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Manejado por una organización clandestina

Hay rumanos que hacen milagros para sobrevivir en Buenos Aires

Información general

Ciegos que no lo son y mudos que hablan pueblan la calle Florida; una industria de la mendicidad

Por   | LA NACION

En la esquina de Brasil y Luis Sáenz Peña, en Constitución, a veces ocurren milagros.

Una mujer vestida de negro se desprende de su muleta y empieza a caminar con paso firme. Pasan unos minutos. Un niño salta de su silla de ruedas y entra a pie en la pensión Montreal. Son las 19.30 del viernes, y en la puerta del hotel la peregrinación continúa: mudos que hablan, chicos huérfanos que caminan de la mano de sus padres.

Los vecinos del barrio no se asombran por tales prodigios. Ocurre que a esa hora emprenden el regreso los mendigos rumanos que piden limosna en la calle Florida, Recoleta, Retiro y otros puntos concurridos de la ciudad.

La escena se completa a las 20, cuando llega una camioneta que reparte a los niños extranjeros con sus acordeones, sillitas y carteles en media docena de hoteles de Constitución. "Bajan con las muletas en la manos y con bolsas llenas de monedas", asegura Felisa, que tiene su casa junto a una de las pensiones habitadas por los rumanos.

Según dijeron en la embajada de ese país de Europa del Este, se trata de unas 200 familias que comenzaron a llegar a la Argentina a mediados de 1998. "No son refugiados como dicen. No huyen de persecuciones religiosas ni políticas. Vienen a vivir de la mendicidad", explica Viorel Ipate, cónsul de la embajada rumana en Buenos Aires.

Otras fuentes diplomáticas son más concretas y señalan la posibilidad de que existan mafias que operen detrás de los mendigos.

"Hay una organización que los trae para que pidan dinero. En todos los casos hay patrones que se repiten. Los mismos carteles, las mismas sillas, los mismos acordeones y la misma historia. Hay alguien que les paga los pasajes de avión y los instruye acerca de cómo pedir. Muchas veces son los mismos padres, que forman parte de la organización. Aquí hay explotación de menores", denuncia la fuente.

Un refugiado de seis años

Sebastián Ciuara tiene seis años y dice ser rumano. Todos los días se sienta en una sillita roja en Florida y Lavalle, con un acordeón y un cartel que reza: "Soy refugiado. Mi padre e morto y mi mama enferma. Ayúdeme por favor".

Habla un idioma indescifrable. No es rumano, pero tampoco castellano. Dice que hace dos meses que llegó a la Argentina en un barco con su familia y que viven en Constitución.

Hace sonar su acordeón y pide: "Señor, por favor, ¿me compra papas fritas?" Una mujer con un niño en brazos se le acerca y lo reta en otro idioma. Entonces, abandona la idea y vuelve a pedir monedas.

La señora resulta ser Elena Ciuara, la madre de Sebastián. En su media lengua, cuenta una versión distinta de la del cartel. No está enferma, y su esposo está vivo. "El papelito lo hizo el señor del hotel", comenta.

Elena relata que llegó al país hace seis meses con otras dos familias, contactados por un hombre de una iglesia que les dijo que en la Argentina tendrían posibilidades de trabajo. "Cuando llegamos acá, nos llevó con otro hombre, que nos hizo el cartel y nos dio una pieza para vivir. Nosotros le damos la plata que juntamos y él nos da comida, y a veces también 5 o 10 pesos", indica.

Todo igual

Otras dos familias rumanas también dicen presente en la peatonal, cada una con su historia. Algunos les creen y otros no. Sugestivamente, todos los niños tienen las mismas sillas, con acordeones casi idénticos y carteles escritos con una letra que parece la misma.

La preocupación por la presencia de estos mendigos llegó al gobierno porteño. Según Patricia Malanca, de la Subsecretaría de Acción Social, durante el año último se trabajó con las familias rumanas que piden dinero en Florida. "Tratamos de plantearles algo distinto de la mendicidad, pero cuando queremos ayudarlos a buscar trabajo, la mayoría escapa. Otros comenzaron a dedicarse a la venta ambulante", dice.

La historia de la familia Ciuara es un claro reflejo de este grupo que llegó de Rumania. Cuando alguien se le acerca, la madre asegura que es refugiada y que ingresó en el país legalmente. Saca unos papeles que tienen el sello de la Dirección Nacional de Migraciones y dice: "Todo legal".

Sin embargo, en el Comité de Elegibilidad para Refugiados (Cepare) de esa dependencia aseguran que la gran mayoría de los rumanos no son refugiados. Lo mismo afirmaron en la sede del Alto Comisionado para los Refugiados que las Naciones Unidas tiene en Buenos Aires.

Los inmigrantes llegan con visas de turistas, que obtienen en la embajada de su país de origen con sólo presentar un pasaje de ida y vuelta en avión. Pero como su intención no es regresar, cuando el permiso de permanencia se les vence, 15 días más tarde, peticionan ante el Cepare para ser recibidos por la Argentina en carácter de refugiados.

"Cuando nos presentan la solicitud se les entrega un certificado de permanencia precaria hasta que se resuelva su caso, de modo que es cierto que no están ilegalmente en el país", acepta Rita Martínez, secretaria general del comité.

En la mayoría de los casos se les deniega el refugio, pero como el Cepare evalúa cada caso por separado, el permiso provisional que se otorga por 90 días se renueva sucesivamente por períodos de 60.

Según fuentes de la embajada de Rumania, como el trámite se extiende por varios meses, parte del plan de las familias rumanas es tener hijos en la Argentina. Con ello consiguen el derecho de residencia en el país para el niño, y, por ende, para ellos y sus otros hijos.

Sistema fallido

Los viajeros rumanos llegaron al país favorecidos por un sistema especial de tratamiento para extranjeros procedentes de los países de Europa del Este y central, establecido en la resolución 4632/94. El objetivo del convenio, acotan en la embajada, era promover la inmigración de profesionales que veían limitada su perspectiva laboral por las extrema condición de pobreza de Rumania, donde el sueldo promedio no supera los 100 dólares.

Sin embargo, la publicidad de visas atrajo a las familias de menores recursos, tales como la de Margarita Helena, una mujer de 45 años que vive en una habitación del hotel de Brasil 1517 con su esposo y sus siete hijos. "Allá no podíamos vivir con los 60 dólares que ganaba mi marido. Acá es más fácil, porque la gente nos ayuda", afirma la mujer.

El cónsul agrega: "Cuando caímos en la cuenta de la ola inmigratoria que se venía, se suspendieron las visas en la embajada argentina en Bucarest. Entonces las familias llegaron vía Uruguay, porque allí es más fácil conseguirlas".

Según informó el diario uruguayo El País, al menos 150 rumanos ingresaron en ese territorio en mayo de 1999, aunque menos de una decena se estableció allí. El resto ingresó en la Argentina, de forma legal o no, desde Fray Bentos, Colonia o Salto, donde, según asegura el periódico, es posible atravesar la frontera sin siquiera mostrar el documento de identidad. .

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