Si usted es una persona con dificultades visuales, navegue el sitio desde aquí

La Sinfónica, en una noche brillante

Concierto de la Orquesta Sinfónica Nacional Nuestra opnión: excelente

Domingo 30 de mayo de 2004

Concierto de la Orquesta Sinfónica Nacional. Director: Pedro Ignacio Calderón. Solista: Lucía Luque (violín). Programa: "Carnaval", obertura Op. 92, de Antonin Dvorak; Concierto en Re menor, para violín y orquesta, Op. 47, y Sinfonía Nº 1, en Mi menor, Op. 39, de Jean Sibelius. Ciclo en el Auditorio de Belgrano. Nuestra opnión: excelente

En medio de la indignación y la pena que provocaron en la población las desafortunadas expresiones del secretario de Cultura de la Nación Torcuato Di Tella, sorpresivamente a cargo del desarrollo cultural en nuestro país, se llevó a cabo un concierto excepcional que actuó como un oportuno antídoto para conservar cierta cuota de esperanza en el futuro.

En primer término resultó una experiencia conmovedora conocer a la joven violinista cordobesa Lucía Luque, de tan sólo 16 años de edad, y confirmar plenamente las opiniones laudatorias vertidas desde 2002, año de sus primeras actuaciones con diferentes orquestas del interior, de Brasil y, en Buenos Aires, con la misma Nacional.

La cordobesa Lucía Luque, de 16 años, joven talento del violín que fue la invitada de la Sinfónica Nacional
La cordobesa Lucía Luque, de 16 años, joven talento del violín que fue la invitada de la Sinfónica Nacional. Foto: Soledad Aznarez

Ya de por sí su aparición en el escenario fue motivo de encanto. Desenvoltura, refinada estampa, el candor de un comportamiento sin ataduras, espontáneo y carente de los habituales moldes preconcebidos y un halo de candidez que no alcanzó a ocultar temperamento y firmeza en sus convicciones, fue la sensación recibida ante su figura.

Cuando comenzó a repasar la afinación de su violín, con la insistencia de quien aún no tiene toda la experiencia, se advirtió el manejo del arco con brazo de elegante flexibilidad y al mismo tiempo una aristocrática prestancia en el gesto, esos detalles que son propios de los grandes del violín. Al encarar el maravilloso tema inicial que Sibelius creó para el solista en su hermoso concierto, un escalofrío de emoción recorrió nuestro espíritu porque el sonido de Lucía Luque tuvo expresión cálida y un volumen de llamativa densidad y timbre definido.

Comunión expresiva

La magnífica creación del compositor de Finlandia ocupa un lugar de privilegio entre todos los conciertos para violín. No es una obra de circunstancia; no se trata de un ejercicio para el lucimiento técnico. Es, sencillamente, una creación pergeñada por los deseos de un artista que pretende explicar, a través de la música, sus raíces y estirpe, así como el paisaje de su tierra. Por otra parte es extremadamente difícil para el solista y para la orquesta, tanto por las variables de ritmos y los compases de valores cambiantes, como por la suma de matices indicados en la partitura.

Esto quiere decir que es una obra que además de técnica reclama del solista y del director de orquesta una íntima compenetración espiritual y estética. Y en esta versión, además de solidez en los aspectos técnicos, hubo una permanente correlación expresiva que no dejó de ser sorprendente frente a la diferencia de edad y de experiencias.Por un lado, Pedro Ignacio Calderón, definitivamente en la cumbre de su arte, en el que la expresión es emotiva y cautivante. Por el otro, la jovencita Luque que, a cada instante, arriesgaba un fraseo visceral, por momentos novedoso y nada ajustado a moldes tradicionales. De ahí que ambos lograran una versión definida y en el más puro estilo del creador.

La joven, en medio de la gran ovación del público que colmó el auditorio como en sus mejores jornadas, agregó una obra ejecutada con absoluta seguridad, un estudio, el Nº 19, de Delphin Alard, maestro de Sarasate, según un gentil y oportuno informe de un violinista de la orquesta.

Sin embargo, la velada que había comenzado con una colorida y muy bien planteada atmósfera checa de la obertura "Carnaval", de Antonin Dvorak, concluyó con una estupenda versión de la Sinfonía Nº 1, también de Jean Sibelius, con buen lucimiento de la Sinfónica Nacional, que hizo gala de muy alto nivel de ejecución.

Calidad y reglamento

En este sentido, cabe señalar que en esta presentación se hizo palpable una elevación de las características distintivas de la orquesta, que tiene como matiz más audible la robustez de sus graves y la potencia de sus bronces, además de esa admirable actitud de sus integrantes que, en forma unánime, parecen lo que son: profesionales metidos en su quehacer con seriedad y profundo respeto por servir a la música.

Acaso sea ésta otra de las consecuencias lógicas y positivas que deriva de la aplicación del sistema de ingreso por riguroso concurso -es notorio que se han incorporado excelentes instrumentistas jóvenes, pero expertos, a la planta- ejemplo que debería ser de aplicación general para todas las orquestas oficiales del país.

Volviendo a Sibelius, el maestro Calderón y sus subordinados hicieron entrega de una versión profundamente contenida, de matices grandiosos, de pasajes de infinito lirismo al que no le faltaron las atmósferas transparentes o esa alternancia casi constante de imponencia que el autor ha cristalizado en su primera sinfonía, pintura perfecta de la idiosincrasia de los nórdicos, tan lejanos pero tan entrañables para el hombre de las pampas y de la soledad grandiosa de los Andes.

Juan Carlos Montero

Te puede interesar