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Una vida signada por la tragedia y el esfuerzo

Sus abuelos fueron fusilados por soldados soviéticos que los obligaron a cavar sus propias fosas; él empezó a trabajar a los ocho años y cuando su hijo Axel tenía nueve lo mandó al Chaco a cosechar algodón

Sábado 10 de abril de 2004
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LA NACION

En la enorme mesa ratona del atiborrado living, Juan Carlos Blumberg tiene una bola de cristal.

Es un adorno que sobresale de entre todos los demás y parece enigmático. Pero no se ve nada adentro. Nadie vio nada premonitorio allí nunca.

Un poco más atrás, un bar de estilo inglés, algo ecléctico, guarda varias botellas de licor que parecen intactas. Blumberg dirá luego que lo que parecen dibujos azarosos tallados en la madera son parte de la liturgia lituana, como Vito el Grande que, a caballo, parece estar salvando a alguien.

Juan Carlos Blumberg pide disculpas cuando baja las escaleras porque se retrasó. Está trajeado, con una camisa celeste, casi del mismo color de sus ojos, algo despeinado y con unas cintas negras enganchadas con un alfiler en la solapa, en señal de luto.

Pocos minutos antes, María Elena Blumberg había abierto la puerta para que LA NACION entrara en su casa: la mujer tiene los ojos como perdidos en recuerdos vanos y preocupaciones serias: su padre, el abuelo de Axel, intentó suicidarse cuando supo que su nieto había sido asesinado. Es un hombre mayor que ya no quiere sufrir: cuando tenía cinco años, los rusos mataron a sus padres frente a él.

María Elena aparecerá y desaparecerá, silenciosa, durante la hora y media que dura la entrevista. Mirará como aturdida, como lejana, la presencia de la prensa que, no se sabe aún, si soporta o no soporta. En esos ojos ya no hay brillo.

Blumberg la mira irse, pero no la ve. No se hablan, y da la sensación de que la escena es un espejismo de algo que fue una familia feliz. Blumberg se sienta, cansado, en un sillón de estilo indefinido e intentará hablar de Axel, de la Justicia, de la policía.

Allá en Lituania

Pero no: LA NACION está allí, en esa casa de Martínez, para saber de él, y la primera pregunta lo sorprende. "Es verdad: mi lengua madre no es el castellano, es el lituano. Mi madre nació allá y murió un mes antes de que mataran a Axel", dice, y llora .

Es que este hombre de 59 años tuvo una vida dura, con padres y abuelos recios, extranjeros, que vinieron al país para huir de las matanzas.

Ursula Poviliunaite, abuela paterna de Axel, vino de Lituania cuando era muy joven. Allá vivía en una aldea pequeña y laboraba un campo, también pequeño, con sus padres y sus hermanos.

Un día llegaron los rusos y todo fue sangre: a los abuelos de Juan Carlos les hicieron primero cavar las tumbas, les quebraron las piernas y los mataron de un balazo. La pequeña Ursula huyó a la Argentina, donde vivió hasta los 93 años.

Bernabé Blumberg, abuelo de Axel, en cambio, era argentino, hijo de alemanes, y conoció a Ursula cuando ella trabajaba de mucama en algunas casas de familia y los fines de semana integraba el coro Santa Cecilia de la iglesia lituana de Avellaneda, donde vivía.

Ursula cantaba el Ave María, dice su hijo, y el padre la conoció ahí. Pero a Bernabé se le complicaron las cosas porque no entendía el idioma de su novia y decidió aprender esa lengua para conquistarla mejor. Y tanto fue su esfuerzo, que con los años se convirtió en director de ese coro.

Muchos años más tarde, María Elena, esposa de Juan Carlos Blumberg, también hija de lituanos, contadora, profesora de inglés, de 52 años, se anotó en un curso de alemán para ayudar a Axel en sus tareas en el colegio Goethe.

¿Se repiten las historias? A Juan Carlos no parece importarle. Es como si eso fuera parte de la vida dura.

Como la de Ursula, su madre. "Fuimos cuatro veces a Lituania, hasta con Axel, y a mi mamá la invité siempre. Pero ella se negó porque decía que sólo iba a ver tumbas." Y relata que los rusos arrancaban las cruces que los letones enterraban en la tierra y al día siguiente volvían a aparecer como un milagro.

Ahora Juan Carlos Blumberg se levanta y muestra fotos de uno de aquellos viajes: se lo ve a Axel, de chiquito, tocando el agua de un lago, y también una mansión enorme donde la familia se alojó. "Era la residencia del ex mandatario soviético Leonid Brezhnev y hasta tenía una piscina con agua de mar."

Blumberg vuelve a sentarse y recuerda sus días en el colegio de monjas de Avellaneda. "Sabía decir la misa en latín y era monaguillo. Sí, creo en Dios", afirma.

LA NACION le recuerda que habla mucho de Ursula, pero poco de Bernabé. Y dice: "Mi padre era un hombre trabajador, recto y de palabra. Lo que decía, lo cumplía. Mi hermano y yo no lo tuteábamos. En las vacaciones de verano, desde que tuve ocho años, nos mandaba a trabajar. Estuve un mes en una tornería y al año siguiente en una fábrica de tuercas. Cumplía horarios".

