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Intimar con la vida y la muerte

EL GRITO Por Alejandra Correa-(Alción)-50 páginas-($ 10)

Domingo 22 de febrero de 2004

Tal vez sea, éste, el grito de la memoria; un grito callado, proferido por un cuerpo poético que se fragmenta para cobijar mejor un fraseo sobrio, capaz de albergar lo que fue pero que aún es: un ayer todavía omnipresente. Así parece sugerirlo el muy breve poema que sirve de pórtico a los restantes: "Es tan fácil/ a veces/ despertar siendo niña". La raíz familiar quedó anclada en el centro del cuerpo, nos dice la poeta, que enseguida se interroga: "¿Fue como para decir/ nunca serás tuya// serás llevada y traída por/ la memoria a su antojo?"

El inquietante planteo poético de Alejandra Correa, también versátil periodista y autora del poemario Río partido (1998), se ordena en una secuencia numerada en orden progresivo y, a su modo, propone una historia. La de un niño, o una niña, que va intimando con la vida y la muerte; que, como en el cuadro de Edward Munch El grito (inspirador del título de este libro) deja salir por su boca un aullido visceral. Y, con el aullido, la palabra que lo expresa. Palabra que la poeta compara a un perro bulldog, ferozmente melancólico y carnal, que "nos va comiendo/ vivos".

La marca sobre el propio cuerpo de otros seres, presentes o ausentes, sobrecoge en los textos de Correa: "Repártanse lo poco// Arañen de él / lo que de él es arañable// y cierren/ esos picos de pollo/ que nadie quiere ver/ el triste espectáculo// de un par de huerfanitos/ parroquiales/ llorando". En otro poema, la mujer que ayer fue niña se sabe adulta al subir al "niño niñito" sobre sus espaldas, al darle de comer en la boca, al dormirlo. Entonces, recién entonces: "Vestida de mujer / envejezco".

Los padres, las cosas y seres queridos, el tiempo y su hacha implacable, reaparecen una y otra vez: "¿Se instaló aquí/ en medio de mi carne/ la casa abandonada/ inconclusa?...". Regresan las paredes descascaradas de la Escuela 22 de la infancia; cierta habitación oscura; nubes como "huesos de vaca" sobre los álamos. Y el grito del personaje de Munch, del vulnerable ser humano que palpita tras el poema y que a su vez es reescrito por éste, "en medio de un puente/ donde el tiempo se parte".

No obstante, la poeta se sobrepone a la muerte al reencontrarse con su propia niñez: "Construiré una montaña/ de crisantemos amarillos// Adentro haré / para siempre/ mi casita de muñecas". Un lenguaje poético austero, quebrado, de sintaxis nerviosa, donde resaltan la emoción y la sabiduría de una joven creadora, que da mucho y promete aún mucho más.

J. A. M.

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