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Personajes / Arte

Cortázar, por Sara Facio: homenaje al amigo

LA NACION revista

La fotógrafa argentina fue amiga personal del escritor desde 1967. Un libro de la editorial La Azotea, de reciente aparición, rescata las fotos que ella le tomó a su amigo, muchas de las cuales permanecían inéditas

No te va a salir, Sara. No te va a salir, no hay luz. Eso dijo Julio Cortázar la primera vez que vio a la fotógrafa argentina Sara Facio intentando tomarle una foto con una Leica discreta. Era el año 1967, y en efecto no había luz, pero las fotos salieron.

Están aquí, en un libro que acaba de publicar La Azotea, editorial que Facio fundó con su socia María Cristina Orive en 1973. Lleva por nombre Julio Cortázar, y es el primer volumen de una nueva colección, llamada Imagen Latente, que seguirá con otros dos, sobre Pablo Neruda y Victoria Ocampo. Julio Cortázar, el libro, está dividido en capítulos que corresponden a distintos años: 1967, 1968, 1972, 1973 y 1974. Allí están Cortázar y Aurora Bernárdez en París; Cortázar en los jardines de la Unesco, o caminando junto al Sena o donando en asamblea numerosa los derechos de autor de El libro de Manuel en Buenos Aires. Ahí está con Ugne Karvelis, su segunda mujer, y payaseando con García Márquez, escondidos tras dos caretas de goma. Intimidad pura.

-La idea es que cada persona que tenga el libro sienta que está sentada en el living de la casa de Cortázar, conversando con él.

Sara Facio es fotógrafa desde el año 1958 y curadora independiente desde 1961. Creó y dirigió la Fotogalería del Teatro San Martín, que manejó desde 1985 hasta 1998, y fue coautora de un libro de retratos de fotógrafos latinoamericanos (ver recuadro) que hizo época. Lo que la llevó a tocar el timbre en la casa de Cortázar en París fue un proyecto que compartía con su colega Alicia D'Amico. Habían presentado en la editorial Sudamericana un libro fotográfico llamado Buenos Aires-Buenos Aires. La editorial estaba interesada en publicarlo, con una condición: que Julio Cortázar escribiera los textos.

-Nosotras qué más queríamos. El ya era Cortázar, ya había escrito Rayuela. Propusimos ir a mostrarle el libro y que él nos dijera en la cara si quería o no. Le escribimos y, muy serio, nos contestó que nos esperaba.

"El corazón se me salía del pecho mientras caminaba desde la boca del métro de la rue Vaugirard hasta la casa de Julio Cortázar -se lee en el libro, que alterna textos en los que Facio rememora sus encuentros con escritos de Cortázar sobre Buenos Aires-. Al abrirse la puerta escuché: «Hola, soy Aurora. Aquí está Julio». Sí, ahí está Julio Cortázar. De inmediato, me cuenta: «¡Sara, ese nombre, ahora me causa gracia! Hace unos meses viene muy exaltado mi amigo, el dibujante Julio Silva. Casi me grita. Tenés que conocer a la persona más maravillosa que he conocido: Sara. Sara es inteligente, brillante. Sara tiene un talento sobrecogedor. ¡Deben conocerse ya!» «Bueno, encantado, traela a comer.» «¿Cómo traela? -me dice extrañado-. Sara es un hombre: Tristán Tzara.» En ese momento, entre carcajadas, comenzó nuestra amistad."

-A los dos o tres días de ese primer encuentro, como estaba convencido de que las fotos no iban a salir, me dijo: "Vamos a la Unesco, así hacés algunas fotos". El estaba trabajando como traductor, y ahí fue donde le saqué esa foto que le gustaba tanto y que me dijo que tenía que ser su foto oficial.

En la foto oficial, Cortázar mira a cámara con los ojos fruncidos, y fuma. El retrato devino eso que sucede pocas veces: Marilyn con la falda levantada, Salinger tapando la lente. Un icono. Y Cortázar decidió que lo representaba bien.

-Uno tiende a asociarlo con Olivera, el personaje de Rayuela. Era un hombre muy buen mozo y muy vanidoso. Se levantaba el cuello del impermeable para manejar, se ponía los anteojos en el auto, se los quitaba apenas bajaba porque no le gustaba que lo vieran con anteojos. Después, al contrario, ya cuando se vistió de guerrillero se dejó los anteojos.

En las fotos de 1974, el aspecto del escritor es radicalmente distinto de aquel de 1967: barba, anteojos, camisa guerrera.

-Ahí cambió todo. De mujer, de look. Ya estaba con Ugne Karvelis. Cuando se dejó la barba, me escribía: "Cuando me corte la barba te llamo para que me hagas fotos". Pero ya se había puesto como un señor grande, más serio. Antes era un tipo divertido, con mucho sentido del humor y a la vez seductor. Muy cariñoso, de tocarte las manos, de pasarte las manos por el pelo. Cada vez que nos veía nos preguntaba por Buenos Aires, por el idioma. Lo fascinaba y lo divertía el lenguaje cuando le decíamos palabras que se usaban en ese momento. El, feliz, anotaba todo. Era muy ordenado. Yo conocí varias casas suyas, incluso un estudio donde se mudó después de terminar con Ugne, y era el orden perfecto. Tenía un horario para cada cosa, y además era puntual. El fue una de las primeras personas que conocí que tuvieron una máquina de escribir eléctrica. Lo que tuve con Julio me hacía acordar a la relación que tenía con un hermano mío, que falleció. Eramos compinches. Cuando estaba acá en Buenos Aires venía a casa todas las noches, a comer mi comida. Sí. Eramos amigos. Y con mucha confianza. Incluso... viste que salieron las cartas de Julio Cortázar en la editorial Alfaguara. A mí me pidieron que diera las cartas, pero yo no las he dado porque son cartas muy personales, y me parece una traición. Me parece una traición al amigo.

-¿En cuánto se parecía Cortázar, la primera vez que lo viste, a lo que pensabas de él?

-Cuando lo conocí, en un ciento por ciento. Después cambió. Cambiamos todos. Yo también.n

Para saber más
Editorial La Azotea: azotea@laazotea.com.ar
www.juliocortazar.com.ar

Retratos

En 1974, la revista Crisis publicó un libro de fotos de Sara Facio y Alicia D'Amico, Retratos y autorretratos. Eran fotos de escritores latinoamericanos -tomadas entre los años 60 y 70-. Ahí estaban los consagrados, como Pablo Neruda y Alejo Carpentier, pero también algunos aún desconocidos: Vargas Llosa, García Márquez, Carlos Fuentes. La selección fue de las fotógrafas y resultó de una certeza asombrosa: todos trascendieron, y cuatro fueron premiados con el Nobel: Pablo Neruda (1971), Octavio Paz (1990), Miguel Angel Asturias (1967) y Gabriel García Márquez (1982). .

Por Leila Guerriero
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