Confiesa que Bernabé lo castigaba, pero no lo siente como una agresión, no lamenta su niñez; al contrario, dice que fue muy feliz. Y cuenta que, cuando se portaba mal, el padre lo ponía de rodillas frente a una pared durante dos horas.

Cuatro décadas después, Juan Carlos haría lo mismo con Axel, cuando del colegio lo llamaron para decirle que el chiquito, a pesar de las buenas notas, no le daba mayor importancia al estudio. "Me lo llevé a la fábrica donde yo trabajaba, le hice llenar una planilla de personal y lo puse a barrer la calle. Mandé a un capataz para ver si lo había hecho y después me los encuentro a los dos, sentados en el cordón de la vereda, comiendo un alfajor y tomando una gaseosa, porque Axel se compraba a todo el mundo. Entonces lo mandé a otro lado. El también cumplía horario, hasta que me dijo que quería volver a la escuela. Nunca más tuve que decirle que se dedicara a sus estudios."

Un hombre ordenado

Blumberg es un hombre ordenado en su vida y confiesa que siente pasión por el trabajo: "Es salud", jura, y hace ademanes, pero siempre en forma recatada, como conteniendo una naturaleza difícil.

"Siempre le dediqué 12 horas a lo que hacía. Y eso se lo enseñé a Axel. Una vez -dice- lo llevé al Chaco, cuando él tenía nueve o diez años, a juntar algodón. Le puse un saco para que recogiera los capullos y así pasaba todo el día, aunque hiciera 40 grados de calor. Yo después le explicaba que se fijara en los demás chicos, que estaban descalzos, mientras que él tenía zapatillas y que comer".

¿Se divertía de chico este hombre poco afecto a los mimos con sus padres pero algo más abierto con Axel?

"Sí. De chico, las travesuras eran esperar a las chicas a la salida del colegio y ofrecerme a llevarle el portafolio, aunque no recuerdo el nombre de ninguna. Luego empecé el secundario en un colegio técnico y, paralelamente, a los 16 años, a trabajar. También hacía deportes: basquet en Independiente y fútbol en Racing, aunque el fútbol no era mi pasión."

Blumberg dice que su padre tenía una pequeña tejeduría en Temperley, pero como él era algo rebelde, salió a trabajar. Fue cadete de La Bernalesa, "una de las fábricas textiles más grandes de Sudamérica".

Y le fue bien. La Bernalesa lo eligió entre 720 personas para que se perfeccionara en los Estados Unidos, donde trabajó en distintas empresas como técnico, y luego en Alemania, donde además se recibió de ingeniero textil, aunque antes había pasado por la Universidad Tecnológica Nacional.

"Tenía novias, sí. Ya ahí me había ido a vivir a Olivos a un departamento solo", dice, casi pícaro.

"Por entonces me ofrecieron formar parte de la empresa donde estaba empleado, pero lo pensé y decidí ponerme una consultora desde donde trabajaba para distintas empresas textiles.

Pero había más que trabajo en la vida de Juan Carlos: amaba bailar. Integraba un grupo de danza lituana que ensayaba los sábados, aunque le fascinaban otros ritmos. ¿Cuáles? "El vals. Gané el primer premio de un concurso de vals con una brasileña. Ella se quedó con el trofeo..."

Por entonces ya conocía a María Elena, con quien se casó a los 32 años, en 1977. Eran épocas de viajes, de diversión y de esquí, deporte por el que casi deja la vida.

Nieve en el estómago

Juan Carlos, como si relatara algo que le pasó a otro, cuenta que en Bariloche tuvo un accidente espantoso: chocó contra una torre y un enorme clavo se le incrustó por debajo de los testículos y le salió por el vientre. El estaba con una amiga médica y ella, sencillamente, no sabía qué hacer.

Tendido en la nieve, a una gran altura, "me puse rápido a pensar. Estaba dentro de un charco de sangre y lo que hice fue meter nieve en el agujero del estómago para parar la sangre. Después me operaron cinco veces y estuve internado seis meses en el Hospital Italiano. Me acuerdo de que cuando entraba en la sala de operaciones les decía a los médicos qué desperfecto tenía el aire acondicionado".

Blumberg, que sigue el relato con frialdad, explica que pidió libros de medicina para saber qué hacer con su caso. Y descubrió que en Alemania había un aparato especial para operar la uretra que tenía obstruida. Lo compró, tradujo del alemán el manual e insistió a su médico para que lo utilizara.

Pero, por consejo del creador del aparato, que vivía en Alemania, no fue utilizado y, en cambio, viajó a aquel país para que lo intervinieran. Antes de irse, y cuando salió de la rehabilitación, Blumberg esquió para mantenerse en forma.

Pero sus problemas no terminarían allí: en Alemania tuvo que combatir una persistente hepatitis que había contraído en Bariloche durante una transfusión. Luego volvió al país y poco tiempo después, el 2 de marzo de 1981, cuando él ya tenía 36 años, nació Axel, su único hijo.

