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La Sinfónica, de viaje

Abrió su temporada en una fábrica recuperada de Ushuaia

Domingo 07 de marzo de 2004

USHUAIA.- El concierto que la Orquesta Sinfónica Nacional ofreció anteanoche aquí estuvo rodeado de una carga simbólica y emotiva múltiple, que dejará recuerdos imborrables tanto en los músicos participantes como en los alrededor de 6000 fueguinos (según los organizadores) que se acercaron a escucharlos.

Fue la primera vez que la orquesta tocó en la capital fueguina y, como todo un gesto de federalismo para un organismo que depende de la Secretaría de Cultura de la Nación, lo hizo además como apertura de su temporada 2004, que tiene el grueso de su actividad en la ciudad de Buenos Aires. Pero, sobre todo, el lugar elegido para el concierto y su gente aportaron una cuota extra de emoción y compromiso. La Sinfónica realizó un concierto-homenaje en una de las dos plantas de Renacer, la ex fábrica Aurora, que tras cuatro años de lucha está siendo puesta en marcha nuevamente por sus trabajadores.

El imponente edificio CM, de tres cuadras y media de extensión y cuyos ventanales tienen una bellísima vista hacia la bahía Ushuaia, es el más grande de los dos que, junto con la maquinaria, fueron salvados del remate posquiebra y transferidos a la cooperativa Renacer por la Legislatura fueguina, el 5 de agosto pasado.

Un variado repertorio con el hermoso fondo de la bahía de la capital fueguina
Un variado repertorio con el hermoso fondo de la bahía de la capital fueguina. Foto: Fabián Marelli

En la fábrica grande no quedó más que el edificio con sus oficinas y el gigantesco espacio para la producción en serie, ya que las maquinarias que quedaban fueron trasladadas al edificio "verde", más pequeño, que se puso en marcha con una producción de los tradicionales lavarropas, que los trabajadores durante una visita definieron como "artesanal".

Así, el dolor de ver semejante espacio destinado a la producción totalmente vacío se palió, al menos por una noche, primero con la llegada de los músicos de la Sinfónica, vestidos con su tradicional smoking, y luego por los miles de fueguinos que comenzaron a llenar el predio desde las siete de la tarde, dos horas antes de la función.

Un público heterogéneo se acercó hasta la fábrica para asistir al concierto gratuito organizado en forma conjunta por la Secretaría de Cultura porteña, la gobernación de Tierra del Fuego y la cooperativa Renacer.

Había familias con chicos sentados y fascinados a la vera de la orquesta (que tocó al ras del piso), jóvenes con ropa informal y personas de traje, funcionarios locales y de la Nación. Gente mayoritariamente de clase media, que se unió para ovacionar a los músicos y también a los integrantes de la cooperativa luego de que Mónica Costa, que al final de la función y los bises remarcó el orgullo de tener a los músicos aquí, pero también de poder ver reunidos a todos los estamentos sociales fueguinos en un lugar en el que se apuesta "a la producción nacional".

Entre los músicos había un acuerdo generalizado en solidarizarse con los trabajadores de la fábrica de lavarropas y televisores, que llegó a tener 1800 empleos y ahora están intentando poner en marcha un poco menos de 300.

En cuanto a los gobiernos provincial y nacional, el acto es un símbolo de apoyo muy fuerte (estuvieron presentes el gobernador, Jorge Colazo, y la subsecretaria de Cultura, Magdalena Faillace), que luego debería transformarse en acto concreto: los trabajadores están a la espera de que el traspaso de la fábrica se publique en el Boletín Oficial de Tierra del Fuego para poder vender sus productos en todo el país. Y, más importante aún, esperan que se cumpla la promesa de un fideicomiso de alrededor de un millón de pesos para poder poner en marcha una producción sostenida de por lo menos 2500 lavarropas mensuales. En la actualidad, no producen en serie y realizan según los insumos disponibles producciones específicas, como 300 unidades para la provincia.

Rolando Goldman, de la Dirección Nacional de Arte y Danzas, estaba exultante: "La idea es que esto sea sólo el comienzo de un proyecto que es el de crear "Música en las fábricas", un programa que implica no sólo llevar música, sino también generar espacios para los propios trabajadores.

A toda orquesta

En cuanto al concierto en sí, la Sinfónica Nacional desplegó todo su profesionalismo en un espacio que, obviamente, no está acondicionado para una agrupación orquestal. De hecho, prudente y acertadamente, se utilizó una amplificación discreta, para garantizar cierto nivel de caudal sonoro hacia el público.

Aunque los músicos tuvieron problemas para escucharse entre sí, con la experimentada batuta de Pedro Ignacio Calderón y, sobre todo, con un profesionalismo y una entrega extra, tal vez fruto del carácter excepcional de la velada, brillaron en el comienzo de la función con una obra nada sencilla para ellos: "Scheherezade".

La pieza de Rimsky-Korsakov propone una serie de solos para distintos miembros de la orquesta, que lucieron toda su técnica y arte, comenzando por el siempre musical concertino el violinista Luis Roggero.

Una segunda parte más liviana, con piezas cortas, fue levantando al público, ya de por sí entusiasta: al inicio mismo del concierto aplaudió de pie a la orquesta. La Obertura de "El barbero de Sevilla", de Rossini; "Cuentos de los bosques de Viena", de Johann Strauss; el "Pericón", de Luis Gianneo, y "España", de Chabrier, entusiasmaron al público, que en una buena parte tuvo que quedarse de pie o sentarse en el piso porque superó la cantidad de sillas previstas para la ocasión. Rápidamente Calderón regresó al podio para ofrecer dos de sus bises predilectos: la "Danza Eslava", de Dvorak, y la "Marcha Radetszky". En esta última Calderón invitó nuevamente al público a hacer palmas y luego le fue "marcando" las entradas y salidas. Este permiso para sumarse a lo que a veces prejuiciosamente se ve como la intocable música clásica fue agradecido con estruendo por los presentes. Después de una entrega de plaquetas a destiempo que bajó los decibeles de la alegría, se cerró la noche con la ya mencionada despedida de la trabajadora de Renacer y de cantar el Himno.

La gente, feliz, debió esperar pacientemente para regresar a sus casas por el insólito embotellamiento de medianoche, a orillas del mar. Todo salió perfecto. Pero, en verdad, lo deseable es que esta experiencia no se repita. Y que la razón sea que la Orquesta Sinfónica no pueda tocar en la fábrica Renacer porque ésta se halle con sus máquinas ocupando todo el espacio para producir.

Por Martín LiutDe la Redacción de LA NACION

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