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Poesía de la pobreza

Por Jorge Palomar De la Redacción de LA NACION

Miércoles 28 de enero de 2004

Sin saber de modos y formas, de cadencia rítmica y sonidos, de rimas y estructuras sintácticas, o a su manera tal vez sí, qué importa, muchos de los que viven en las villas miseria (eso que algunos llaman eufemísticamente barrios de emergencia), más de lo que pueda suponerse, adultos y adolescentes, expresan sus sentimientos a través de la poesía, la forma más antigua de la creación literaria, animados por el secreto deseo de trascender la pobreza, empujados por la realidad que les toca.

El desengaño, el pesimismo, el sufrimiento, la duda, la ausencia y, también, de cuando en cuando, la esperanza se vuelcan en cuadernos y papeles arrugados, casi siempre con destino de amarillento olvido.

Atrapada en los rincones más oscuros de la desdicha, ignorada y como otros miles de argentinos excluida hasta nuevo aviso, Tomasa Espínola escucha música clásica, lee a Shakespeare y escribe poesías bajo el techo de chapas de su más que humilde casita de la villa Santos Vega, en el corazón de La Matanza, a veces, según cuenta, entre balazos que perforan la noche y nieblas de marihuana que se asientan sobre el nauseabundo baldío -arena de no pocas tragedias- que separa su casita de otras casitas, también de chapas y ladrillos enmohecidos, penumbrosas, frágiles como los días de quienes en ellas habitan.

Cómo brilla a lo lejos la ciudad,/ más aquí, en la periferia,/ todo es sólo un montón de suciedad. /Vagabundos, animales y miseria.

(Periferia)

Cuando uno le pregunta por qué escribe poesías, Tomasa responde con brutal simpleza: "Porque lo necesito, porque es mi forma de protestar, porque me da cierta cosa de libertad".

Deja, decepción, que fluya/ por el río de mi sangre tu esencia. /Si el amor es dolor, es presencia, /hoy pido, por favor, no me excluya.

(Decepción)

Crece la tarde. Acodada sobre la mesa de cocina cubierta con un hule gris, Tomasa despliega el segundo de los varios cuadernos que atesora en su biblioteca hecha con estantes de machimbre y ladrillos de cemento montada en un rincón de su pieza, una pieza chica donde se chocan la cama, la biblioteca y un roperito, pasa las hojas con igual delicadeza que quien recorre un álbum de fotos viejas, se detiene en una, carraspea, arquea sus finas cejas entrecanas y se pone a leer:

¿Dónde habrán ido a parar mis ilusiones,/ y la tersa piel con que nací,/ y el amor que no viví? /¿Quién se habrá apropiado/ de las pocas risas que reí, /y de aquel sol esplendoroso/ que ya no brilla para mí?

(¿Quién?)

De la villa 31, de Retiro, es Carolina Gramajo, doce años apenas, ojos negros, chiquitos y enternecedores. "A veces uno no entiende de dónde estos niños sacan la fuerza y la sensibilidad para escribir sus poesías. Muchos... todos... cargan historias durísimas, de violencia, de desamor y carencias materiales. Tal vez... la poesía los ayuda a madurar", dicen sus maestras de la escuela Indira Gandhi, de Puerto Pibes, un establecimiento del gobierno de la ciudad de Buenos Aires al que concurren numerosos chicos de las villas y asentamientos más pobres de la Capital Federal y del Gran Buenos Aires.

Carolina, sin pronunciar más palabras que las de un educado saludo, aparece con uno de sus poemas, En un rincón de mi vida, que dice:

Escuché la voz del silencio/ desde el abismo más oscuro,/ y oí palabras que mis oídos/ no podían claramente entender./ Más tarde sentí unas manos. /Manos tiernas./ Un día en mi rinconcito/ esas manos dejaron de acurrucarme. /¿Acaso no me quieres? /¿No tienes ganas de verme crecer? /Yo quería darte un te quiero,/ y quería recibirlo de ti./

Y aunque hoy me encuentro lejos/ de llegar a conocerte,/ quiero que sepas que/ rencor no te guardo.