¿Por qué uno solo? "Yo trabajaba mucho, viajaba, y María Elena se quedaba acá, y más chicos era mucho. Quizá [comienza a llorar], si hubiéramos tenido más hijos... Igual, con Axel compartía cosas, porque cada vez que podía lo llevaba conmigo de viaje, para que aprendiera de la vida. Yo tenía más calle que él".

LA NACION le dice que su vida parece muy planificada y él responde que no, pero que soltero no se podía quedar. "Porque, si no, uno quema la plata", explica.

María Elena aparece en el living de nuevo y por primera vez pronuncia palabras. Dice que se va a la casa del padre. No hay contacto; no hay besos entre ellos; se los ve lejos, tan distante uno de otro que la imaginación vuela y uno se pregunta qué se reprocharán en la soledad de la habitación cuando el dolor se vuelve insoportable.

Blumberg casi no la escucha y mira, siempre lejano, cómo Sweety, el gato siamés de Axel, juega a agarrarse la cola. "Todas las noches sube al cuarto a buscarlo", dice este hombre que habla cuatro idiomas.

Su ajenidad es notable, y LA NACION se lo da a entender. "No, no es tan así. Mi hermano, Pedro, es más familiero que yo. Le ofrecieron trabajos importantes que no aceptó para no alejarse de su familia. Yo no era así", dice con pesar, con la vista clavada en el piso del living. Y llora un instante y se repone rápidamente.

Cuenta que por las noches va al cuarto de Axel y le relata todo lo que hizo en el día por él, pero confiesa que siente culpa, que no sabe si hizo todo lo debido para salvarlo, aunque los amigos de su hijo le dijeron que sí.

Más tarde, cuando Juan Carlos permite a LA NACION entrar en el cuarto de Axel, un lugar pequeño, ordenado y austero, donde ya no hay fotos y sí los papeles del estudiante, él cuenta que se sienta en la cama y habla con Axel, es decir, con nadie, en un monólogo lastimoso. Quizás en esa soledad, sobre el cubrecama celeste, Blumberg se quiebre cada madrugada para armarse al amanecer.

Cuenta, después, que cuando eran más jóvenes su mujer le reclamaba más tiempo, pero que él estaba apasionado por su trabajo, hasta que a María Elena, cuando Axel era chiquito, se le declaró un cáncer.

"Ahora está bien, bueno, preocupada por el padre, que se quiso suicidar por lo de Axel", ese hijo de quien Juan Carlos habla en presente, jamás en pretérito.

Como para distender tanta tristeza, LA NACION le pregunta qué cosas le gustan: "Los autos. Me encantan, pero acá no se puede andar en autos caros porque te roban. Y cuando algo me sale bien, me premio comprándome una camisa o algo. Me gusta estar bien vestido", aunque lo que luce Blumberg en este día de duelo sea un traje arrugado que le queda algo grande.

Dice que no le gusta el mar y que prefiere la montaña. ¿Y a María Elena? ¿Y a Axel? "A él le gusta todo: bucear, por ejemplo; esquiar. A María Elena le encanta la costa; entonces alternábamos."

Juan Carlos se define como un caballero que abre la puerta del auto a las mujeres, que corre la silla para que se sienten, pero termina diciendo una frase que conmueve. "Yo soy bueno, pero Axel es mejor", y las lágrimas se le escurren entre los dedos. Este hombre simple, inteligente, que movilizó a todo un país y a los poderes del Estado, es contradictorio: lejano y dulce a la vez; estructurado y apasionado; fuerte como la madera que dibujó para su living y débil como el material de la bola de cristal.

LA NACION siente amargura ante tanta tristeza y compostura, y prefiere una pregunta que lo aleje del fantasma de su hijo ejecutado. ¿Y las novias de Axel? "¡Ah! Eso fue terrible (se ríe) . Primero se puso de novio con la hermana de un compañero del colegio. Un día yo llego y la encuentro a Anita sentada en la pierna de él, me quería morir. Con Stefie (la última pareja de Axel) pasó algo parecido: también es hermana de un compañero de la facultad y se conocieron porque mi hijo le enseñaba física. Y ahí la alumna enamoró al profesor. Acá venían todos los chicos a comer, a divertirse, con bromas tontas. Eran sanos..."

Blumberg dice que fue un hombre feliz, que lo tenía todo; hasta la noche del 17 de marzo, cuando una banda de delincuentes secuestró a su hijo. Cinco días después, lo matarían sin piedad.

Textuales

El hijo

"Yo soy bueno, pero Axel es mejor. Cuando podía, lo llevaba a los viajes para que aprendiera, para que viera otras cosas. Yo tengo más calle que él."

El trabajo

"El trabajo es salud. Le dedico doce horas por día. Mi papá me mandó a trabajar todos los veranos, desde los ocho años. Con Axel hice lo mismo."

La culpa

"No sé si hice todo lo necesario para salvar a Axel, aunque sus amigos me dicen que sí, que fui buen padre."

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