiantiles que en los últimos días convocaron a paros o cortaron avenidas reflexionen seriamente sobre sus consecuencias. Tal vez descubran que ni inducir a la profundización del conflicto social ni mucho menos recurrir a la violencia ayudará a los genuinos intereses de sus representados.

A todos los sectores de la sociedad les cabe una enorme responsabilidad ante las difíciles horas que atraviesa el país. Resulta necesario que el titular del Poder Ejecutivo y su nuevo gabinete den las suficientes muestras de cohesión y homogeneidad para evacuar las dudas y la confusión que afectan a los agentes económicos. Es imprescindible que la imagen de un poder político atomizado y de una dirigencia dispersa y desorientada ceda ante la convicción para encarar un programa de crecimiento económico que no relegue un duro ataque a los desequilibrios estructurales del Estado. Y, finalmente, resulta urgente que los legisladores de la oposición dejen de anteponer su casi natural tendencia a endosarle el costo político al oficialismo a un urgente espíritu de prudencia y patriotismo que les devuelva a los argentinos la esperanza.

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