Vos fuiste mi madre/ y yo podré ser tu hija./ Pero sólo te recordaré/ como el cofre en el que guardaste/ por nueve meses mi alma.

A vos, mamá... estés donde estés.

Vanesa Valdéz, un año mayor que Carolina, también de la villa 31, aprisiona en su mano derecha un sobre blanco que guarda varias hojas de carpeta. Con pudoroso entusiasmo, la extiende con la seguridad de que lo que va a mostrar es valioso, único e irrepetible, desliza el sobre en el pupitre más cercano, desparrama las hojas y se queda con dos.

Aunque mi corazón sufra/ y mis ojos se deshagan en el miedo,/ aunque el sol siempre se duerma/ detrás de mi horizonte,/ y la luz de tus ojos nunca más se haga presente.../ Tú estarás aquí, a mi lado./ (Aquí a mi lado)

Si la poesía es la sombra de la memoria, como alguna vez dijo el poeta mexicano José Emilio Pacheco, los recuerdos de Vanesa, cargados de pesadas sombras de ausencia, estallan en sus textos.

Me cuesta pensar que todo es igual,/ que nada podrá ya cambiar./ Algún día vendré y te preguntaré/ ¿dónde estaba tu amor cuando yo lo quería?

No es tan fácil volver a nacer/ Y volvernos a querer

Como lo hacíamos antes...

Y volver, volver.../ Y creer, creer.../ Y pensar, pensar...

Porque aún me cuesta, me cuesta entender.

Tan en silencio como la vida que viven, quince adolescentes de las villas 1-11-14 (la Perito, como también se la conoce, frente al estadio del club San Lorenzo), Illia y Rivadavia, todas en el bajo Flores, alimentan, desde la Cooperativa de Producción y Aprendizaje, un espacio de formación para niños y jóvenes que incluye talleres de plástica, computación, apoyo escolar, radio, periodismo y literatura. Diego Jaimes, egresado de la carrera de comunicación social de la Universidad de Buenos Aires, es su principal promotor, y responsable, además, de Mundo Aparte, la revista que edita desde 1998. "Mundo Aparte -cuenta Jaimes- es un espacio de encuentro, una experiencia de vida, un ejercicio de aprendizaje, un canal de comunicación con los pibes del barrio y los vecinos."

De esta experiencia surge, entre otras cosas, la necesidad de expresarse de muchos adolescentes. Como la de Néstor Aranda, que escribió:

Somos niños cubiertos de una coraza de metal/ que te aumenta un par de años para que salgas a trabajar./ En un minuto nos quitaron la escondida, la mancha y la bondad/ y a cambio de eso nos dieron un arma y poxirrán./ Todavía no son mayores de edad los que dejan la escuela para salir a robar.

Y aquí adentro es distinto, todos quieren hablar./ Con su coraza de malos todos piden a su mamá./ Son lágrimas de ocho años, que tras la puerta quieren ocultar./ Aquí adentro todo es distinto./ Los chicos de veinte años que a la escondida quieren jugar/ se ríen sin tener vergüenza/ de que alguien se pueda burlar.

Somos niños todavía./ Por favor, déjennos jugar.../ A la escondida, a la mancha,/ porque somos niños de verdad.

"Un lugar, un proyecto, un camino -dice Jaimes-. Un espacio que siempre estará en construcción y cambio, en la búsqueda de palabras para nombrar al mundo, para decir lo que sentimos, y para que el mundo se entere. Una búsqueda de sonidos, colores, superficies, texturas, distancias, encuentros y diálogos que nos permitan crecer cada día un poco más."

Para que el mundo se entere, Elisa Palomba, de la Perito, dice:

En este lugar no hay jardines/ ni flores aromadas,/ sus tallos delgados/ están a punto de quebrar./ Y sus corolas deshechas/ no alcanzan a iluminar/ la miserable oscuridad.

(Desde la tierra)

Palabras simples, espejo de quienes las escriben.

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