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Para qué sirven las ciencias sociales

Opinión

Por Steve Fuller
Para LA NACION

WARWICK, Gran Bretaña
EL riesgo de sufrir recortes presupuestarios es mucho mayor en las ciencias sociales que en los otros dos grandes cuerpos del conocimiento de nivel universitario: las humanidades y las ciencias naturales. ¿Por qué? Cuando Margaret Thatcher era primera ministra, provocó un escándalo al proponer su inexistencia lisa y llana, por cuanto, según afirmó, tampoco existía la sociedad como tal. Otros atribuyen el fenómeno a la reestructuración de los pertinentes departamentos universitarios. Sin embargo, la expansión de las escuelas de administración de empresas demostraría la constante vitalidad de las ciencias sociales.

Tampoco es cierto que ellas elaboren temas obvios, como se dice a veces. Por el contrario, las perogrulladas de hoy, ayer fueron innovaciones. Tomemos por caso el periodismo. Si se compara el marco conceptual de sus editoriales con el de hace diez o más años, se advierte el impacto profundo, aunque no reconocido, de las ciencias sociales. Quizá se lamente su influencia, pero, al menos, queda registrada.

Aun así, cabe preguntarse qué lugar ocupan las ciencias sociales en el vasto diálogo en torno de la naturaleza humana suscitado por los recientes avances en la neurociencia cognitiva, la genética conductal y la psicología evolutiva. En Internet, hay un sitio informativo (www.edge.org) cuidadosamente diseñado para promover una "tercera cultura" que sirva de puente entre las humanidades y las ciencias naturales. Si lo visitan, verán que los sociólogos brillan por su ausencia.

Pero si estuvieran presentes, ¿de qué valdría? A menudo, se presume que a todos nos espanta la posibilidad de que haya límites genéticos para nuestra capacidad de cambio. En realidad, sólo aterra a quienes están imbuidos del optimismo de las ciencias sociales. Los demás se sienten aliviados.

En su exitoso libro sobre la tercera cultura, The Blank Slate , Steven Pinker advierte que, tal vez, tengamos que reconocerle una base científica (se refiere a las ciencias naturales) a eso que los humanistas han llamado por siglos "el destino". Dicho de otro modo, por más que profundicemos nuestra comprensión del cerebro y los genes humanos, en última instancia, su configuración podría escapar a nuestro control.

El mensaje de Pinker resultará atractivo para cuantos ansíen evitar aquellas reformas políticas que nos impondrían un mayor sentido de responsabilidad colectiva. Después de todo, a lo largo de la historia, las ciencias sociales brindaron apoyo empírico y esperanza espiritual precisamente a ese tipo de reformas, cada vez más despreciadas por utópicas.

En cambio, las humanidades y las ciencias naturales comparten un sentido de la realidad que trasciende el tiempo y el lugar. De ahí su interés común por una naturaleza humana fija. En esto influyen un modo de pensar y un sentido del conocimiento en gran parte contemplativos y, a veces, hasta debilitantes, que nos llevan a tomar por realidad cuanto se resista a nuestros esfuerzos concertados por lograr un cambio.

Ambas prefieren estudiar a la humanidad sin tener que mezclarse con seres humanos de carne y hueso. Los psicólogos evolutivos infieren los factores determinantes de nuestra configuración actual de los restos de nuestros antepasados de la Edad de Piedra (incluido su ADN), en tanto que los humanistas centran su atención en artefactos de épocas más recientes, en las que ya existía una escritura.

Las ciencias sociales hacen lo contrario: se atienen a la máxima de que para estudiar a los seres humanos lo mejor es interactuar con ellos. El método típico es inducirlos a decir y hacer cosas que, de otro modo, tal vez no dirían ni harían. Esta idea profundamente simple, común a los experimentos y las etnografías, inspiró los triunfos y los desastres que jalonan la política moderna. Requiere una premisa cada vez más controversial: todas las personas (sean cuales fueren sus logros, capacidades, posición social o estado de salud) son miembros de la sociedad igualmente importantes, y su fuerza radica, en última instancia, en lo que pueden hacer conjuntamente.

El igualitarismo de las ciencias sociales va a contrapelo de la fijación humanista en textos clásicos elitistas y de la tendencia de las ciencias naturales a las generalizaciones transversales entre especies. Por eso las ciencias sociales confirieron respetabilidad a la vida cotidiana de la gente común, a la par que se rehusaron a privilegiar a ciertos animales en desmedro de determinadas personas, por lo común discapacitadas o no deseadas. La palabra "bienestar" ocupa en ellas un sitio de honor. Los humanistas y naturalistas la sustituyen por "supervivencia" y, quizás, hasta por "fortuna".

Ciertamente, la historia del bienestar en el siglo XX, caracterizada por sus altibajos, ha puesto en duda el futuro de las ciencias sociales. Pese a ello, podemos encontrar un camino hacia adelante en T. H. Huxley, el famoso defensor público de Darwin. Escéptico inveterado respecto de la teoría de las implicaciones políticas, su conversión al evolucionismo fue tardía. Pensaba que la sociedad civilizada se había elevado por sobre la naturaleza gracias a su resistencia sistemática a la selección natural. Como él mismo dijo, la condición humana no estriba en la "supervivencia del más apto, sino en hacer aptos a cuantos puedan sobrevivir".

Para Huxley, los logros de la humanidad eran las convenciones legales y las tecnologías médicas. Estos artificios expanden el ámbito de nuestra especie. Gracias a ellos, somos y hacemos más de lo que podríamos ser y hacer como individuos. Quizás, el futuro de las ciencias sociales sea reavivar esta coalición de la ley con la medicina y valorar más lo artificial, en un mundo que, tal vez, ha llegado a sobreestimar la naturaleza.

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