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El valor de una renuncia

Jueves 22 de marzo de 2001

APENAS transcurridos 15 días de su repentino y forzado regreso desde Chipre, adonde había concurrido en su carácter de ministro de Defensa, y de su posterior acceso al Palacio de Hacienda, el doctor Ricardo López Murphy se alejó de la función pública como nadie jamás -ni siquiera él mismo- hubiera imaginado.

Convocado de urgencia por el presidente de la Nación para ocupar el lugar que había dejado vacante José Luis Machinea, el ahora también ex ministro de Economía reunió a un selecto y calificado grupo de colaboradores que de inmediato comenzó a trabajar con un horizonte muy claro: la necesidad de ponerles fin a los crónicos desequilibrios que genera el gasto público improductivo.

El anuncio del plan económico dado a conocer el 16 del actual provocó un verdadero desbande entre los miembros del gabinete, ocasionando la renuncia de tres de sus ministros; entre la dirigencia gremial, que dispuso un severo e inconducente plan de lucha para revertir las medidas, y de buena parte de la dirigencia política en general, que rechazó los anuncios económicos debido a que, por primera vez, vio seriamente amenazados sus privilegios.

Resultó incomprensible, a juzgar por los resultados, que ni el presidente de la Nación ni sus colaboradores más cercanos hayan evaluado, o al menos imaginado, la casi segura reacción adversa que los anuncios de López Murphy iban a provocar en buena parte del espectro político, sin haber tomado los recaudos mínimos necesarios para garantizar su ejecución.

Más injustificable aún resultó la falta de apoyo político, incluso desde el mismo Gobierno, a los integrantes del equipo económico, quienes demostraron no sólo su vocación de servidores públicos, sino también su firme convicción de haber propuesto con valentía y sinceridad medidas adecuadas para enfrentar la difícil y grave situación por la que atraviesa el país.

El escaso apoyo a esos lineamientos económicos puede explicarse en gran parte por el hecho de que en sectores de nuestra clase política no impera una cultura del autosacrificio que, lamentablemente, sí se les ha impuesto a vastos sectores sociales. Parecería que la idea de que los ajustes los debe hacer la política y no la gente y el criterio de que el Estado puede gastar menos, pero con más calidad, están muy lejos de ser incorporados por dirigentes más preocupados por sus intereses particulares que por el bien común.

La actitud asumida por el equipo económico encabezado por López Murphy, tanto en la asunción de sus funciones como en su epílogo, demuestra cabalmente que todos ellos estuvieron inspirados por un fuerte sentido de la responsabilidad y un noble y desinteresado sentimiento patriótico.

En definitiva, la renuncia de López Murphy, al igual que la de sus colaboradores, no debe ser considerada como un mero trámite administrativo. Por el contrario, representa un genuino acto de servicio que es de esperar que sea reconocido y valorado por la ciudadanía cuando el tiempo y la historia permitan formular un juicio desapasionado sobre los vertiginosos acontecimientos vividos recientemente.

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